Luego de que la señora presidenta asistió a la Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona, uno podría suponer que su partido y los funcionarios electorales que directamente trabajan para su causa, guardarían más las formas en su propósito de adueñarse del Instituto Nacional Electoral.
Sin embargo, tienen razón en una cosa: ¿a qué vendría eso de simular un proceso transparente e imparcial para la elección de tres nuevos consejeros del INE, cuando todo mundo ya sabe que no somos una democracia y que a las cumbres “democráticas” nuestra primera mandataria acude a defender dictaduras como la cubana y a delincuentes de la talla de Cristina Fernández de Kirchner? (Por cierto, me pregunto por qué a la Cumbre de Barcelona no invitaron a la venezolana Delcy Rodríguez y al cubano Miguel Díaz-Canel, ¿no representan regímenes con los que los “demócratas” ahí reunidos se identifican plenamente? ¿Es así de vergonzante su “defensa” de la “democracia”?)
Pues bien, supongo que piensan que ser descarados es lo más natural en estos casos. Buena reputación, por lo demás, no tienen, y entonces poco importa ya que el manejo del proceso para sustituir a los consejeros Dania Ravel, Claudia Zavala y Jaime Rivera luzca completamente torcido y amañado.
La selección final de los 15 aspirantes es claramente favorable a perfiles directamente ligados a Morena o al gobierno federal, como corresponde a la lógica de quienes no ven ninguna diferencia entre uno y otro. ¿Qué puede tener de malo que entre los aspirantes a consejeros estén Arturo Manuel Chávez López (vinculado a Talleres Gráficos de México) o Bernardo Valle Monroy y Alejandra Tello Mendoza, cercanos al nuevo partidazo?
Morena ha venido trabajando en volver a un régimen de partido único como el que conoció México hace unas décadas con el PRI. Lo intentaron abiertamente cuando su líder y jefe, y luego su discípula más aplicada, planteaban que el INE era muy caro y que mejor sería que nuevamente la Secretaría de Gobernación condujera las justas electorales, ahorrando “mucho dinero” y siendo, qué importaba, juez y parte. Pero como eso no fue posible, ahora vuelcan su esfuerzo autoritario en tomar el control absoluto del árbitro electoral como enseña puntualmente el manual del húngaro Viktor Orbán, que pareciera que existe y circula entre algunos gobiernos populistas.
Porque recordemos: entre otras muchas cosas que hizo el autócrata húngaro para perpetuarse en el poder, reestructuró el sistema judicial y administrativo de tal forma que en el Comité Nacional Electoral y la Oficina Nacional Electoral sólo quedaran incondicionales de su partido. Y ese es para los morenistas el episodio más inspirador de toda la gestión del populista europeo.
En ese camino francamente tienen ya mucho andado y les queda muy poco ya por ganar para contar con la obediencia “institucional” absoluta y así cuidar que los opositores (mientras existan, porque su idea es que “el pueblo sabio” los borre para siempre de las boletas electorales) no tengan oportunidad de impugnar ninguno de los procesos electorales por venir.
Sin embargo, lo que no viene en el manual de Viktor Orbán y que hay que tener en cuenta, es una enseñanza muy obvia, pero muy difícil de digerir por los autócratas: las victorias no son para siempre, y menos aún las obtenidas con trampas.
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