Mauro Espínola
En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm caracterizó la primera mitad del periodo pasado como la era de las catástrofes. De este modo, buscó dar cuenta de los turbulentos años comprendidos en la historia mundial entre 1914 y 1945; es decir, entre la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, pasando por el Crack de 1929 y su impacto en la economía mundial, y el ascenso del nazismo en Alemania en 1933. De modo similar, distintos autores han buscado caracterizar los agitados años que vivimos, en particular desde la pandemia de covid-19; el escritor indio Pankaj Mishra, por mencionar sólo un caso, publicó Age of Anger en 2017 para dar cuenta del creciente cuestionamiento del orden global tras el triunfo del Brexit en Inglaterra y el primer gobierno de Donald J. Trump en Estados Unidos. El malestar contra el orden global existe, basta señalar el crecimiento de la extrema derecha europea para dar cuenta de ello. Sin embargo, este malestar coexiste con intentos por convertirlo en iniciativas de acción política no sólo desde la derecha sino también desde la izquierda. Por ello, resulta limitado hablar de una edad de la ira para dar cuenta del periodo en el que nos encontramos.
En septiembre de 2020, el Deutsche Bank publicó un informe titulado The Age of Disorder en el que señala diferentes cambios políticos, económicos y en la vida cotidiana de las personas a partir de la paulatina desaceleración de la globalización después de 40 años de crecimiento. La ralentización de este proceso de integración mundial planteaba el umbral de una era y el comienzo de otra caracterizada por el desorden, acelerada por la pandemia de covid-19 aunque no creada por ésta. La caracterización resulta de utilidad pues, más allá de la emergencia sanitaria, aunque sin excluirla, hoy resulta claro un creciente desordenamiento del mundo que emergió en los años noventa con el colapso del Muro de Berlín y el fin del mundo bipolar.
Ese “desorden” se puede observar también en la izquierda mundial. El panorama de la izquierda a partir de 2020 da cuenta de una significativa diversidad que obliga a pensarla en plural. Aunque la heterogeneidad de las izquierdas no es nueva, pues ha estado presente desde la aparición de la modernidad política tras la Revolución Francesa, la aparición de nuevos debates y problemas ha acentuado esa diversidad que había sido parcialmente opacada por la hegemonía comunista en el siglo XX.
La heterogeneidad de las izquierdas obliga a reconocerlas dentro del mismo campo político pese a sus diferencias. Es decir, aceptar que aquellas expresan diversas ideas y planteamientos estratégicos de los cambios a impulsar en la sociedad para lograr el bienestar colectivo. Por esa razón resulta de utilidad esbozar a grandes rasgos algunos de los tópicos de las discusiones contemporáneas que permitan dar cuenta de la diversidad política de las izquierdas.
Estado, partido o movimiento
El principal eje de discusión de las izquierdas es, inevitablemente, el del Estado. No puede ser de otra forma, en la medida en que éste expresa de manera sintética las relaciones de poder y las posibilidades de realizar cambios en la sociedad. En ese sentido, persisten organizaciones y movimientos que apuntan en el sentido de ocupar el Estado y, por tanto, luchar por el poder político como medio para impulsar los cambios que defiende. Subsisten otras corrientes que rechazan la lucha por el poder y el Estado, enfocándose en la movilización social y la tradición asamblearia como apuesta para alcanzar mejoras sociales.
El problema del poder y el Estado no es sólo de caracterización política. También lo es de definición política, pues las formas de organización en partidos y/o movimientos sociales derivan de dicho problema. De este modo, la izquierda que apuesta por el poder y el Estado se organiza en partidos y organizaciones políticas, mientras que aquella que rechaza la lucha por el Estado se agrupa en movimientos y organizaciones sociales.
Pueblo, clase, género y raza
El colapso del muro de Berlín, que tuvo como consecuencia el fin de la hegemonía comunista en la izquierda, supuso también el fin de la hegemonía de la clase obrera como sujeto político predominante en este espectro político. Aunque, desde principios del siglo pasado, esta idea fue cuestionada —con intentos por cambiarla y adaptarla a partir de diferentes experiencias, como la del maoísmo y sus ejércitos de campesinos comunistas—, la preponderancia de la clase obrera como sujeto político persistió durante todo el siglo XX. De manera paralela, desde finales de los setenta, y especialmente en los ochenta y noventa, la categoría de pueblo se ha afincado como central en la izquierda. En particular, tras la consolidación de la liberalización de la economía de los Estados y el fortalecimiento de sus conexiones globales. Lo anterior no significa que la noción de clase haya desaparecido del repertorio de las izquierdas. Existe de forma particular entre las izquierdas marxistas que, si bien gozan de solvencia teórica, son minoritarias en comparación con las izquierdas populistas.
El auge del movimiento feminista en la última década, u oleada como también se le ha caracterizado, ha tenido como efecto una reivindicación del género dentro de algunas izquierdas y la consolidación de una vertiente feminista que reivindica el papel de las mujeres y la comunidad LGBTQ+ en este campo político. Esto, entre otras cosas, ha supuesto una renovación teórica relevante alrededor del rol de las mujeres y las diversidades en la sociedad contemporánea y en su transformación.
