Daniela Martínez
Tras una temporada cercana al tartán y lejos de los espejos, he decidido competir nuevamente para cerrar el año y un ciclo. En ocasiones anteriores, el tiempo de preparación mínimo era de seis meses; sin embargo, la brecha se ha reducido a un mes y medio, lo cual es poco considerando que será el debut en la categoría de improvisación. Improvisar en un escenario requiere preparación física y emocional, pese a ser una actuación que fluye de acuerdo con el ritmo. Aunque parezca contradictorio, es posible elaborar una estructura coreográfica preliminar para generar secuencias predeterminadas acompañadas de complementos instantáneos. En ocasiones anteriores he hablado de la danza como un espacio de liberación donde la técnica no es indispensable para la catarsis y el flujo sentimental. No obstante, en esta entrega explicaré el flanco estructurado de la danza desde una aplicación que, aunque parece más libre, requiere mucha más experiencia y técnica para ejecutarse. En otras palabras, la improvisación frente a la coreografía.
Sin importar el género dancístico, la naturaleza espontánea del ejercicio de improvisación —pese a parecer un evento dinámico y fugaz—conlleva un entrenamiento físico y psicológico que responde a la inmediatez. Esta consideración me ha hecho revisar de nueva cuenta el Laban Análisis de Movimiento (LMA) propuesto por Rudolf Laban, con la finalidad de comprenderme, comprender el escenario y proyectar un tema.
El LMA diserta sobre variables físicas, artísticas y psicológicas aplicadas en teatro, educación somática y danza. Asimismo, se utiliza para describir, observar, analizar e interpretar el movimiento humano y sus expresiones corporales a través de cuatro ejes: cuerpo, esfuerzo, forma y espacio, conocido por sus siglas en inglés como BEES.
El cuerpo contempla las partes en movimiento, la mecánica, su trayectoria y la secuencia que siguen, así como las conexiones musculares y nerviosas. Por su parte, el esfuerzo analiza la dinámica de movimiento corporal a través del peso, sea fuerte o ligero; el tiempo, sea rápido o lento; el espacio, sea directo e indirecto; y el flujo, sea libre o controlado.
Por su parte, la forma examina la adaptación del cuerpo al espacio mediante sus movimientos de ocupación y retroversión espacial a través de contracciones, curvas, extensiones y contracciones. Por último, el espacio estudia la utilización del entorno y la kinesfera o relación con el entorno.
Conocer los elementos del LMA es la antesala a la ejecución consciente de la danza. Aunque la improvisación es un ejercicio transitorio, dimensionar el cuerpo, sus alcances, movilidad, desplazamiento, ocupación, autopercepción espacial y secuencial permite generar movimientos seriados. Es decir, es indispensable saber cómo funciona el cuerpo, la gama de movimientos y sus representaciones simbólicas, así como la utilización del espacio ya que, a diferencia de una coreografía previamente estructurada, ensayada y mecanizada, las improvisaciones demandan tener conocimiento cultural, experiencia escenográfica y proyección para lograr terminar sin pausas. Lo anterior se debe a que generar secuencias con el cuerpo nos obliga a conocernos, saber nuestros alcances, explotar los límites de la creatividad y la percepción espacial; mientras que una coreografía permite estudiar, ensayar y analizar cada movimiento y tiempo, de suerte que las bailarinas puedan sentir mayor seguridad al saber qué sigue.
En conclusión, improvisar es un reto que implica la capacidad de estructurar secuencias corporales basadas en el tiempo de la música, la letra y el tema respetando el estilo que se ejecuta. Concebir estas bases requiere mayor conocimiento cultural, corporal y espacial para construir una proyección que, pese a la inmediatez, provoque a sus espectadores y reafirme a las bailarinas.
*Daniela Martínez. Politóloga y bailarina de Ori Tahiti galardonada en competencias nacionales. Defensora de la diversidad corporal y la apropiación del espacio.
@DannRedhead
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