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¿Cuál soberanía?

Se llenan la boca de soberanía y de traición al que atente sobre ella. Pero ¿qué significa, en el contexto específico del mundo en la actualidad? El concepto lo desarrolló Jean Bodin, en medio de las guerras de religión en el siglo XVI, en su texto Los seis libros de la República, con la intención de justificar la capacidad única y última de los reyes en el ejercicio del poder, incluyendo el suspender los derechos de los señores de la guerra que, en la tradición feudal, conservaban mucha autonomía respecto de los príncipes o monarcas. Para él, la soberanía era “el poder absoluto perpetuo de una República”. Consejero de Enrique IV, aquel que habría dicho “París bien vale una misa”, pero también publicó el Edicto de Nantes, el cual garantizó libertad de conciencia y de culto a los protestantes en Francia, señaló que, ante la inevitable pluralidad religiosa, había que imponer la tolerancia como única manera de preservar la unidad del Estado. Su idea era que, con el fin de alcanzar la paz, el soberano podía y debía incluso pasar por encima de la ley y los derechos feudales consuetudinarios. La intención era buena. Sin embargo, Bodin fue acusado (y él se defendió negándolo) de promover el absolutismo de la monarquía. Así que ciertamente, más allá de sus motivaciones, para algunos, las reflexiones de Bodin sobre la soberanía habrían de justificar a los reyes que pretendieron ser absolutos. Sin embargo, también permitieron justificar el poder creciente del Estado frente a las corporaciones de todo tipo. Luego Rousseau le daría un giro al concepto con la noción de la soberanía popular y Sièyes la cambiaría por la de la nación. Pero la idea central, independientemente de quien poseyera esta soberanía, era la de eliminar los intereses particulares o corporativos y defender el bien común, es decir el de todos, independientemente de posiciones políticas, creencias religiosas o intereses económicos.

En suma, la idea de la soberanía es un poder centralizado fuerte que regule las ambiciones específicas de los distintos grupos de poder dentro de un determinado territorio y trabaje por el bien común. Pero eso quiere decir que la primera labor de un Estado soberano es la de controlar los poderes fácticos que coartan o pasan por encima de los derechos de los súbditos o, en una democracia moderna, de los ciudadanos. Lo cual significa que, si bien el elemento de la defensa de la soberanía frente a un poder extranjero es importante, pasa primero por la capacidad real del Estado de garantizar la paz interior y los derechos establecidos por la Constitución de cada lugar. La defensa de la seguridad nacional es un correlato de lo anterior, cuando esos derechos se ven amenazados por un agente extranjero, sea un individuo, un grupo o un Estado. Por lo mismo, esa defensa de la soberanía sólo es legítima cuando se hace para defender los intereses de toda la nación, no los de una corporación, que puede ser el grupo en el poder, una institución religiosa o sindical, una corporación policiaca o militar o, peor aún, uno o varios grupos criminales.

En México, la gran mayoría de la población está de acuerdo en la defensa de la soberanía frente a las potencias extranjeras. Pero un gobierno no puede proclamar la defensa de la soberanía si no ha garantizado la seguridad interna. Tampoco puede hacerlo si, en lugar de garantizar la paz interna y trabajar por el bien de todos, se alía con uno o más de los poderes fácticos en su territorio, con el único objetivo de permanecer en el poder.

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