Conocí a Gabriel Boric el 28 de enero de 2014. Sobre las seis de la tarde, junto con Giorgio Jackson y Karol Cariola, dos de sus aliados en el movimiento estudiantil y más tarde en política, llegaron a la embajada de México en Chile, donde yo trabajaba. Me acompañó Martín Vivanco, que por entonces llevaba muy bien los asuntos políticos de la misión diplomática. Venían vestidos de forma casual, tenis y mochilas. Pidieron agua.
Los tres habían encabezado en 2006 la “revolución de los pingüinos”, que pedía cambios en el sistema educativo, y acababan de ser electos diputados. Me interesaba saber quiénes eran, qué pensaban, de dónde venían. Boric, que tenía 28 años, habló de Gramsci, y Jackson había publicado un libro, El país que soñamos, que me regaló. Hablamos de sus proyectos en el Congreso, de Michelle Bachelet -sobre la que expresaron poco entusiasmo- y otros temas de política nacional. Para finalizar pregunté qué seguía y Boric, muy seguro, respondió: “De este grupo saldrá el próximo presidente de Chile”.
Y así fue.
A diferencia de otros movimientos juveniles, como Podemos en España, que desapareció del mapa electoral, pulverizó su cupo parlamentario (de 42 diputados cayó a 4) y sus líderes –una punta de vividores profesionales- terminaron en la irrelevancia, en la cortesanía mediática o sacando dinero de gobiernos en Venezuela o México, los pingüinos chilenos mostraban entonces limpieza de miras, más entusiasmo que claridad y una profunda convicción de que cambiarían no solo Chile sino el mundo entero. En alguna medida representaban ese fenómeno que cíclicamente se reproduce, al menos desde el mítico 68, que es una especie de beatificación de la juventud y que suele terminar en decepciones. Pero este sino fatal ¿explica el fracaso de Boric, que en días terminará su presidencia? Veamos.
Hacia 2021, Boric presumía que eran “moralmente superiores” a todos los demás; apeló a la “rebeldía” de los jóvenes; prometió enterrar al “neoliberalismo” e insinuó que, con su generación al mando, a Chile no lo reconocería ni la madre que lo parió, como decían los socialistas españoles. Por un lado, entregará buenas cuentas en términos de crecimiento, reforma de pensiones, estabilidad económica y, como quiera que sea, Chile funciona. Pero por otro, la delincuencia e inseguridad alcanzaron al país, su política exterior -especialmente el reciente pleito con Trump- exhibió su inmadurez y la transición al nuevo gobierno está sacando chispas. Entre una cosa y otra, su aprobación quedó en 33% y su coalición derrotada.
A sus 40 años, vivirá la crueldad de dejar el poder “sobre todo si siente –según lamentaba Tony Blair- que el trabajo no está terminado y si el fuego del propio corazón sigue ardiendo”.
Boric llegó a la presidencia como desenlace de un proceso insólito en Chile. Inició con la pérdida del relato exitoso sembrada en el gobierno de Bachelet; siguió con el estallido del 18 de octubre de 2019; se encauzó en la convocatoria para una nueva Constitución coreografiada por una asamblea legislativa surrealista y pintoresca; desembocó en una contrición colectiva (solo 3 de cada 10 chilenos simpatiza hoy con el estallido), y abrió brecha para la elección de Boric.
De la retahíla de “ismos” enarbolados en aquellos meses (ecologismo, indigenismo, feminismo, etc.) nada arraigó y todo regresó a las preocupaciones normales en la vida de las personas de carne y hueso: crecimiento, ingreso, empleo y seguridad. En suma, expectativas y sentido común que José Antonio Kast, el candidato ganador, leyó muy bien.
Como era predecible, el espíritu del 18-O naufragó y prefiguró lo que vino después. La elección esperanzada de Boric fue heredera, sí, del combustible del estallido, pero el fracaso de su gobierno -que no del país- fue víctima de la propia incapacidad conceptual, estratégica y política de la generación que él encarnó. Una generación que terminó por devorarse a sí misma.
¿Cómo pasó un país exitoso hacia una situación de crispación social? El origen está en Bachelet, que cometió el grave error de negar los progresos de la Concertación que hizo la democracia y pretender reinventar el “modelo chileno”. Con eso, dijo bien Sebastián Piñera años después, Bachelet resquebrajó el “pacto social”, y falseó el legado del Chile democrático al calificarlo como “30 años de abuso, oscurantismo y retroceso”. No era cierto. Pero como la política es también pedagogía hubo quien creyó esa etiqueta, que fue políticamente suicida para el progresismo. Boric se alineó equivocadamente con esa tesis, calibró mal el tejido emocional del ciudadano, falló en la elección de las prioridades y Chile empezó a percibir, en clave psicoanalítica, una crisis de éxito, no de fracaso.
El votante, por ende, prefirió volver a lo básico -seguridad, ley, orden para preservar lo que sí tenemos- que ofrecía Kast, y no arriesgar con el paraíso facilón y aventurero prometido por la candidata del Partido Comunista. Y en política, basta con cometer el primer error y todos los demás son consecuencia.
