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La Mujer Sola

En estos tiempos hemos aprendido a repetir consignas como si fueran llaves mágicas. Se dicen hasta el cansancio en plazas públicas, en conferencias matutinas, en discursos solemnes y en publicaciones cuidadosamente diseñadas para redes sociales. Se repiten con método y disciplina hasta que empiezan a sonar verdaderas.

“Llegamos todas”. La frase flota en el aire desde hace dos años como una promesa colectiva o como una puerta abierta. Pero basta con caminar unos metros fuera del escenario pagado, apenas lo suficiente para que se disipe el eco del micrófono, para descubrir algo incómodo. No llegamos todas. Ni siquiera algunas. Solo las obedientes.

La historia mexicana reciente está llena de esa paradoja. Avanzamos apenas en el lenguaje mientras retrocedemos una barbaridad en la práctica. Creamos símbolos absurdos que celebran a las mujeres mientras la vida cotidiana sigue cargando el mismo peso misógino de siempre.

Porque una cosa es tener una presidenta. Y otra muy distinta es tener un gobierno que entienda lo que significa ser mujer en México.

La Suplente parece convencida de que solo nombrar la representación basta. Que ocupar un lugar es lo mismo que Transformar las condiciones que lo rodean. Que con el símbolo es suficiente.

Pero el símbolo, por sí solo, no protege a nadie.

Las cifras de violencia contra las mujeres siguen creciendo con una obstinación que debería avergonzar a cualquier gobierno. Las madres buscadoras continúan caminando desiertos con palas y fotografías, mientras son despreciadas desde la cúpula femenina misma. Las desapariciones no se detienen. Las denuncias se archivan. Las instituciones que las deberían proteger terminan administrando la indiferencia.

Y mientras tanto desde la tribuna oficial, se insiste en que estamos viviendo un momento histórico para las mujeres.

Tal vez lo sea. Pero no en el sentido que nos quieren hacer creer.

Porque hay algo profundamente solitario en este momento político. Una sensación de aislamiento que muchas mujeres reconocen aunque nadie la nombre.

Es la sensación de estar en un país donde la retórica de género florece mientras las estructuras que sostienen la violencia permanecen intactas.

Es la experiencia de ver cómo el discurso feminista se convierte en decoración institucional. Un lenguaje adoptado, domesticado y neutralizado.

Un lenguaje que dice “todas”, mientras en la práctica muchas quedan afuera.

Quedan afuera las madres que buscan. Quedan afuera las mujeres que denuncian y nunca reciben respuesta. Quedan fuera las madres a quienes el poder les quita a sus hijos. Quedan afuera las periodistas amenazadas, las activistas vigiladas y las miles de mujeres asesinadas cuyo nombre apenas dura un par de días en las noticias.

Quedan afuera, sobretodo, las mujeres que siguen viviendo con miedo.

Por eso el título de esta columna no podría ser otro.

La Mujer Sola.

La mujer sola es la que camina con sus propias estrategias de supervivencia. La que aprende a cuidarse porque el Estado no la cuida. La que habla aunque nadie escuche. La que insiste en existir aunque el país parezca diseñado para cansarla, anularla o minimizarla si no se rinde al partido que gobierna.

La mujer sola no necesita discursos heroicos. Necesita justicia. Necesita instituciones que funcionen. Necesita un gobierno que entienda que la igualdad no se declara, se construye.

Mientras eso no ocurra, el eslogan institucional seguirá siendo solo una frase brillante, flotando sobre un vacío.

Y en ese vacío seguiremos estando muchas.

No todas.

Muchas.

Solísimas…