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Trumpadas

El mundo en vilo, dicen los diarios y los noticiarios. El mundo en vilo, como tantas otras veces.

Está claro, tenebrosamente claro, que Donald Trump es capaz de audacias que hasta hace poco parecían inverosímiles. Detuvo a Nicolás Maduro en una operación quirúrgica de precisión perfecta, lo tiene preso y sometido a juicio, y ahora nos enteramos con asombro de que, en coautoría con el gobierno israelí, bombardeó Irán. 200 aviones participaron en el ataque haciendo blanco en 500 objetivos.

En esos bombardeos murieron más de 200 personas, incluidas más de 100 niñas de una escuela primaria, así como el ayatolá Alí Jameneí y otros altos mandos iraníes, entre ellos el ministro de Defensa, el jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria y un alto asesor del fallecido líder supremo.

Envalentonado, Trump le ha advertido a la tiranía cubana que más le vale admitir una dulce transición. Aunque los dictadores se aferran obsesivamente al poder al que son adictos, seguramente Miguel Díaz-Canel y sus asesores, al considerar lo que está pasando el exdictador de Venezuela y los atrevimientos trumpistas, deben estar reflexionando que quizá convenga por ahora no tomarse demasiado en serio el lema revolucionario de “patria o muerte”.

Trump está invitando al pueblo iraní a tomar el poder. El régimen de Irán es terriblemente represivo, sobre todo contra las mujeres, y recientemente asesinó a mansalva a miles de ciudadanos que protestaban en las calles. Pero el presidente estadounidense ya ha demostrado que sus acciones no tienen un objetivo democrático: sólo defiende los intereses de su país. En Venezuela depuso al sanguinario dictador, pero dejó intacta la dictadura colocando en el gobierno a una cómplice de los crímenes de Maduro dispuesta a encabezar un gobierno títere.

A diferencia del arrogante belicismo con que suele conducirse, Trump ha dado amplias muestras de mezquindad ante la infame invasión a Ucrania por parte de las tropas de Vladímir Putin, de la que se cumplieron ya cuatro años que han dejado una estela sobrecogedora de cientos de miles de muertes –325 mil soldados rusos, 140 mil soldados y 15 mil civiles ucranianos– y destrucción. El mandatario estadounidense –que pareció solazarse en humillar al presidente de la nación agredida, Volodímir Zelenski, al recibirlo en la Casa Blanca– ha regateado la ayuda a Ucrania en la desigual lucha contra el ejército invasor y, además, apoya parcialmente los planes anexionistas del déspota ruso.

Respecto de nuestro país, a Trump por supuesto le tiene sin el menor cuidado que la 4T esté cerrando los cauces democráticos. Le interesa el combate al crimen organizado, y ese interés no está motivado en la preocupación por la elevada criminalidad que azota México, sino que, por una parte, quiere que se combata con eficacia a quienes hacen llegar droga a los Estados Unidos, y, por otra, sabe que la opinión pública estadounidense aplaude la vehemencia con que denuncia el control de amplias franjas del territorio mexicano por parte del crimen organizado y el apoyo de su gobierno a las acciones contra las bandas criminales, y esos aplausos se traducen en votos.