Edgardo Bermejo Mora
1934. La consagración del mito
La mayoría de los políticos y hombres de Estado aspira a dejar su nombre inscrito en ese amasijo de circunstancias y azares al que llamamos Historia. Pocos, sin embargo, pueden decir que nacieron formando parte de ella. Cuauhtémoc Cárdenas representa para la historia reciente de México uno de estos casos excepcionales, y no resulta por lo tanto sorprendente que su nacimiento mismo resulte susceptible de historiar.
Desde la cabina de transmisiones de la WEW, la mañana del primero de mayo de 1934, el general Lázaro Cárdenas emitió un mensaje a los obreros mexicanos con motivo del Día del Trabajo. Terminada la alocución de quien entonces era el candidato presidencial del Partido Nacional Revolucionario, se le acercó el doctor Salvador Zubirán, su consejero médico y uno de sus colaboradores de mayor confianza, con una noticia inquietante: la joven Amalia Solórzano, con quien se había casado dos años atrás, mostraba signos de estar a punto de parir al cumplirse el octavo mes de embarazo.
El general recibió la noticia con más nerviosismo que agrado. Un año antes otro parto prematuro le había quitado la vida a una niña que nació de seis meses y que murió pocas horas después. La bautizaron con el nombre de Palmira en homenaje a su entrañable finca de Cuernavaca.
Con este antecedente, la noticia de un nuevo alumbramiento adelantado lo inquietó. No obstante, el general debía continuar con sus compromisos de campaña: una reunión con trabajadores y una comida tumultuosa faltando menos de cien días para las elecciones presidenciales. Finalmente, cerca de las seis de la tarde recibió las buenas nuevas mientras continuaba la gira de trabajo por la Ciudad de México: su esposa acababa de dar a luz a un niño sano y rollizo. No estaban aún preparados para recibirlo, de modo que la caja de un abrigo de piel sirvió como cuna provisional.
Una coincidencia reveladora permitió que el primero en conocer al niño no fuera su padre, sino el general Francisco Múgica, quien se acercó a la casa de la colonia Guadalupe Inn, para verificar el estado de salud del recién nacido. De algún modo se podría considerar que se trataba de una suerte de abuelo político, si tomamos en cuenta que Lázaro Cárdenas sentía por él no sólo una admiración casi filial, también la certeza de haber recibido de Múgica las lecciones fundamentales de su formación ideológica: los preceptos básicos del socialismo y el nacionalismo populista con el que se identificaba.
El propio Múgica y Alberto Cárdenas, un hermano del general que por entonces se desempeñaba como delegado del Departamento del Distrito Federal en San Ángel, firmaron como testigos el acta de nacimiento de Cuauhtémoc Lázaro Cárdenas Solórzano, el niño que nació envuelto en pañales de historia, sobrecargado de símbolos y referencias que parecían determinar un destino previsible.
No sólo era el hijo del futuro presidente de la República, sino mucho más: el primogénito e hijo único del último prócer mexicano del siglo XX; que nació el primer año del sexenio épico por antonomasia de nuestra historia posrevolucionaria; en el Día Internacional de los Trabajadores; apadrinado por uno de los ideólogos más radicales e influyentes de la Constitución de 1917; y en las oficinas donde su propio tío despachaba como representante del gobierno en turno.
¿Qué más se podía esperar? ¿Era posible nacer en mejores circunstancias que éstas? Un manual de historia, y no una carta astral, sería más útil para explicar el anuncio de un futuro prominente que se reflejaba además en los nombres del niño: Cuauhtémoc, el último emperador azteca, alegoría de resistencia y martirio de una carga idiosincrática insuperable; Lázaro, el muerto resucitado que simboliza la esperanza y la fe en la tradición cristiana; y Cárdenas, el apellido de mayor lustre cívico en el Olimpo republicano de la nación, las tres sílabas que tan sólo al pronunciarlas producían un efecto hipnótico en la conciencia mexicana.
