Daniela Martínez
Para Victoria
El sábado 5 de septiembre tuve la oportunidad de asistir al evento dancístico organizado por la cadena de gimnasios del Grupo Sports World S.A.B. de C.V. La invitación llegó gracias a mi confidente incondicional, a quién tuve el gusto de ver en el escenario. Meses antes del evento, ella me comentó que volvería a bailar en público después de 17 años, además de aventurarse a debutar en un nuevo ritmo. Esto atrapó mi atención, ya que muchas bailarinas hemos tomado pausas de la actividad y con ello surge la cuestión: ¿qué implica volver a los escenarios?
Como he mencionado en ediciones anteriores, bailar es un proceso que nos reconecta con los otros y con una misma. Sin embargo, realizar la actividad en público es un reto que requiere preparación física y mental. Presentarse ante los otros puede generar emociones como felicidad, miedo o ansiedad, pues hay un grado de exposición donde participan el juicio y las expectativas del público o de los directivos de las academias de danza.
El resultado presentado en el escenario es producto de un proceso de preparación que por lo general el público desconoce. Las vivencias y dinámicas pedagógicas se dan mayoritariamente en los estudios, así como las exigencias, sean autoimpuestas o no, de los directivos o de los compañeros. Dichas exigencias pueden influir de manera positiva o negativa en el desempeño de los bailarines. De igual forma, la planificación y creación de los elementos escénicos demandan un esfuerzo adicional a la preparación técnica y pueden brindar seguridad a los bailarines o, por el contrario, un error logístico puede alterar por completo la composición en escena.
Ante las miradas, la presión externa e interna, y la posibilidad de algún fallo logístico, el pánico escénico o la inhibición suelen ser variables constantes tras bambalinas. Reintegrarse a la exposición después de períodos prolongados coloca a las bailarinas en posiciones vulnerables, pero no impenetrables. Es decir, hay una barrera invisible entre disfrutar y tener miedo a equivocarse, pero volver a un escenario implica aceptar todos los bemoles, aceptar la incomodidad de ser vista, y adoptarla desde la autoaceptación y la autocompasión. Asimismo, regresar a un escenario significa darse la oportunidad de cometer y aceptar errores.
Si bien, la autoexigencia nos puede proporcionar incentivos para mejorar aspectos técnicos, la esencia de la danza yace en la proyección y no en la perfección. El temor a equivocarse o no dar una presentación perfecta afecta por completo la proyección de los bailarines y los aleja de la etapa de disfrutar el proceso. Muchas bailarinas llegamos a cometer el error de no dar tiempo a la memoria muscular y a la mente de reinsertar el baile a la cotidianeidad después de tomar distancia de los escenarios. Del mismo modo, regresar a un escenario puede abrir la puerta a nuevos comienzos y reinventar la definición, ejecución, goce y significado de la danza para los bailarines.
Finalmente, retornar a los escenarios implica enfrentarse a un proceso en el cual toca dimensionar las capacidades individuales para que, partiendo de ellas, sea posible trabajar las áreas de oportunidad de manera paulatina. Retornar después de periodos prolongados a la exposición implica abrazar el periodo de inactividad y el recomienzo del proceso, ya que existe un abismo entre no bailar, bailar en solitario, bailar en un estudio, y prepararse para una presentación o competencia. En síntesis: declaro mi entera satisfacción al ver a mi confidente romper sus propios límites y, a través de su ejemplo, resignificar la danza desde el amor propio.
*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead
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