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Cuando el problema no está afuera

No sé qué pudo fallar. La primera parte del método ya está. Quien me ha leído en las últimas semanas ha recibido una propuesta razonablemente sólida para mapear los problemas públicos, desmenuzarlos, identificar a sus responsables y ordenar las acciones necesarias para resolverlos de manera colaborativa.

Sin embargo, en la semana que termina, por más que busqué en La Aurora y en otros medios, no encontré señales de brotes espontáneos de organización vecinal, civismo o acción colectiva orientados a empezar ese trabajo.

La explicación seguramente tenga que ver con que esta columna la lee apenas un puñado de ciudadanos. Pero no se agota ahí. Porque aun si fuera el texto más leído del país, estoy seguro de que tampoco sería suficiente.

Y no lo sería porque hay un elemento que puede boicotear todo el método y que debemos mencionar antes de empezar con la fase de organización. Este elemento es un obstáculo que hace que nuestros problemas parezcan insuperables. Y no es técnico, ni financiero, ni siquiera de voluntad política.

Es mental.

Vemos y padecemos diversas manifestaciones de los problemas públicos de nuestro país: violencia, corrupción, impunidad, deterioro ambiental y desórdenes de todo tipo, nos sentimos abrumados, amenazados y concluimos que son insuperables y, lo que es peor, nos resignamos a ellos. Hemos normalizado el caos al grado de creer que nuestra única función es sobrevivir al entorno, no transformarlo.

Pero esto es porque estamos cayendo en la trampa de medir problemas sociales desde una perspectiva individual.

Visto desde el aislamiento de un coche atrapado en el tráfico, el colapso vial parece una montaña imposible de escalar. Y lo es. Pero no porque sea irresoluble, sino porque un problema social nunca puede ser derrotado por una sola persona. Incluso la autoridad fracasa cuando intenta resolver por decreto lo que solo cambia con la suma de voluntades.

La sensación de impotencia no es un defecto personal: es la consecuencia lógica de intentar pelear solo una guerra que es colectiva. El problema es que esa sensación, además de ser resultado de un mal abordaje, termina convirtiéndose en su principal refuerzo: nos desanima a intentar y, por lo tanto, a resolver.

Dicho sin rodeos: el partido empieza en la cabeza mucho antes de que veamos al rival. Si perdemos en la mente, el resto es trámite; nos hemos programado para la derrota.

Pero cuando dejamos de analizar los problemas como individuos aislados y empezamos a entenderlos como fuerzas colectivas, recuperamos nuestra estatura real. Dejamos de ser víctimas para convertirnos en una fuerza de choque. La montaña no desaparece, pero deja de ser infranqueable porque dejamos de mirarla de rodillas.

La próxima semana empezaremos con la explicación de cómo detonar la acción colaborativa a partir de siete condiciones que permiten romper esa parálisis: atención social, conciencia de gravedad, sensibilización de autoría, visión de cambio, soluciones simples, metas colectivas y difusión de logros.

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