Todo esto marcaba un futuro casi explícito para el recién nacido. El suyo fue, en todos los sentidos, un nacimiento de Estado, cifrado por una variedad de señales y símbolos que hicieron del alumbramiento algo parecido a un augurio. El hecho nos remite a otro nacimiento predestinado: el de Alejandro Magno en el siglo tercero antes de Cristo, cuyo padre Filipo recibió la noticia del alumbramiento de su primogénito el mismo día que recibía noticias del triunfo del ejército macedonio en Iliria, así como de la victoria de sus caballos y sus jinetes en la Olimpiada de la Hélade. “Un niño nacido entre tres victorias —sentenció Filipo, a decir del historiador Plutarco— será invencible”.
La comparación, sin embargo, demanda una precisión: para erigir su imperio, Alejandro debió pasar aun por encima de su padre y traicionarlo. Todo lo contrario en el caso de Cuauhtémoc, donde será más bien la fidelidad al padre y a su origen el principio y el fin de su causa pública.
El príncipe y los mendigos
Tenía seis meses de edad cuando su familia se mudó del barrio de Mixcoac a lo que entonces todavía era un rancho rústico en el rumbo de Tacubaya, y que habrá de convertirse en el símbolo arquitectónico del poder presidencial en México: la residencia oficial de Los Pinos. El nombre remitía a una escena juvenil del general Cárdenas, quien cortejó a su futura esposa en una huerta del pueblo michoacano de Tacámbaro llamada precisamente Los Pinos, y en donde el entonces candidato al gobierno de Michoacán le aseguró a su prometida que algún día le pondría una casa con ese nombre.
Con excepción de una temporada corta en San Luis Potosí durante 1938, en donde el presidente Cárdenas se estableció para combatir la rebelión del general Saturnino Cedillo, Cuauhtémoc pasará los primeros seis años de su vida en ese pequeño universo de Los Pinos. Lo rodean jardines, juguetes, escritorios, salas de espera, una alberca en la que su padre nada con frecuencia, caballos, militares, políticos y acaso lo más importante: 18 huérfanos que el general recogió durante sus giras y a los que se llevó a vivir a su lado para asegurarles educación y sustento.
Con todo, no dormían ni se correteaban dentro de la casa del presidente de la República. Para resolver el gesto sin faltar a las formas republicanas se mandó construir un dormitorio y un comedor anexo en donde los niños recibirán su cuota sexenal de justicia revolucionaria en el orfelinato de mayor lustre cívico de la nación. Con ellos se establece un jardín de niños particular donde también acude el pequeño Cuauhtémoc para recibir sus primeras lecciones parvularias.
Mezcla amorfa de filantropía, populismo y solidaridad cardenista, aquella compañía numerosa debió de impactarlo de una u otra manera, ya porque contrarrestó el egocentrismo natural en el hijo único de un presidente o ya justamente por lo contrario, es decir, porque se agudizó el contraste que separaba al pequeño príncipe del resto de sus compañeros. De cualquier forma, la condición de hijo único no habrá de perderla nunca, a pesar de la presencia reconocida de su media hermana Alicia Cárdenas —la cual aparece muy poco en los testimonios autobiográficos de la familia, pero de la que sabemos que nació en Sonora en 1918 y que fue resultado de una de las primeras campañas militares de Lázaro Cárdenas— y sobre todo pese a que, como se sabrá mucho tiempo después, otros vástagos naturales del general reclamaron en los años posteriores una tajada de paternidad oficial.
Hay una imagen de este periodo que resume el clima épico que enmarcó sus primeros años. En marzo de 1938, pocos días después de la expropiación petrolera, Cuauhtémoc y sus compañeros de escuela acuden al Palacio de Bellas Artes, en donde entregarán sus modestos ahorros como parte de la colecta popular que se organizó para el pago de las indemnizaciones a las compañías extranjeras. La foto, en blanco y negro y por demás emblemática, nos presenta al pequeño Cuauhtémoc al centro de la escena y rodeado de gente en el instante en que habrá de donar un puñado de monedas en favor de la causa nacional. Sostiene su alcancía de cochino con la fragilidad de un niño angelical, en un gesto de timidez y desconcierto. Aún no lo sabe, pero su apellido acaba de adquirir rango dinástico y de asegurar un sitio en la galería histórica de la nación.
