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Contra el olvido

El olvido se aferra a llevarse a los grandes nombres que han logrado destacar entre el tumulto desorganizado de la existencia. Maldice a todo al que se atreve a crear a un rival memorable al que el futuro observa marchar sin prisa, pero sin pausa.

Los mares malagradecidos de la amnesia son así. Cuando para ellos es imposible borrar las creaciones que nos han marcado, se aferran en desvanecer de forma permanente a los autores de esas grandes proezas que trascienden generaciones.

En esa eterna lucha se encuentra Jules Rimet, que gracias a que convenció a apenas 13 selecciones es que logró impulsar el primer Mundial de futbol, en 1930.

Producto de la primera de dos guerras que fracturó al mundo en dos, el francés vio en este deporte la oportunidad perfecta para “contribuir a hacer desaparecer las incomprensiones y las rivalidades que todavía enfrentan a unos pueblos con otros”.

Uruguay, sede de la primera copa del mundo, se ofreció a pagar los gastos de las selecciones que decidieran participar, esto como parte de los festejos del centenario de la Constitución del país que nos dio a Luis Suárez, Diego Forlán y Edison Cavani.

Pero el largo viaje transatlántico y la crisis económica que hundió al mundo en una Gran Depresión provocaron una baja participación.

De América destacaron México y Brasil, mientras que del viejo continente sólo llegaron Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia.

El propio Rimet viajó con las escuadras europeas a bordo del barco Conte Verde, llevando consigo el trofeo que en ese momento se llamaba Victoria y que después cambiaría de nombre por Jules Rimet.

El primer paso para hacer desaparecer el nombre del que nos dio el mejor torneo del mundo se dio en 1970, cuando, después de que Brasil se adjudicó la estatuilla original por tercera ocasión, se decidió cambiar de trofeo y de nombre.

La verdeamarela se ganó el derecho a que nadie más se bañara en las mismas aguas de gloria que ellos y se la quedó de forma permanente.

Por eso, la copa Jules Rimet viajó al país sudamericano, donde fue robada en 1983 para después, según cuenta la leyenda, ser fundida entre los escombros de la historia.

Años después llegó el contragolpe del francés que mantenía su lucha contra las corrientes que querían barrer con él. En diciembre de 2014 apareció la base del trofeo original, esa que se usó desde 1930 hasta 1954, en una bodega del museo de la FIFA, en Zúrich, Suiza.

Ahora parece que sólo los aficionados que tienen memoria para otras cosas que no son estadísticas y récords mantienen viva a esa leyenda. En cuatro años se cumplirá el centenario del torneo, y yo sólo espero que también se recuerde a la persona que estuvo detrás.

Por el momento, otro Mundial pasó, o está por pasar, y yo me aferro hasta el último minuto a este torneo antes de volver a la normalidad y escribir de esa otra historia que también debe ser repasada.

Pero antes de despedirme del tema quiero quedar con eso que dijo Rimet en su folleto El futbol y el acercamiento entre los pueblos.

“La batalla ha terminado; el instinto belicoso ha quedado satisfecho. Durante hora y media, una multitud ha comulgado en la pasión del futbol”.

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