Juan Pablo me contó algo esta semana que no he podido sacarme de la cabeza. Valeria, su novia, salió a correr a las seis de la mañana. En el trayecto, tres veces le chiflaron y gritaron desde la calle. Llegó a casa observada, disminuida y vulnerable. Solo quería correr.
Mientras lo escuchaba, me sorprendí a mí misma armando una lista de consejos no pedidos. Que saliera más tarde. Que cambiara los shorts por mallas. Que usara una blusa holgada. Que escogiera calles transitadas. Y me detuve, enojada conmigo misma; 30 años después, le estaba heredando a otra mujer los mismos miedos que cargué yo desde los 15.
El consejo no había cambiado. La amenaza tampoco. Las mujeres, por seguridad, ajustamos la ropa, la hora, la ruta, el cuerpo. Calculamos el riesgo y aprendemos a llamarle prudencia a lo que es una libertad recortada. Lo pienso con más rabia esta semana mundialista, cuando la ciudad se ilumina para que el mundo la mire; las calles sí pueden ser otra cosa. Solo que el esfuerzo no es para que Valeria corra tranquila.
Lo injusto no es solo el chiflido. Es que la carga de evitarlo siempre recae en nosotras. Nadie le pide al que grita que cambie de hora o de actitud; se nos pide a nosotras que nos escondamos mejor.
En esa frase cabe toda la diferencia. La libertad de él no depende de la hora, de la ropa ni de la ruta. El día en que Valeria pueda decir lo mismo —que sale a correr a las seis y no tiene que preocuparse— habremos cambiado de verdad. Hasta entonces, su libertad seguirá teniendo horario.
Valeria merece sus seis de la mañana.
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