Guadalajara, Jal.- Nadie nunca confirmó que adentro de ese féretro se encontraba el cuerpo del capo más buscado en el mundo. Ninguna autoridad emitió comunicado alguno y, sin embargo, todo quedó claro cuando se constató que en los alrededores de la modesta sala de velación. que se atiborró de coronas de flores. se había desplegado un nutrido grupo de fuerzas federales, soldados y guardias nacionales que escoltaron la caravana fúnebre hasta el cementerio.
Nemesio Oseguera, El Mencho, fue el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y hoy es el capo del ataúd dorado. El féretro metálico que se viralizó en redes sociales fue el último símbolo de la opulencia y del tamaño de la cartera del imperio que erigió el hombre cuyos restos hoy descansan en el mismo panteón donde yacen los del exgobernador Aristóteles Sandoval y de Javier García Paniagua: padre del secretario de seguridad federal, Omar García Harfuch.
Así es Guadalajara. Así es Jalisco. Una metrópoli y un estado de surrealismo puro que se superan a sí mismos día con día. La ceremonia pos mortem del capo es sólo una muestra más, un gesto que el gobierno federal le permitió a la familia de El Mencho y de la cual no gozan —ni gozarán— miles de núcleos que han quedado desmembrados por las órdenes que él mismo giró estando al frente del cártel.
Por eso, el último mensaje de Nemesio Oseguera fue un espectáculo donde los símbolos importan.
Mientras en el Recinto de la Paz había ramos de flores, música en vivo, blindaje y parafernalia, miles de familias de la que llaman la segunda ciudad más importante del país vivían asustadas, encerradas en casa y atentas a cualquier eventualidad o mensaje anónimo que comenzara a circular por WhatsApp.
Porque mientras hubo silencio sepulcral de las instituciones, la gente especuló. Ese es otro de los legados de El Mencho: la paranoia colectiva. Una herencia por demás rentable, pues incluso después de muerto mantuvo en vilo a una ciudad con cinco millones de habitantes y a sus autoridades en silencio.
En su despedida, Rubén “N”, como lo identificó oficialmente la Fiscalía General de la República, dejó claro que incluso la muerte puede convertirse en escenografía de poder. En un poder que, ante el vacío institucional, puede poner bajo alerta a millones de personas en cuanto un reporte ambiguo comience a circular en redes, un audio sea reenviado sin fuente o una patrulla acelere de más.
Del 22 de febrero a la fecha, Guadalajara pasó de ser la ciudad mundialista que atraerá a millones de habitantes, a un núcleo urbano que puede apagarse ante el mínimo atisbo de violencia. En un sitio donde los padres recogen a sus hijos, los comercios bajan cortinas y las oficinas, fábricas y centros de reunión se desalojan “por si acaso”.
Es el miedo como activo intangible. Un sentimiento que basta para capitalizar el territorio y administrar la incertidumbre.
Por eso la crítica y la exigencia a la autoridad —municipal, estatal, federal— es tan fuerte y dura: sin una comunicación institucional inmediata y clara, los tapatíos comienzan a vivir en alerta permanente, y definitivamente nadie puede permitir que la gente se acostumbre a vivir bajo alerta permanente o que la ansiedad colectiva sea parte del mobiliario urbano.
Claro que el mensaje no es negar la realidad ni minimizar riesgos, sino impedir que la narrativa quede en manos de alguien que no sea la autoridad que se comprometió a salvaguardar la seguridad de quienes gobierna. El miedo, simple y sencillamente, no puede ser un legado permanente.
