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HISTORIA: Revolución del mundo hispánico 

Elienahí Nieves Pimentel

La llegada de septiembre, con los tres colores patrios engalanando edificios, plazas y hasta comida, parece buen pretexto para regresar a François-Xavier Guerra y su Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, obra en la que demuestra que las profundas rupturas que experimentaron los territorios hispanos en el siglo XIX no se pueden entender de forma independiente. El historiador hispano-francés plantea que, en 1808, el mundo hispánico comenzó su traumática transición hacia la Modernidad. Durante este proceso,  la Monarquía de Antiguo Régimen se desintegró en múltiples Estados soberanos, entre ellos España y México. 

Para Guerra, el quid de la mutación cultural y política de la Modernidad es el tránsito de la concepción antigua de nación, que remite al origen histórico que da identidad a un grupo humano frente a otro, a la moderna, en la que se entiende como la asociación libre de los habitantes de un país. En los diez ensayos que componen la obra, el historiador recorre el accidentado camino de transformación de este sistema de referencias en el periodo crucial entre 1808 y 1810.

La transición comenzó cuando Napoleón Bonaparte obligó a Fernando VII y Carlos IV a abdicar y colocó a su hermano José Bonaparte en el trono español. La ausencia de la autoridad considerada legítima obligó a replantear la organización social vigente. A ambos lados del Atlántico, los súbditos reaccionaron en defensa del carácter intransferible de la soberanía del rey y de la indivisibilidad de la nación. Entendida como Monarquía hispánica, aludía a la unidad de aquella comunidad de españoles y americanos que compartían valores, religión y adhesión a la doctrina absolutista del origen divino del poder regio. 

Al quedar “huérfanos”, fue necesario legitimar el gobierno provisional que encabezaría la lucha contra los invasores franceses. La soberanía entonces recayó en los “pueblos”, las comunidades políticas —reinos, principados y provincias– representados por las ciudades capitales en la Junta Central. La independencia que se defendía en este primer momento era la de la Monarquía hispana respecto al Imperio francés.

En la convocatoria a las Cortes de 1809 apareció la desigualdad entre los pueblos que conformaban la Monarquía, en un torpe texto que planteaba la participación americana en la representación nacional no como un derecho, sino como una concesión. La disparidad se mostró también en el número de diputados: nueve para América y Filipinas contra 36 para la Península. Aquel agravio al patriotismo hispánico abrió un debate arrastrado desde la época de las conquistas: la identidad de las Indias. ¿Qué eran éstas, reinos de pleno derecho, reinos subordinados o colonias? 

En 1810 llegaron noticias del avance de las tropas francesas en Andalucía, la revuelta en Cádiz que derrocó a la Junta Central hasta entonces reconocida en América y su reemplazo por un Consejo de Regencia. En su manifiesto, este Consejo convocaba a los españoles americanos a enviar representantes a las Cortes, con una exaltación de la libertad que traía consigo el nuevo régimen: “no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del poder”. La intención de los redactores era condenar el absolutismo de Antiguo Régimen, pero con ello dijeron a los americanos que durante tres siglos habían estado en servidumbre. Por ello, al considerar la Península perdida en la querella, muchos interpretaron el texto como un estímulo para formar sus propios gobiernos —como hicieron las élites al formar sus juntas— e, incluso, para levantamientos sociales. Faltaban aún muchos años para que el paso a la política moderna fuera total en América y la separación con la España peninsular definitiva, pero la fractura había comenzado… 

Contrario a la narración tradicional patriótica, la “transformación” que dio como resultado la nación mexicana no comenzó como una lucha por la independencia y la igualdad social. Más bien era un movimiento conservador, que abogaba por la continuación de la “constitución histórica” del reino, con sus leyes y costumbres, pero que terminó siendo de una naturaleza profundamente revolucionaria. No debido a la gesta militar, ni siquiera por los cambios institucionales, económicos o sociales (que fueron más bien pocos y tardíos) sino por la fundación de un nuevo ciudadano individual, desarraigado de los vínculos de la antigua sociedad estamental y corporativa, para formar parte de un nuevo pacto político.

*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio

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