Diversos investigadores y académicos han bautizado al período actual de la historia como la era tecnológica, y, al hombre moderno, como el “homo tecnologicus”: ideas que establecen que la biología y la identidad humana se fusionaron con el ciberespacio, la inteligencia artificial y los dispositivos inteligentes, generando una especie de simbiosis.
En gran medida, se debe a visionarios como Bill Gates, Mark Zuckerberg o Elon Musk, quienes han sabido anticiparse a los grandes cambios que hoy definen las dinámicas humanas. Surge la duda: teniendo México grandes empresarios, talentos y visionarios, ¿por qué no hemos logrado sobresalir en la industria tecnológica como lo hemos hecho en otras?
El primer factor, multicitado, es la baja inversión. México promedia una asignación presupuestal de aproximadamente 0.40% del PIB a investigación, ciencia, tecnología y desarrollo entre 2018 y 2025. En comparación, el promedio de las naciones que conforman la OCDE supera el 2.5%.
Sumemos que, en 2023, el Congreso de la Unión derogó la ley que obligaba al Estado mexicano a invertir un mínimo de 1% del PIB en ciencia y tecnología.
Si bien en el ámbito privado el panorama mejora, es insuficiente. Las instituciones y universidades que invierten capital privado en desarrollo tecnológico son excelentes, pero no tienen la escala necesaria para absorber a toda la población con potencial.
Por el contrario, quienes sí lo hacen están en Estados Unidos, Europa y en tiempos más recientes, los países asiáticos. Han logrado edificar ecosistemas donde se fomenta el desarrollo e innovación mediante universidades, clústeres industriales y marcos regulatorios adecuados. Ese entramado no solo genera oportunidades para desarrollar talento e identificar a los genios, también absorbe a los ajenos. Por ello, los mexicanos que sí logran formarse para competir en el mundo, no se quedan en México: suelen terminar empleados en Silicon Valley, Berlín o Tokio porque ahí encuentran el capital, las redes y los incentivos fiscales que aquí no existen.
Por otro lado, está la brecha tecnológica, entendida desde dos frentes. Una vertiente es la brecha de acceso: en zonas urbanas el acceso a internet supera 91%, mientras que en zonas rurales apenas llega a 60%. Además, 7 de cada 10 hogares pobres siguen sin internet.
Por otro lado, está la brecha del uso. El 97.2% de los usuarios se conecta al internet con un teléfono. Solo 26.4% lo hace por computadora. El celular es una puerta de entrada, pero no es una herramienta académica. No sirve para escribir un ensayo, programar, editar, o investigar con seriedad.
Mientras la dependencia tecnológica avanza a pasos agigantados en el resto del mundo, México sigue discutiendo si la ciencia merece un punto porcentual del presupuesto. La revolución tecnológica no espera a nadie, y las naciones que no inviertan en formar y retener a sus propios visionarios e innovadores, no estarán involucradas en el desarrollo del mundo futuro. No es que no encontremos talento porque no lo haya, es que no lo fomentamos y lo dejamos ir porque no tenemos cómo, ni para qué, retenerlo. Si queremos mantenernos relevantes y competitivos, abordemos este frente.
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