Está fuera de cuestión la importancia de la Virgen de Guadalupe en la historia de México como uno de los símbolos de la mexicanidad, con independencia de las creencias personales. Por desgracia, en ocasiones, se ha usado para afirmar cierta identidad católica y no de la mejor manera. Causa tristeza cuando se convierte a la Virgen en un instrumento de oposición en manos de los “auténticos católicos” en su lucha contra el mundo. Son mis hermanos en la fe, cierto es, pero no hay nada más ajeno al mensaje de la Virgen que la exclusión.
El mensaje de la Virgen, en sintonía con Jesús a quien anuncia, es de conciliación, inclusión y liberación. Si el mensaje es verdadero, como lo es, entonces tiene algo muy importante que decir hoy en día a creyentes de cualquier confesión, agnósticos y ateos. Ella es puente de encuentro y no fortaleza desde la cual tirar pedradas a quien piensa diferente.
Comento lo anterior porque la semana pasada tuve la oportunidad de participar en un encuentro internacional, teológico y pastoral, sobre la Virgen de Guadalupe, en el cual dominó la reflexión evangélica y la propuesta programática. Mi tarea consistió en hacer un muy breve comentario a dos ponencias que cerraban el evento. Una, de mi amigo Mario Ángel Flores y, otra de Mons. Ramón Castro, actual presidente de la CEM. Ambas resultaron sugerentes, propositivas y, mejor aún, provocativas.
En su ponencia, Mario Ángel hizo referencia a una sentencia de san Ignacio de Antioquía para ponerla en relación con el acontecimiento del Tepeyac. El padre apostólico decía que los más grandes misterios de Dios tienen lugar en el silencio de Dios. Un silencio contemplativo que nos permite descubrir la pedagogía de Dios en María quien abraza, mira y sana en el encuentro, diría Mons. Castro.
Justo en el silencio de la alborada, reflexiono, la Virgen anuncia a Jesús y dignifica la existencia de Juan Diego, un simple macehual, para invitarlo a ser protagonista de su historia y de la historia. Me pregunto, ¿de qué manera podemos realizar ese protagonismo al cuál hemos sido llamados?
Me parece que los católicos, quienes formamos la mayor parte de la ciudadanía en México, aún tenemos que hallar nuestro lugar como promotores de encuentro y diálogo en una sociedad diversa y terriblemente polarizada, y hacerlo sin renunciar a nuestra condición de creyentes para dar razones de nuestra esperanza, como ciudadanos libres capaces de colaborar decisivamente en la construcción de una sociedad en la cual toda persona pueda vivir en paz y con esperanza. En la mesa de comentaristas en la cual participé, tuve la fortuna de escuchar las reflexiones de la teóloga Karen Castillo. Hizo un llamado a contemplar la relación de la Virgen con Juan Diego, marcada por la ternura. Tal vez este sea uno de los mensajes más potentes: la práctica de la ternura no solamente como virtuosa actitud personal, sino como un camino, una forma de ser, un ethos capaz de liberar la inteligencia existencial de la fe en Jesús de Nazaret.
