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Por un descuido en la defensa el Covid-19 toma la delantera

Han pasado ya cinco años y medio desde que inició la pandemia por el entonces llamado "nuevo coronavirus". Un agente infeccioso microscópico —la partícula más pequeña con "vida propia" que existe— puso de cabeza, en pleno siglo XXI, a un mundo que se creía invencible.

​Más de 20 millones de vidas se perdieron, según las estadísticas de exceso de mortalidad, durante los tres primeros años del brote infeccioso. Se cerraron fronteras, se obligó al aislamiento y las escuelas abandonaron las aulas para inaugurar la modalidad virtual.

​La vida continuó, porque el tiempo no se puede detener. Pero para muchos, esos años se hicieron eternos; para otros fue el periodo más triste de sus vidas, el momento en que perdieron a un ser querido que, en muchas ocasiones, murió lejos del cobijo familiar. Fue "la enfermedad de la soledad", como la llamamos muchos: aquella en la que, si dabas positivo, te aislaban en un cuarto solo; si estabas en el hospital, no podías ver a tu familia y solo alcanzabas a mirar los ojos de quien arriesgaba su vida para cuidar la tuya.

​Con el tiempo, la enfermedad fue perdiendo fuerza y, sobre todo, dejó de ser tan grave como al principio. Esto se debió a múltiples factores: el desarrollo de inmunidad en quienes enfermaron y se recuperaron, la histórica aparición de las vacunas y un capricho evolutivo de la naturaleza que modificó al virus para hacerlo menos agresivo.

​Sin embargo, en las últimas semanas hemos visto un incremento en los casos de Covid-19. Sí, esa misma enfermedad no ha desaparecido; continúa y seguirá presente en el mundo. No es difícil entender que, al romper las medidas que aprendimos para disminuir los contagios, el virus encontrara su oportunidad dorada en la fiesta del Mundial.

​La sana distancia desapareció en los Fan Fest, en los estadios e incluso en las casas de amigos donde nos reunimos a ver los partidos. El cubrebocas se ha vuelto un objeto de rechazo para una población agotada de pensar en pandemias, que encontró en el futbol el pretexto perfecto para olvidar el pasado. "¿Aislamiento? Pero si tengo boletos para el estadio. ¿Cuándo volverá un Mundial a México?", fue el pensamiento común.

​Todo esto ha resultado en un repunte de infecciones a niveles que no habíamos visto en los últimos dos años. Y, por simple estadística, al aumentar los contagios, también se eleva el número de hospitalizados y, desafortunadamente, de muertes.

​Esta infección viral ha dejado de ser una amenaza letal para la mayoría, pero lo sigue siendo para quienes tienen la salud más frágil: los llamados vulnerables. Aquellas personas de mayor edad o con enfermedades preexistentes que comprometen su sistema inmunológico y les impiden defenderse del virus.

Las hospitalizaciones van en aumento; los fallecimientos, también. Es momento de dejar a un lado la fiesta y volver a cuidarnos. No solo por nosotros: es hora de ser responsables y solidarios con aquellos que miran con angustia cómo el mundo olvida demasiado rápido el dolor que costó llegar hasta aquí. Cuidarnos hoy no es un acto de miedo, sino un homenaje de profundo respeto a quienes ya no están y una caricia de empatía para quienes, en este momento, vuelven a mirar con temor el exterior. Que la alegría de volver a abrazarnos en un festejo no nos haga olvidar que el valor más sagrado que tenemos es, y seguirá siendo, la vida.

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