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Frente a un juez

Hay a quien le encanta pararse frente a un juez. A quien no le faltan pretextos para demandar a quien se le ponga enfrente. Será que les gustan los laberintos jurídicos en los que cada recurso, cada audiencia y cada revisión llevan a un nuevo pasadizo incierto.

A mí no. No entiendo por qué alguien se siente atraído por las marañas jurídicas en las que el futuro de una persona depende de la interpretación que otra le pueda dar a la ley. A lo mejor por eso nunca quise estudiar derecho (decisión de la que no me arrepiento).

Eso no quiere decir que no comprendo la necesidad de contar con un marco jurídico que regule nuestra convivencia, que nos imponga límites que aseguren nuestras libertades y que protejan nuestras diferencias, pero entre saber algo y querer dedicarte a eso hay una brecha enorme.

Me sé de memoria la receta para hacer la bolognesa que mi suegra insiste en que es la mejor que ha comido en su vida. De mi restaurante italiano, no se sabe nada.

Por eso espero no tener que pararme frente a un juez. Se me ocurren pocas maneras menos atractivas para perder mi tiempo que buscar abogados, intentar entender las estrategias jurídicas y esperar esa justicia que tarda, pero siempre llega.

Y mientras espero que ese día nunca llegue, lo único que puedo esperar es que, si se da, sea frente a un juzgador como Myron Kovitsky.

Kovitsky es el único personaje decente en todas las más de 600 páginas de La hoguera de las vanidades. Mientras otros se preocupaban por los posibles beneficios que podrían sacar del juicio en contra de Sherman McCoy, el viejo juzgador sólo pensaba en llegar a la verdad.

Sólo un juez como Burton B. Roberts podría servir como inspiración para que Tom Wolfe inventara a un Kovitsky.

Interrumpía a abogados y testigos por igual, no tenía paciencia para las emociones desbordadas y mucho menos tolerancia para quien intentaba hacerse el chistoso. Roberts desentonaba en el Nueva York de los 80, pero encajaba perfecto en la sala de juicios de Wolfe.

El problema para un ciudadano que tenga la suerte de encontrarse con algún Kovitsky en su juicio fue descrito en la nota “publicada” por The New York Times que nos dejó Wolfe a modo de epílogo.

Cuando la maquinaria política huele una oportunidad, prefiere abandonar a los jueces independientes, retirarles su apoyo para su reelección a quienes se apegan a las pruebas y abrirle la puerta a alguien más antes de perder la ocasión para acumular algo de poder.

¿Es que todo lo que hace posible la democracia tiene que ser tan frágil? ¿No podemos tener un sistema que asegure nuestras libertades, la pluralidad y la división del poder, y que al mismo tiempo tenga la fuerza suficiente para defenderse de sus autoritarios enemigos?

Porque, al contrario a lo que muchos creen, se necesita mucho más que la participación ciudadana para mantener a flote al barco democrático en el que cabemos todos, por más que a algunos no les guste.

Mantener la distancia entre el poder y la justicia es elemental, y para eso se necesitan Kovitskys. Algo así también cantó Fabrizio de André en su Sueño Número 2.

“Una vez un juez como yo

juzgó a quien le había dictado la ley.

Primero cambiaron al juez

y rápidamente después,

la ley”.

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