En los casi dos años al frente del gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada ha destinado cerca de 5 mil millones de pesos a atender inundaciones. En 2025 gastó mil 570 millones y en lo que va de 2026 otros 3 mil 360 para adquirir maquinaria especializada, reforzar brigadas y emprender 318 obras hidráulicas.
Sin embargo, apenas iniciada la temporada de lluvias observamos mayores anegaciones en estaciones del Metro y hospitales públicos, afectaciones al Tren Ligero y encharcamientos y cascadas en las calles, que paralizan la movilidad y requieren operativos de emergencia.
El año pasado, Brugada prometió “no nos va a ganar el agua”. Este año el mensaje fue más ambicioso: “Estamos preparados. Más preparados que nunca”. Pero la realidad no alienta y el discurso no alcanza. La intensidad de las lluvias dejó de ser excepcional y culpar al pasado no sirve tras 30 años de gobiernos de “izquierda”.
La información oficial no permite comparaciones con gestiones anteriores. Antes, el gasto hidráulico se dispersaba en programas de agua, drenaje y saneamiento, hoy existe un presupuesto específico para la atención de inundaciones en el Plan Tlaloque. Además, sabemos que el problema del agua y las lluvias en la CDMX no es reciente sino antiguo y complejo. Deriva en gran medida de la necedad de permanecer habitando encima de un lago, crecimiento urbano desordenado, hundimientos del suelo, sobreexplotación de acuíferos, rezagos persistentes de mantenimiento de la red hidráulica y del drenaje…
Los desafíos continúan creciendo y el sello de la administración Brugada se vuelve más visible. Basta recorrer las calles para entender sus prioridades. Al pésimo parcheo de baches y la ajolotización urbana se suman las inundaciones. El tramo del Viaducto entre la salida Ohio-Insurgentes y Calzada de Tlalpan es un retrato impecable: barreras de lámina rotas invaden carriles desde ambas orillas; tramos de muros de concreto llenos de dibujos coloridos, seguidas de otros que solo alcanzaron base de color y los que permanecen grises con botes de pintura, brochas y basura; asustan las grietas en las juntas de cada puente a pesar de rellenos con piedra y basura y, para rematar, la brutal constancia de que personas habitan el camellón que divide los dos sentidos de la vía rápida.
Los problemas estructurales exigen inversiones urgentes, aunque menos vistosas y frívolas. Faltan cuatro años de este gobierno y los pronósticos no invitan al optimismo. El Programa General de Ordenamiento Territorial que está siendo sometido a consulta enfrenta serios cuestionamientos de organizaciones vecinales, urbanistas y especialistas que señalan los riesgos de acelerar procesos de densificación sin asegurar que exista la infraestructura hidráulica, de movilidad y de servicios públicos suficientes.
En el fondo, la discusión no termina en inundaciones, colores o ajolotes, radica en el modelo de ciudad que merecemos habitar. Una capital que hoy batalla para desalojar el agua de sus calles difícilmente puede asumir que su viabilidad consiste en incorporar más habitantes en desarrollos inmobiliarios. Las inundaciones nos advierten que nos falta infraestructura y su mantenimiento permanente para que ésta pueda ser la ciudad vibrante e incluyente que nos cuentan que ya somos.
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