Murió Yayoi Kusama, la artista que tomó el infinito como forma de vida
Rocío Macías
27/08/2026
Sus lunares, calabazas, salas de espejos y patrones interminables se volvieron reconocibles en todo el mundo; tras esa imaginería vibrante se encontraba una artista que dedicó gran parte de su vida a transformar visiones profundamente personales en algo en lo que millones de personas podían adentrarse, fotografiar y experimentar por sí mismas
Yayoi Kusama convirtió sus obsesiones en un lenguaje que terminó por ocupar museos, galerías y escaparates de todo el mundo. Sus lunares, redes, espejos y colores intensos hicieron de su obra una de las imágenes más reconocibles del arte contemporáneo. La artista japonesa murió el 14 de agosto en Tokio, a los 97 años, aunque la noticia la dio a conocer su estudio hasta el miércoles en la noche.
«Siguió pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel, y continuó explorando el amor eterno y el alma inmortal», señaló el comunicado del estudio. «Llevaremos adelante los deseos de Kusama y, a través del arte, seguiremos brindando esperanza y fortaleza para el futuro a personas de todo el mundo».
Su arte, extrovertido y expansivo, contrastaba con la vida reservada de su autora. Desde 1977 permanecía voluntariamente internada en una clínica psiquiátrica de Tokio, desde donde continuó trabajando. Su estudio informó que siguió pintando hasta sus últimos días y explorando dos temas que acompañaron su obra: el amor eterno y el alma inmortal.
Los lunares aparecieron desde su infancia, cuando comenzó a experimentar visiones y alucinaciones que trasladó a sus dibujos. La acuarela, el pastel y el óleo fueron sus primeras herramientas. Más tarde desarrolló una práctica basada en la repetición y la proliferación obsesivas, una filosofía artística que llamó “autodestrucción”.
Formada en el nihonga, la pintura tradicional japonesa, Kusama llegó a Nueva York a finales de los años cincuenta. Allí desarrolló sus célebres Infinity Nets y comenzó a experimentar con esculturas, instalaciones, performances, cine y literatura. Su trabajo se relacionó con el pop art y el minimalismo, aunque siempre defendió una identidad propia.
Expuso en instituciones como el Museo de Arte Moderno y el Whitney Museum of American Art de Nueva York. En México, el Museo Tamayo presentó entre 2014 y 2015 Obsesión infinita, una retrospectiva que reunió obras realizadas desde los años cincuenta y que convocó a más de 335 mil visitantes. Fue un fenómeno cultural y uno de los mayores éxitos de asistencia en la historia del recinto.
Kusama también llegó a la moda y al consumo masivo. Colaboró con Louis Vuitton y permitió que sus motivos aparecieran en ropa, objetos, escaparates, y por supuesto, en bolsas. Su imagen terminó siendo tan reconocible como sus obras.
En 2016 recibió la Orden de la Cultura, máxima distinción artística de Japón. Para entonces, aquella mujer que durante años trabajó lejos de los reflectores había conseguido algo poco común: transformar sus obsesiones privadas en un lenguaje compartido por millones.
Kusama vivió hasta los 97 años haciendo lo mismo que la acompañó desde niña: tomar un pincel y comenzar otra vez.