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Chernóbil, región 4

La estupenda serie televisiva Chernóbil, que retrata la tragedia ocurrida en 1986 en la Unión Soviética cuando explota un reactor nuclear matando a personas y dejando una zona inhabitable hasta hoy, debería ser vista de manera obligatoria por todos los funcionarios públicos. No por cultura general. Por supervivencia institucional.

La serie tiene una escena central: el científico Valery Legásov decide decir frente a un tribunal lo que nadie quiere escuchar: el problema no fue solo técnico, el problema fue que nadie podía decir la verdad a tiempo. Durante días, y en realidad durante años, se ocultaron fallas, se minimizaron riesgos y se protegió la narrativa oficial de que todo iba bien. La conclusión es brutal: las mentiras generan una deuda. Y esa deuda, tarde o temprano, se paga. A veces con vidas. A veces con la desconfianza eterna hacia los gobiernos.

¿Qué tanto aprendimos de esa lección? Porque ocultar información no siempre implica mentir de frente. Hoy es más sofisticado. Es clasificar información como “seguridad nacional”. Es retrasar datos. Es administrar cifras. Es construir una narrativa en la cual los problemas siempre son menores o temporales. Es, en el fondo, gobernar con información incompleta. Parecería que, desde Hungría hasta Argentina, pasando por México, los gobiernos prefieren salir bien en la foto que rendirle cuentas a la ciudadanía que financia sus quincenas.

En México hemos visto señales preocupantes en los últimos años. El derrame de petróleo reciente, en el cual Pemex y el aparato gubernamental mintieron por varias semanas. Proyectos públicos blindados bajo el argumento de seguridad nacional. La desaparición del Inai. La minimización inicial del peligro de Covid-19. Darle al ejército un poder inusitado, sabiendo que la transparencia no es lo suyo. Y tener una mañanera que, más que rendir cuentas, es un evento que privilegia la narrativa del “todo va bien”.

Gobiernos pasados, especialmente el PRI durante 70 años, no fueron ejemplo de transparencia, en parte porque todos los poderes estaban bajo una misma silla: la presidencial. Pensamos que eso había quedado en el pasado. Pues no.

El problema es esconder o tergiversar hechos con decisiones que parecen justificables: evitar el pánico, cuidar la estabilidad, no “exagerar”, que nadie se dé cuenta. El problema es que esas decisiones se acumulan.

La transparencia no es un lujo democrático. Es un mecanismo de protección y de rendición de cuentas. Sirve para corregir errores antes de que crezcan. Sirve para que los ciudadanos sepan qué está pasando con su dinero. Sirve para que el gobierno haga mejor su trabajo. Sin transparencia, lo que tenemos es una ilusión de control.

La sociedad civil, la academia y la prensa deben presionar para que los gobiernos digan la verdad para que le vaya bien al país. Esa era parte de la exigencia para que el PRI eterno ser fuera. En ocasiones pareciera que está de regreso.

Chernóbil no fue únicamente un accidente nuclear. Fue el resultado de una cadena de decisiones en la cual la información se administró como un recurso político. Chernóbil se fue construyendo con silencios, con decisiones mal tomadas, con información que no se dijo a tiempo, con una ciudadanía que no exigía. Cuando finalmente se reconoció la verdad, ya era demasiado tarde. México no es Chernóbil, yet. Pero tampoco es inmune a sus lecciones.

Porque el problema no es solo la mentira. Es acostumbrarse a ella. Y como dijo Legásov: aunque no lo queramos ver, esa deuda siempre se paga.

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