En el futbol, como en la política, las sorpresas existen. Pero hay algunas que resultan particularmente difíciles de explicar porque contradicen todo lo que se daba por hecho.
Pocos habrían apostado que España empataría sin goles ante Cabo Verde. Menos aún que Países Bajos dejaría escapar la victoria frente a Japón. Las quinielas, los expertos y los aficionados daban por descontado otro resultado. Sobre el papel había una diferencia evidente de historia, presupuesto, talento y expectativas, pero el futbol nos recuerda que los partidos no se ganan por reputación, sino por desempeño.
Algo parecido ocurrió en Coahuila. Durante años, Morena construyó una narrativa de inevitabilidad. La idea de que era invencible, de que representaba la esperanza, de que sus triunfos estaban garantizados porque encarnaba el cambio. Muchos ciudadanos compraron ese discurso, le apostaron, confiaron, creyeron que detrás de las promesas vendrían mejores gobiernos, mayor seguridad, mejores servicios públicos y una economía más dinámica.
Sin embargo, la realidad terminó jugando un partido distinto. Como los aficionados españoles que salieron decepcionados del estadio después de un empate que sabía a derrota, muchos mexicanos comienzan a mirar hacia atrás y preguntarse qué ocurrió con todas aquellas promesas, porque una cosa es ganar una elección y otra muy distinta cumplir lo que se prometió durante la campaña.
Morena ofreció un sistema de salud como el de Dinamarca. Hoy millones de mexicanos siguen enfrentando escasez de medicamentos, largas listas de espera y hospitales deteriorados y sin insumos suficientes. Prometió pacificar al país, sin embargo, México acumula cifras históricas de violencia, asesinatos, desapariciones y control del crimen organizado de buena parte de nuestro territorio. Prometió combatir la corrupción, pero los escándalos que involucran a familiares, colaboradores, gobernadores y funcionarios siguen apareciendo una y otra vez, en eso y en ineptitud superaron cualquier expectativa. Prometió también crecimiento económico y prosperidad compartida, pero ha habido crecimiento cero y así seguiremos, y la realidad cotidiana de muchas familias sigue marcada por la dificultad para llegar a fin de mes.
Por supuesto, siempre habrá quienes defiendan al equipo incluso cuando no juega bien, o quienes encuentren explicaciones para justificar cada resultado adverso, incluso quienes defiendan los faules. En la política en México eso ocurre todos los días, incluso con el argumento favorito de Morena de culpar al pasado neoliberal a pesar de que llevan ya ocho años gobernando este país. Pero llega un momento en que los marcadores son demasiado evidentes para ignorarlos.
Los aficionados que apostaron por España y por Países Bajos no esperaban un empate. Quienes apostaron por Morena difícilmente imaginaron que, después de tantos años de gobierno, seguirían escuchando las mismas promesas que escucharon al inicio, pero tristemente sin resultados. En política, como en el futbol, gana quien mete más goles y defiende mejor su portería, es decir, quien entrega mejores resultados, y ahí es donde la narrativa de Morena comienza a desmoronarse. Los gobiernos de Morena hoy enfrentan una creciente decepción ciudadana, las promesas fueron enormes, los resultados casi nulos. La política, igual que el futbol, tiene una forma muy sencilla de poner a cada quien en su lugar: el marcador.
Los ciudadanos pueden tolerar errores, dificultades e incluso tropiezos, lo que difícilmente toleran es que les prometan una transformación y les entreguen una realidad muy distinta. Por eso, para muchos de quienes apostaron por Morena, el desencanto ha ido creciendo con el paso del tiempo. Y es que, a diferencia de selecciones como España o Países Bajos, que todavía tienen partidos por delante para demostrar de qué están hechas y cambiar la percepción sobre su desempeño, Morena ya tuvo varios años en el gobierno para mostrar resultados que no dio. Como ocurre cuando las expectativas superan los hechos, la mayor decepción no está en haber perdido, sino en descubrir que la realidad fue muy distinta a la que se imaginaba.
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