Los Cárdenas, una saga que en el primer tercio los del siglo XXI llega a la tercera generación de protagonismo público y ejercicio del poder, serán acaso los últimos herederos visibles del patrimonio moral de la Revolución Mexicana, y su legado familiar se transmitirá con mayor puntualidad y eficacia que ningún otro de la política nacional. Ni los Alemán, ni los Reyes Heroles ni los Echeverría, por citar algunas dinastías, igualan en México la destreza y permanencia en el poder a los Cárdenas de Michoacán.
Muchos años después, Cárdenas recordará que desde que tuvo uso de razón oyó hablar del reparto de la tierra y de cuestiones agrarias, de los derechos de los trabajadores y la importancia del petróleo. Estos elementos constituyen ciertamente el otro aspecto clave de su educación sentimental, que le distingue de otros políticos de su generación. Cuauhtémoc Cárdenas formó parte de una minoría de niños que no creció con el Catecismo del padre Ripalda —que se leía a espaldas de las escuelas laicas—, sino acaso con algún ejemplar de literatura infantil de resonancias soviéticas en los años dorados de la educación socialista en México. Oía en las conversaciones de familia lo que leía en sus libros escolares.
Este principio de congruencia entre la casa y el salón será también definitivo en la formación de su carácter. Para Cuauhtémoc, el aula, el patio o el comedor de la casa son una extensión más del Estado al que representa en calidad de príncipe laico, republicano y sin derecho aparente a la sucesión del trono. La Patria —con toda su carga semántica decimonónica, resumida en un todo al mismo tiempo conceptual y doméstico— es la marca más visible de sus primeros años de formación.
En 1940, al terminar el periodo constitucional de Lázaro Cárdenas como presidente de la República, la familia se establece en el pueblo michoacano de Jiquilpan. Cuauhtémoc realiza el primer año de sus estudios primarios entre el pueblo natal de su padre y Pátzcuaro. Será el principio de un periodo errante e incierto en el que el general buscaba reacomodo en la vida pública, procurando obedecer las reglas no escritas del sistema que le obligan a mantenerse al margen, sobre todo después de un accidentado proceso de sucesión que cimbró la unidad del todavía flamante aparato revolucionario. Pero será el propio régimen aún en construcción y sometido a constantes turbulencias quien lo necesita más temprano que tarde. La legitimidad y el liderazgo vivo que representa el caudillo de la Expropiación petrolera son necesarios para enfrentar el único capítulo bélico internacional del México posrevolucionario.
Los años cuarenta
La Segunda Guerra Mundial amenaza con llegar a nuestras costas y el general Cárdenas acepta la comandancia del ejército en la Zona del Pacífico. La familia por lo tanto debe mudarse a Mazatlán, primero, y más adelante a Ensenada. En aquella ciudad de la península de Baja California Cuauhtémoc concluye su segundo año de primaria. Con el paso de los meses el regreso del general a la primera fila del poder y la política es inminente: Manuel Ávila Camacho lo nombra secretario de la Defensa Nacional una vez que ha declarado la guerra a los países del Eje. El ‘Tata’, como le llamaron sus admiradores y fieles, ocupa de nuevo un papel para el que se consideraba predestinado: proteger a los mexicanos. El pequeño Cuauhtémoc deberá compartir la paternidad congénita del general con el resto de la nación. Sólo entonces la familia regresa a la capital, primero al barrio de Santa María la Ribera, y finalmente a una zona residencial cerca del barrio de San Ángel, destino final de su itinerario infantil.
