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Communitas o la política de la reconciliación

La semana pasada escribí sobre communitas, un concepto desarrollado por el antropólogo Victor Turner para describir esos momentos extraordinarios en los que una comunidad deja en suspenso sus diferencias y experimenta un profundo sentido de pertenencia compartida. Turner llegó a esa idea estudiando los rituales de los ndembu, en Zambia. Pero también la vivía, como aficionado del Manchester United, junto con su maestro Max Gluckman. Sostuve entonces que algo semejante ocurrió en México durante el Mundial: por unos días, millones de mexicanos dejamos a un lado nuestras diferencias para reconocernos, simplemente, como parte de una misma nación. Conversando sobre ese artículo con el periodista Ricardo Raphael surgió una asociación sugerente: el liderazgo de Nelson Mandela durante el Mundial de Rugby de 1995. De esa conversación nacen estas reflexiones.

Mandela pudo haber gobernado desde la revancha. Después de décadas de apartheid, habría sido políticamente rentable construir un liderazgo apoyado en la confrontación y en la dominación de la mayoría negra sobre la minoría blanca que durante tanto tiempo había ejercido una represión brutal sobre ellos. Optó por un camino mucho más difícil: la reconciliación. Desde la Comisión de la Verdad y la Reconciliación impulsó una transición orientada a construir una comunidad nacional. En ese contexto apareció una oportunidad extraordinaria: el Mundial de Rugby de 1995. Los Springboks eran el gran símbolo deportivo del apartheid. Muchos exigían desaparecer su nombre y sus colores. Mandela hizo exactamente lo contrario. Conservó ese símbolo, vistió su camiseta, respaldó al equipo durante el torneo y entregó personalmente la copa al capitán François Pienaar después de la victoria. Con esa decisión unió simbólicamente a su nación. Como muestra la película Invictus, aquel Mundial terminó convirtiéndose en una especie de gran ritual de reconciliación nacional, capaz de generar un momento de communitas sobre el cual comenzar la reconstrucción de Sudáfrica.

El populismo recorre el camino inverso. Morena no construye su liderazgo a partir de una comunidad política integrada, sino de una división permanente entre "el pueblo" y quienes supuestamente lo traicionan. Su fuerza no proviene de la unidad, sino de mantener viva una frontera política y moral que alimenta la polarización. Una sociedad reconciliada debilita al populismo porque reduce el espacio donde prospera la confrontación.

Turner advertía que la communitas nunca es permanente. Es un momento excepcional dentro de un proceso de transición. Después vienen las instituciones, las reglas y los acuerdos que convierten aquella experiencia de unidad en una convivencia estable. Si ese instante se aprovecha, puede dar origen a instituciones más fuertes, más legítimas y más incluyentes. Si se desperdicia, la sociedad vuelve a encerrarse en sus viejas fracturas.

Mandela supo crear communitas para comenzar la construcción de un nuevo país. El populismo necesita prolongar indefinidamente la confrontación porque de ella obtiene su poder.

En México, como sucedió en Sudáfrica, necesitamos un cambio radical: crear communitas para transitar a una nueva República.

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