(Del francés: laissez faire, laissez passer)
Culiacán, Sin.- Esta expresión, comúnmente asociada al pensamiento económico liberal, también puede trasladarse a los estilos de liderazgo y a la gestión pública. Sugiere permitir que las cosas fluyan, que los actores actúen con autonomía y que el sistema, eventualmente, se autorregule. Sin embargo, cuando se aplica de manera acrítica a la vida pública, puede convertirse en una peligrosa forma de omisión.
Viene a cuento porque, después de un año de una cruenta confrontación entre dos facciones de un mismo cártel —el de Sinaloa—, ocurrió un hecho inédito: cerca de 30 organizaciones de la sociedad civil se agruparon para convocar, el 7 de septiembre del año pasado en la capital del estado, a una marcha multitudinaria que fue bautizada, como un grito desesperado, como la marcha del ¡Ya basta!
El resultado fue contundente. Cálculos periodísticos estimaron una asistencia de entre 50 y 60 mil personas. La manifestación de hartazgo, cansancio y frustración ciudadana hacía previsible una respuesta masiva. Sin restar mérito a la convocatoria, era lógico que la sociedad saliera a la calle, superando las expectativas de propios y extraños.
Lo verdaderamente relevante fue que, como nunca antes, se abrió una oportunidad histórica para que organizaciones gremiales, junto con diversas expresiones de la sociedad civil, asumieran un liderazgo capaz de enarbolar causas ciudadanas, construir un auténtico contrapeso social, marcar rumbo, incentivar la participación y perfilar liderazgos futuros.
Frente a un gobierno estatal carente de empatía, con resultados magros en obra pública y un desempeño insuficiente en los tres grandes satisfactores sociales —salud, educación y economía—, así como con un evidente fracaso en materia de seguridad pública, el terreno era —y sigue siendo— fértil para encabezar una gran articulación ciudadana.
El primer paso debió ser una convocatoria amplia para que la propia sociedad definiera el tipo de gobernante que requiere Sinaloa a partir de 2027: atributos, trayectoria, antecedentes, comportamiento fiscal comprobable, participación social sostenida; en suma, características personales y públicas congruentes e intachables.
Un ejercicio inicial viable habría sido organizar un sondeo entre las aproximadamente siete mil empresas registradas en las cámaras empresariales del estado, así como recabar el sentir de los más de 600 mil trabajadores formales inscritos ante el IMSS.
Con la opinión de empresarios y trabajadores —vía dispositivos electrónicos— se podrían haber reunido cerca de 700 mil registros. Considerando que el padrón electoral de Sinaloa, al 1 de junio de 2025, asciende a 2 millones 389 mil 217 ciudadanos, dicho ejercicio habría representado más de 29% del padrón y más de 50% de la votación efectiva de la última elección estatal.
Difícilmente algún partido político podría ignorar un liderazgo construido desde la sociedad civil con ese respaldo.
Lamentablemente, vamos tarde. Debimos comenzar el 8 de septiembre, al día siguiente de la marcha, aprovechando el ánimo generado en la comunidad. Sin embargo, el egocentrismo y la falta de humildad nos llevaron, una vez más, a dejar pasar la oportunidad.
Un mea culpa es indispensable. Reconocer nuestra incapacidad de sostener el compromiso con la comunidad es el primer paso. Al final, el juicio social —y el de la historia— dará su veredicto.
El problema es que en Sinaloa hoy no contamos con una ciudadanía suficientemente organizada para incidir de manera sostenida, ni con un Estado con la capacidad o voluntad para imponer orden, garantizar seguridad y detonar desarrollo.
Esto genera un vacío que alimenta la incertidumbre. Se requiere una ciudadanía activa, participativa y exigente —que no se repliegue ni se resigne—, pero también un Estado que funcione, que haga valer la ley y que tenga visión de largo plazo.
La evidencia es contundente: meses de violencia sostenida, pérdidas económicas millonarias, cierre de empresas, caída en el empleo y una percepción generalizada de abandono institucional.
Sin ciudadanos, el poder se desvía.
Sin Estado, la sociedad se desprotege.
En Sinaloa —como en muchas partes del país— la participación social ha sido rebasada por el miedo, la resignación o la fragmentación. La sociedad, que debería ser contrapeso, hoy sobrevive.
Dejar ser, dejar pasar… omisión, paradoja e ironía de la participación ciudadana.
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