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Oídos bien abiertos

Para Alfredo A., Armando S. y Enrique I., con quienes escuché.

El primer disco de The Beatles que yo podría llamar mío fue Abbey Road, ni más ni menos. Un regalo de mi querida tía Elisa. Creo que es el mejor disco que jamás grabaron juntos, un regreso poderoso luego del desastre absoluto (aunque musicalmente provechoso) que fueron las sesiones que dieron origen a Let It Be. Todo ello quedó fielmente reflejado en el estupendo documental Get Back, con el material restaurado por Peter Jackson.

Sin embargo, no fue sino hasta que escuché de cabo a rabo el llamado Álbum Blanco que realmente me hice fan de ese grupo.

The Beatles fueron una presencia constante en mi vida. Mi madre, mujer entonces muy joven, me cuenta que hacia 1964 estaba en la cola de la caja del Aurrerá de avenida Universidad, yo sentado en el carrito, cuando le llamó la atención que unos muchachos enfrente de ella llevaban varias copias de algunos de los primeros discos del cuarteto de Liverpool. Les preguntó por la identidad del grupo. “Son los Beatles, señora”, le dijeron. Quizá fue la primera vez que yo escuché el nombre.

Luego seguramente habré escuchado “Twist And Shout” y “Love Me Do” en fiestas familiares, pero en especial recuerdo haber oído “Yesterday” en la radio, al lado de mi querido tío Guillermo.

Hace casi 8 años, para celebrar el 50 aniversario de su lanzamiento, se imprimió la versión remasterizada, remezclada y aumentada del Álbum Blanco. No me canso de escucharlo.

Sé que no es lo que se llama una “obra maestra”, sé que es un álbum desigual, sé que es el primer experimento de lo que algunos años después serán los discos solistas de John, Paul, George y Ringo, un menjurje de cortes dispares, una obra sin identidad o dirección precisa, pero quizá esa sea precisamente su magia secreta.

Hay en YouTube un comentarista de la llamada Generación Z, Isaac Brown, que ha ido revisando cada disco de The Beatles (él asegura no haber escuchado ningún disco que comenta) y recién llegó al Álbum Blanco. Como baby-boomer, me ha resultado fascinante ver y escuchar sus reacciones a cada corte de este y otros discos de The Beatles.

Cortes perfectos que anticipan cosas, como “Blackbird”, de Paul, antecedente de su McCartney I, o “Julia”, de John, antecedente de su John Lennon/Plastic Ono Band, o “Long, Long, Long”, de George, que anticipa Living in the Material World, o “Don’t Pass Me By”, de Ringo, antecedente de su muy imperfecto pero festivo Beaucoups of Blues.

Compruebo así que el poder de la música, cuando está bien hecha y realizada desde el corazón, trasciende todas las barreras del tiempo y el espacio. Sólo se necesita escuchar con los oídos bien abiertos y bien limpios.

Este ejercicio ya lo había comprobado con mis sobrinos millennials o con amigos de la llamada Generación X. La música de John, Paul, George y Ringo trasciende barreras de espacio y tiempo, igual que un par de siglos después lo sigue haciendo la música de Mozart, Beethoven, Brahms y, claro, J.S. Bach.

Atender la escucha, tomando como modelo la música que exige nuestra atención, nos enseña indirectamente el valor de la tolerancia democrática, pues hay que darle tiempo a cada pieza, a cada barra, a cada ritmo, a cada acorde y a cada nota, para que se desarrollen y expresen juntos su mensaje. Escuchar música, como quien escucha al amigo o al prójimo hablar; escuchar al otro como quien ensaya reconocer la melodía que esconde cada uno.