Republicano, laico a toda prueba y fiel a sus convicciones, el general se empeñó en inscribir a su hijo en escuelas del gobierno a pesar de las recomendaciones de sus amigos poderosos. De vuelta en la capital ingresa a una primaria oficial para cursar el tercer grado. Ocurrió entonces un incidente significativo. A los dos o tres meses de iniciados los cursos Cuauhtémoc ya no quiere asistir a clases. Más tarde confesará que lo mismo niños y profesores de la escuela lo atosigaban constantemente con el tema de su padre expresidente, de quien buscarán favores y privilegios oportunistas.
El general no parece comprender esta situación de obligada excepcionalidad e insiste en inscribirlo en otra escuela del gobierno por el rumbo de San Ángel, donde cursará otro año completo. Será ésta la última vez. Al año siguiente ingresa al Colegio Williams de Mixcoac donde cursará el resto de la primaria y la secundaria. El hijo del presidente que impulsó la educación socialista terminaba por acercarse a un colegio anglosajón de élite y tendencia más bien conservadora, pero en el que podrá crecer e instruirse con más naturalidad de acuerdo a su condición privilegiada.
La temprana infancia probablemente impidió que Cuauhtémoc Cárdenas niño tuviera plena conciencia del lugar prominente que ocupaba su padre al frente de la República; pero esta realidad debió de hacerse patente conforme los años pasaron. El peso no era menor, Cárdenas no tuvo tiempo para entender el significado de ser el hijo de un presidente, pero sí lo tuvo después para soportar algo más que el peso de un exmandatario sobre su apellido: ser el heredero único de un personaje considerado héroe nacional. Es imposible entender su primera inclinación vocacional sin tomar en cuenta esta realidad abrumadora. Hubo suficiente bronce, mármol y civismo en sus años de formación como para no quedar vacunado contra las inclinaciones políticas y militantes de aquellos a quienes les viene de cuna. Con el tiempo, el joven decide estudiar ingeniería, tal vez una respuesta natural a todos esos años bajo la sombra del caudillo paterno. Su inclinación inmediata será la técnica, no la política.
La militancia de los puentes
Al salir de la secundaria, y nuevamente por decisión del general, Cuauhtémoc se instala en Morelia para cursar el bachillerato en el Colegio de San Nicolás. Era necesario ese viaje a la semilla para reencontrarse con su geografía ancestral. A esas alturas de la juventud se reconocía en esencial como capitalino y debía por lo tanto recuperar la identidad y el amor por el terruño, ese mismo que tarde o temprano habrá de gobernar.
Nuevamente se resiste a las conversiones febriles y al activismo partidario. Se siente más cómodo en las matemáticas que en las ciencias sociales. No es un lector inquieto, no manifiesta alguna inclinación artística en particular, ni tiene tampoco el temperamento rebelde de otros bachilleres. A pesar de su constante exhibición pública como el hijo del hombre más querido de Michoacán, Cuauhtémoc se descubre tímido o, mejor dicho, intimidado por el peso natural de su origen. Tres años después, en 1951, con el papel en la mano que lo acredita al mismo tiempo como bachiller y como michoacano, regresa a la Ciudad de México para inscribirse en la Escuela de Ingenieros de la Universidad Nacional, en el antiguo Palacio de Minería.
Quizá la experiencia de viajar por todo el país acompañando a su padre en sus recorridos de trabajo —desde 1947 y hasta 1958 el general Cárdenas se desempeña como vocal ejecutivo de la Comisión del Tepalcatepec— y la preocupación constante por el desarrollo del país empujaron su inclinación profesional. La ingeniería no era entonces sólo una forma de evadirse de la política sino en todo caso la lectura personal y pragmática que hacía de ella. En el México alemanista de medio siglo, el país necesitaba menos discursos e ideologías que proyectos viables de desarrollo regional e infraestructura. De una u otra manera, su padre y el Estado seguían siendo el mentor y el proveedor, respectivamente, de su nueva circunstancia.
