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La encíclica: inteligencia artificial y educación

En las últimas semanas ha ocurrido un interesante viraje en la concepción prevaleciente sobre la inteligencia artificial (IA), la cual parte, tradicionalmente, del estrecho callejón que asocia el progreso humano con el avance tecnológico. Desde esta visión, se alerta sobre las dificultades de coexistir con dicha IA y propone, en su lugar, reconsiderar la importancia de lo humano. Nos referimos a la encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, dada a conocer el pasado 15 de mayo. En las siguientes líneas se presentan algunos de sus atributos, acompañados de la interpretación de la autora.

La encíclica papal ofrece una explicación accesible a su compleja propuesta. Por supuesto, abreva en la tradición católica, pero la trasciende para abordar las consecuencias del asombroso avance tecnológico en la vida cotidiana: educación, empleo, economía, así como la política. En ningún momento se opone a la digitalización, la robótica y la IA, porque “la tecnología puede curar, conectar, educar, [y] cuidar la casa común”. Simplemente, León XIV propone reorientar el modelo actual, escasamente regulado y centrado en las ganancias.

El papa convoca al mundo a rediseñar un camino que evite daños a las personas y al medio ambiente, así como a mejorar las condiciones de vida de las diversas sociedades. También sugiere socializar la IA, no sólo dentro, sino fuera de las aulas, para que edifiquemos un mundo en el que todos puedan “florecer” (sus comillas). Propone evitar “la idolatría del lucro, que sacrifica a los débiles, […] transformando todo en datos y rendimientos”. Por ello, su iniciativa adopta la propuesta del papa Francisco: “Techo, tierra y trabajo para todos”.

Respecto a los daños que León XIV observa en los contenidos digitales se encuentran: la distorsión a la verdad, la estimulación de conflictos, una inversión desmedida en la cultura de la guerra, y la vigilancia continua con fines de lucro. En relación con todos esos aspectos, la escuela debe cumplir un papel central, al “ofrecer lo que la digitalización no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables”. Asimismo, corresponde a la educación contrarrestar la deshumanización, enseñar a reconocer las formas de manipulación, promover “el amor a la verdad, cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona, así como tener espíritu crítico y valores sólidos”.  Por ello, debe ampliarse el acceso a la educación en todos sus niveles y garantizar la calidad de la educación para las familias de cualquier segmento de ingresos.

En síntesis, el viraje arriba citado significa convocar al mundo a rediseñar, conjuntamente, un nuevo contrato social que prevenga el  avance del poshumanismo. En mi trayectoria profesional, he seguido paso a paso los avances de lo que ahora se denomina inteligencia artificial. Por ello, independientemente del papel que juega esta encíclica dentro del mundo católico, resulta ser un planteamiento que introduce la ética (aquella que proviene de la tradición aristotélica) como parte esencial en el uso de nuevas tecnologías. Para un mundo en conflicto como el actual (Rusia, Ucrania, Gaza, Líbano, Israel, entre otros), la advertencia es clara: “No hay algoritmo alguno que justifique la moralidad de una guerra”, ni un modelo social empeñado en diseñar un mundo para pocos.

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