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México ante Irán: diplomacia incongruente  

Entre los países que dejaron solas a las mujeres y hombres de Irán que salieron a la calle a luchar por sus derechos y libertades, vergonzosamente está México. Y esto no sólo guardando silencio y mirando hacia otra parte, sino con una política exterior que ha manchado irremediablemente la tradición solidaria y defensora de los derechos humanos de la diplomacia mexicana. 

Son los mismos representantes de esa política exterior, empezando por la presidenta Sheinbaum, los que ahora lamentan la guerra y sus víctimas, los que llaman a la paz y al respeto al derecho internacional, pero antes callaron ante el genocidio de la teocracia iraní contra su propio pueblo.

La relación de la llamada Cuarta Transformación con la tiranía de los ayatolas ha sido tan cordial como lo fue con la dictadura de Maduro (por cierto, un gran socio de Irán).  Son, como antes lo fueron Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro, un modelo político para muchos morenistas encantados con las tiranías más infames del mundo, incluidas por supuesto Corea del Norte y Cuba.

No es de extrañar que cuando comenzaban las protestas masivas en Teherán y otras ciudades, en el último cuatrimestre de 2025, una visita del embajador iraní, Abolfazl Pasandideh, al Senado de la República, sirviera para que la presidenta de este, Laura Itzel Castillo, destacara que México e Irán son naciones que coinciden en la importancia de la autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos internos de otros estados y la solución pacífica de conflictos (todas las banderas preferidas y muy manoseadas por la 4T para solapar a los gobiernos criminales).

En esa misma reunión la presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores Asia-Pacífico, Yeidckol Polevnsky Gurwitz (quien debió presentarse ante el embajador con su nombre original, Citlali del Carmen Ibáñez Camacho, para no despertar suspicacias en el probablemente antisemita embajador), defendió al régimen islámico y dijo que mucho de lo que se dice sobre la realidad de Irán en la prensa y en las redes sociales es mentira; desde luego, recordó que hace casi 50 años triunfó una revolución tras siglos de monarquía (sin decir que bien pronto la mayoría de la gente echó de menos incluso al Sha Reza Pahlevi). 

Ya en medio de la salvaje represión del régimen iraní contra sus ciudadanos, México guardó silencio. En enero de este año no respaldó la convocatoria de una sesión especial del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas para abordar el deterioro de la situación de los derechos humanos en ese país. La política exterior de la primera presidenta mexicana fue incapaz de solidarizarse con las mujeres masacradas de Irán. 

Ahora Sheinbaum ha condenado los ataques a Irán del pasado fin de semana y en plan de estadista ha dicho que “la ONU dejó de cumplir su labor (…) se imponen los países con mayor fuerza militar y eso no puede ser”. 

En esa misma argumentación señaló que “al final no es un asunto de si uno está de acuerdo con un régimen u otro. Sino que quien paga es la población civil, como el bombardeo de una escuela de niñas. En todos los países al final, quienes sufren, pues son los pueblos”. 

En verdad es curioso que hasta ahora hable del sufrimiento del pueblo iraní, que durante semanas fue acribillado por orden directa del ayatola Jamenei; y que diga que “si hay un país en donde hay violación a los derechos humanos, pues es en el marco multilateral, donde debe encontrarse la solución. No a partir de invasiones o guerras”.

El pacifismo inocuo y la vieja cantaleta de la autodeterminación de los pueblos (que de acuerdo con su tan flexible interpretación puede permitir que un tirano extermine a sus opositores), siguen degradando una política exterior que alguna vez gozó del respeto mundial. 

La voz de México en medio del caos actual no es clara, ni fuerte;  su incongruencia representa un retroceso que sólo el partido que prometió “hacer historia" podía concretar.