Inception fue una ingeniosa película de ciencia ficción de 2010, en la que un personaje (Dom Cobb) es un ladrón, pero no roba objetos físicos, sino secretos de la mente de las personas mientras estas duermen. Cobb es un prófugo de la justicia y no puede regresar a su casa. Para intentar solucionar esto, llega a un acuerdo con un empresario: si logra hacer lo contrario a robar —es decir, implantar una idea en la mente de un rival de forma tan profunda que este crea que es suya—, él le ayudará a borrar su historial criminal para que pueda recuperar a su familia.
Cobb reúne a un equipo de especialistas y juntos se introducen en la mente del objetivo. El truco consiste en que, para que la idea se quede grabada, deben crear "sueños” dentro de otros sueños, bajando por varios niveles de realidad como si fueran distintas capas de una cebolla.
El caso que reseñaremos supera a la ficción. En Brasil, dos abogadas que litigan en un asunto de naturaleza laboral, presentaron un escrito en el juicio mediante un archivo que introdujeron al sistema electrónico del Poder Judicial. El procesamiento de dicho escrito no lo hacen los funcionarios judiciales, sino que se auxilian de un programa de inteligencia artificial denominado Galileus, que va construyendo el expediente del caso a partir de la información electrónica que presentan las partes en los procedimientos ante el Poder Judicial.
Las abogadas reescribieron, en un código en blanco, dentro de su propio escrito en el archivo un promt o instrucción dirigida a la inteligencia artificial, a efecto de que guiara de cierta manera el proceso jurisdiccional, lo que desde luego les reportaría un beneficio. Tal y como sucede en Inception, se hizo uso de la tecnología para implantar una orden o comando imperceptibles al ojo humano, pero claro y directo para la inteligencia (en este caso y a diferencia de la película, para la IA), para obtener resultados indebidos manipulando la integración del expediente.
Esta maniobra fue detectada por el magistrado Luis Carlos de Araujo Santos Junior, quien intervino para sancionar económicamente a las abogadas, y desde luego ordenar la regularización del procedimiento a efecto de que no hubiera un desequilibrio que afectara a una de las partes, por lo que el proceso se recondujo de manera adecuada sin la interferencia indebida de la inteligencia artificial bajo la instrucción ciega de las abogadas.
Este caso nos alerta sobre un aspecto no analizado todavía en México: el uso de la IA para corromper un proceso. No es ya la utilización de estas herramientas para relevar al ser humano en su actividad profesional, que tiene implicaciones sobre todo éticas y morales, sino en este caso, buscar intervenir de manera inadecuada e ilegal en un proceso judicial, utilizando la IA como un medio para corromper. Como ciertas películas de ciencia ficción en las que una entidad maligna pueda procesar de manera oculta cierta información y tener un resultado esperado, pero ahora en juicios y litigios ante el Poder Judicial. Es importante que se consideren las distintas aristas que la utilización de la IA implica, pues de otra manera, este tipo de casos se irán replicando tantas veces como el ingenio humano (y el de la propia IA) lo permitan.
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