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Las manos que sostienen el puerto

Viajar a Acapulco no fue un impulso ni una escapada: fue una decisión consciente. Quería capturar una imagen que desafiara la narrativa dolorosa que, la semana pasada, estremeció a México con hechos de violencia en nuestras carreteras.

Fui en busca de una fotografía que hablara de certeza, en medio de la incertidumbre…

En la iglesia de Las Brisas dirigí la cámara frente a la escultura llamada Las manos de la hermandad para capturar la primera aurora, un espectáculo bellísimo e inolvidable. Dos manos entrelazadas, firmes, sólidas, suspendidas como si abrazaran el horizonte, no son solo manos, son una profunda descripción de la resiliencia de México.

Amanecer en Acapulco, a las 6:55 de la mañana.

El fin de semana coincidió con el Abierto Mexicano de Tenis, y vivir el ambiente da un golpe de alegría. Gradas llenas de familias, niños eufóricos persiguiendo autógrafos, sonrisas auténticas. Los tenistas, generosos, cercanos, agradecidos.

El estadio vibraba, pero lo que más vibraba era la esperanza colectiva, la fiesta se sentía en cada espacio que recorríamos.

Más tarde, descalzas frente al mar, vimos caer el sol en @puntasirenamx, de Lalo Palazuelos, en la zona de Las Conchas Chinas. La pesca del día, el servicio atento, la brisa salina recordándonos que el verdadero lujo es la sencillez. Hay momentos que no necesitan espectáculo: solo mar, la luna reflejada en las olas y la compañía de amigas.

También recorrimos el espacio que recibirá el Tianguis Turístico, que celebrará su 50 aniversario del 27 al 30 de abril de 2026. Nació aquí y aquí volverá a latir con la fuerza de los 32 estados reunidos en una misma fiesta. Ver todo listo fue confirmar que este puerto no solo espera visitantes: los merece.

Regresé buscando una foto y me llevé certeza: las manos de la hermandad no son una escultura aislada, son un recordatorio de que cuando un mexicano vuelve… no solo hace turismo, hace patria.

Y si los puertos simbolizan partida y llegada, hoy percibo que también simbolizan regreso.

Regreso a la confianza, al abrazo colectivo, a la fiesta y a la alegría desbordada. Era el aliciente que necesitaba compartir con mis lectores.

Cierro con una reflexión: las olas se rompen, pero siempre vuelven a armarse, como nosotros. Navegar en el mar me lo recordó: el mar se estrella contra las piedras, contra la arena, contra las embarcaciones e incluso contra sí mismo… y aun así, nunca deja de ser océano.

Pero quizá la lección no está en evitar la ruptura, sino en comprender que, como el mar, nuestra esencia permanece. Podemos fragmentarnos, desbordarnos, dispersarnos… y aun así volver a reunirnos.

¡Nos vemos en la próxima Aurora!