A menudo recibo comentarios que me advierten que lo que he venido proponiendo durante meses en este espacio podría funcionar en otros sitios, pero que en México es impracticable. Me dicen que somos crónicamente desordenados, habituados a mirar solo por el beneficio propio e incapaces de colaborar.
Coincido en que a los mexicanos nos cuesta organizarnos colectivamente. Sin embargo, aprovechando que este fin de semana se juega la final de la Copa del Mundo entre España y Argentina, responderé las advertencias antes referidas, con apoyo en un par de experiencias propias con el futbol de estos dos países.
En 1998 presencié en Ámsterdam la final de la Champions entre el Real Madrid y la Juventus. Pasé el día con la fanaticada española y me asombró su coordinación orgánica. Cada jugador del equipo: Seedorf, Mijatovic, Roberto Carlos, tenía su propia canción, cada una con letra y ritmo distintos, pero la masa las cantaba en un orden espontáneo y con perfecta sincronía.
Años después, viví un Boca-River en la Bombonera y la experiencia no desmereció; escuché a la hinchada del Boca cantar su característico “dale-dale-dale-dale-bo”, con ritmos que iban desde la cumbia “El Negro José” hasta “Karma Chameleon”, todo con armonía y sincronía admirables.
El contraste de estas vivencias con las manifestaciones colectivas que había visto en las tribunas mexicanas me resultaba doloroso. Nuestros mayores alcances de sincronización colectiva habían sido la "ola" del Mundial 86 —copiada de Estados Unidos—, y el tristemente célebre grito homofóbico cuando despejaba el portero.
Sin embargo, habiendo llegado sin ninguna expectativa, lo que atestigüé en este Mundial 2026 durante los partidos de la selección nacional, me llenó de optimismo. La tribuna mexicana operó un cambio cultural tan repentino como extraordinario. Por un lado, el "Cielito Lindo" retumbó con una intensidad inédita; por el otro, la multitud abandonó casi por completo el insulto sistemático para alinearse masivamente bajo un aliento coordinado y propositivo: el ahora célebre “¿Y si sí?”.
Sin dejar de reconocer que nos falta muchísimo, esto me ha llevado a concluir que el egoísmo y la falta de organización colectiva que nos ha caracterizado, ni son genéticos ni son inevitables. Son, simplemente, manifestaciones de la cultura que hemos adoptado. Y no es fácil, pero las culturas, que no son sino el producto de nuestros comportamientos, se pueden cambiar.
Las manifestaciones colectivas que vimos en las tribunas y el esfuerzo espontáneo y generalizado por ser los mejores anfitriones demuestran que sí somos capaces de actuar positiva y coordinadamente cuando encontramos la motivación correcta. Y la mejor que podemos encontrar es el anhelo de presentarle al mundo la mejor versión de nuestro ser colectivo, que se llama México.
Recuperar ese orgullo es el objetivo y el motor que necesitamos para ponernos en acción. Más allá del futbol, la aspiración de sentirnos orgullosos de lo que somos es lo que nos puede llevar a replicar esa misma coordinación en la calle a partir del lunes, cuando haya concluido el Mundial.
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