En las últimas décadas, especialmente desde la insurrección zapatista en 1994, en América Latina los indígenas han aparecido como un sujeto político de la izquierda. La irrupción indígena no sólo se ha consolidado en los movimientos sociales, sino también en partidos como el Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik en Ecuador. Este giro ha tenido un impacto en la composición de los Estados y la definición de la nación, como ha ocurrido en Bolivia y su asunción como Estado plurinacional en 2010. De este modo, la cuestión nacional se ha vuelto un tema toral dentro de las izquierdas de América Latina y del mundo. Ejemplo de ello fue el referéndum por la independencia de Cataluña en 2017.
Nacionalismo, regionalismo e internacionalismo
La reivindicación del pueblo como sujeto político ha tenido como correlato la revitalización del nacionalismo en algunas de las izquierdas. En consecuencia, esta izquierda se ha desplegado sobre todo a nivel nacional, distanciándose del internacionalismo de las izquierdas comunistas. En algunos casos, esta izquierda nacional-popular ha reivindicado su carácter latinoamericano, pero sin plantearse una construcción política regional.
Aunque la dimensión nacional es la predominante entre las izquierdas, movimientos como el feminista y el ecologismo se han instalado de manera paralela internacionalmente. Otro ejemplo de ello ha sido el movimiento de solidaridad con Gaza que, desarrollado de manera independiente en cada país, también se ha convertido en un movimiento global. Ello resulta de interés, pues expresa la tensión entre lo nacional y lo internacional como lo hizo el movimiento contra la globalización en las décadas de 1990 y 2000.
Redistribución o post-capitalismo
Los cambios políticos, económicos y culturales que estamos experimentando en “la era del desorden” crean una creciente tensión dentro de los proyectos de las izquierdas. Un ejemplo significativo son las negociaciones del T-MEC entre México, Estados Unidos y Canadá. El acuerdo que le antecede, firmado como Tratado de Libre Comercio de América del Norte a finales de 1992, fue objeto de un rotundo rechazo por la izquierda mexicana debido al perjuicio que tendría sobre la economía mexicana. Impacto que se ha hecho realidad a lo largo de estas tres décadas, con una integración subordinada de la economía mexicana a la estadounidense. Por lo que hoy la defensa del Tratado de Libre Comercio no es ajena a las preocupaciones de la izquierda, considerando las consecuencias que su cancelación o cambio pueden tener en la economía mexicana.
La distribución de la riqueza continúa como uno de los grandes tópicos de las izquierdas. Particularmente importante en las últimas décadas es el de la redistribución mediante diversos mecanismos como programas y/o derechos sociales para contribuir a aminorar las desigualdades de las economías de mercado. Sin embargo, el incremento de la concentración de la riqueza y, por tanto, el incremento de las desigualdades ha planteado también la cuestión de las contribuciones a los ingresos de los Estados y los impuestos. Sobre todo en los países, como México, donde existen menores tasas de tributación.
Con ello, se ha replanteado el Estado de bienestar como horizonte para resolver las desigualdades del mercado. Idea especialmente defendida entre los partidos de aquella izquierda que apuesta por la vía del Estado a resolver dichas desigualdades, como los llamados gobiernos progresistas. Sin embargo, la consolidación de los derechos sociales como garantías plantea interrogantes sobre la posibilidad de una recuperación del Estado de bienestar como se conoció en el siglo XX.
El cuestionamiento de dicha posibilidad ha provenido en especial de las izquierdas revolucionarias que, aunque marginales, han subrayado las contradicciones de los proyectos de las izquierdas sin horizonte post-capitalista. Un ejemplo relevante de esta discusión es el de la izquierda ambientalista revolucionaria que señala los límites de la transición energética a energías verdes y, en consecuencia, los límites de la lucha contra el cambio climático en los marcos de la producción capitalista. Con ello, el medio ambiente y el cambio climático emergen también como uno de los tópicos de las discusiones contemporáneas entre las izquierdas.
¿Y el fin de la historia? La izquierda post-soviética
La izquierda en “la era del desorden” se caracteriza por el surgimiento de nuevos y viejos debates sobre las sociedades y las transformaciones que se requieren para el bien colectivo. En ese sentido, están marcadas para bien o para mal, por el colapso del Muro de Berlín y su correlato del “fin de la historia”. Ello no sólo se expresa mediante la ausencia de un horizonte histórico claro —¿a dónde vamos? ¿qué sigue?—, sino también por el coyunturalismo presentista para el que el pasado y el futuro no son tiempos relevantes. Dicho en otras palabras, se trata de un programa cuya acción se despliega en la coyuntura sin importar que sus costos sean mayores a mediano y largo plazos, lo que borronea parte de las tradiciones históricas de las izquierdas y desdibuja la idea de futuro. Y con ello, oscurece y encubre también sus memorias e historias.
Los cambios experimentados a nivel mundial en las últimas décadas apuntan a una profundización del “desordenamiento” del orden que conocíamos. Un desordenamiento más caótico y convulso que requiere de las izquierdas una nueva articulación coherente con los problemas que se le plantean.
*Mauro Espínola. Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM. Maestro y doctorante en historia por El Colegio de México. Interesado en la historia de la izquierda mexicana.
@MSEspinola