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ARQUITECTURA: La arquitectura de la igualdad

Andrea S. Chávez

A unos 30 kilómetros al sur de Mar del Plata, sobre el camino costero que une la ciudad con Miramar, yacen nueve hoteles y 19 bungalows dedicados al turismo social. La ley 33.302, promulgada en 1945 durante la presidencia de Juan Domingo Perón, dispuso el turismo al alcance de la clase obrera y ordenó la expropiación de 50 hectáreas para concretarlo. Así surgió el Complejo Turístico de Chapadmalal. 

Alejandro Bustillo, conocido como el fundador del “estilo clásico nacional argentino”, fue quien desarrolló el complejo.  Cuando lo diseñó retomó el estilo californiano, pero incorporó materiales locales. La ciudad balnearia de Chapadmalal se conforma por una serie de bloques rectangulares de muros blancos y tejas coloniales, donde cada uno mide aproximadamente 150 metros de largo y tiene tres pisos.

La decisión de construir una unidad turística horizontal es deliberada: se desdibuja la jerarquía que produce la verticalidad y se integra la arquitectura al paisaje, en lugar de imponerse. La decisión de Bustillo no sólo fue estética, sino que materializó la idea del derecho igualitario al descanso.

El complejo turístico de Chapadmalal surgió gracias a las políticas públicas de turismo social que concibieron el acceso al descanso y a vacacionar como un derecho de los trabajadores.

La unidad turística no ha estado intacta ante los vaivenes políticos argentinos. En décadas posteriores ha sufrido abandono, saqueos y deterioro. Durante la presidencia de Alberto Fernández, se invirtieron 186 millones de pesos argentinos para restaurar el Hotel 6 de Chapadmalal, en sus palabras “el patrimonio emocional” argentino. 

A finales de mayo de 2026 el gobierno de Javier Milei publicó, en el Boletín Oficial, la Resolución 129/2026: el pase a disponibilidad (eufemismo administrativo para cesar funciones sin llamarlo despido) de 77 trabajadores de las Unidades Turísticas de Chapadmalal y Embalse, paso previo a su concesión privada por 30 años (mi subrayado). El argumento oficial fue el déficit: más de 10 millones de dólares anuales en pérdidas. Lo que el argumento omite es qué lo produjo: desfinanciamiento deliberado, deterioro progresivo y reducción de visitantes. Pérdidas. 

Los trabajadores del complejo lo denunciaron sin rodeos: la inoperancia fue fabricada para justificar la privatización. Una muy vieja confiable del neoliberalismo latinoamericano: estrangular lo público para declararlo inviable, las pérdidas presentadas como evidencia de que el Estado es incapaz de administrar lo que él mismo dejó caer.

Sin embargo, el decreto excluye de la privatización al edificio en el extremo norte del complejo de Chapadmalal: la residencia presidencial de verano. Los nueve hoteles donde descansaban los trabajadores argentinos se privatizan. La casa donde el presidente puede veranear frente al mismo mar se preserva. El Estado que declara no tener ventajas competitivas en hotelería conserva, sin embargo, su propio estancia particular.

Para muchas familias obreras argentinas, Chapadmalal fue la primera vez que vieron el mar. El complejo no era sólo infraestructura turística, era la disputa por un imaginario que hasta entonces había pertenecido a otros: el verano en la costa como experiencia reservada a quienes podían pagarlo. Chapadmalal rompió esa exclusividad.

Este año, el gobierno de Milei desarticuló el derecho al ocio como política de Estado. La arquitectura de la igualdad se liquidó con una concesión a 30 años, pero la arquitectura del privilegio permanece intacta.

*Andrea S. Chávez. Historiadora del arte y antropóloga urbana. Su trabajo explora las relaciones entre arquitectura, ciudad, patrimonio y memoria desde una perspectiva crítica. Escribe sobre cultura visual, espacio público y las formas en que habitamos el territorio.
@Andrea_Vez

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