En ese tiempo asiste también a todas las ceremonias del ritual republicano. Esto constituye una fuente directa de formación política en la que conoce desde muy joven a ministros, gobernadores y presidentes. En los informes de gobierno, las salutaciones, las tomas de posesión, los desfiles cívicos, las recepciones diplomáticas y en toda clase de ceremonias solemnes, Cuauhtémoc acompaña a su padre y aprende los usos y estilos del gran teatro de la política en el reino omnímodo del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Aprende también a reconocer a los amigos y a los enemigos de su padre: el rey viejo que representa una corriente histórica desplazada en el banquete de la Revolución institucionalizada. En efecto, la influencia política real de su padre disminuye en proporción directa a la mitificación del estadista. Siempre a su lado, Cuauhtémoc observa la metamorfosis del padre de dirigente político a monumento en vida, de caudillo de carne y hueso a estatua de bronce. Más que poder político, lo que Lázaro Cárdenas puede heredar a su hijo en estas circunstancias es su patrimonio cívico y moral, la plusvalía del apellido. Pero falta todavía mucho tiempo para que el delfín usufructúe todo aquel patrimonio simbólico.
No sólo acompañará a su padre a los convites oficiales de la clase política entronizada. En el otro extremo serán igualmente decisivas las visitas a los presos políticos de Lecumberri al comienzo de la década de los sesenta. Si en las otras reuniones de cuello blanco el príncipe se entrena viendo a los políticos desenvolverse en su ámbito natural: el poder; en Lecumberri aprenderá las lecciones éticas del compromiso político: la resistencia. De esta manera encontramos el poder y la resistencia al poder encapsulados en una misma dosis, que resume con gran elocuencia el papel que más tarde desempeñará en la construcción de la democracia mexicana de finales del siglo XX.
Si la figura del padre y sus amigos priistas y empresarios representan al poder, ¿quiénes son su contraparte, es decir, la resistencia moral? Son los comunistas, los sindicalistas, los dirigentes populares, los líderes agraristas, los periodistas perseguidos, en resumen, las víctimas más visibles de un régimen crecientemente autoritario que se escuda en la pujanza del desarrollo económico, la guerra fría y la hegemonía aplastante del partido único, para justificar su intolerancia. Podemos imaginar en esos años al joven Cuauhtémoc Cárdenas visitando con su padre a Valentín Campa, a Filomeno Mata, a Demetrio Vallejo y David Alfaro Siqueiros. Podemos imaginar también la adversidad de su nueva circunstancia: el peso moral del general Cárdenas no es ya suficiente para liberar a los presos. El sistema lo tolera, pero no lo mima; lo lisonjea en público, pero lo margina y hasta lo combate en privado. Algo está claro: al lado de su padre Cuauhtémoc conoce las entrañas del aparato con todas sus miserias y sus bondades. Su formación política es una dualidad, una tensión permanente entre la fidelidad al régimen de la Revolución, por un lado, y sus convicciones a la izquierda del espectro político, por el otro. Para el general, y por ende para Cuauhtémoc, antes que la disidencia están las instituciones; y antes que la deslealtad, el silencio. A ese buzón mudo van a parar algunas de sus inquietudes: desde la represión a los ferrocarrileros en el 59, el asesinato de Rubén Jaramillo en el 62, hasta, años después, los sucesos trágicos del 68.
Lázaro Cárdenas, el cardenismo y el 68
La historia nacional, que se entrevera lo mismo en los libros de texto y en las aulas que en los discursos oficiales y los museos, es una tensión permanente entre lo que podríamos reconocer como la 'historia objetiva', que acude con mayor o menor fortuna a los instrumentos de la razón, para reconstruir y entender la presencia del pasado en el presente, y la ‘historia cívica’, es decir, aquella que entremezcla razones y pasiones para acomodar fobias y filias en moldes imaginarios que se fabrican con el propósito de construir un pasado ideal, un país imaginario habitado por héroes y villanos, mártires y traidores, enemigos externos y víctimas internas.
Historia vs. civismo, realismo vs. romanticismo. La primera, la historia, es una reconstrucción a prueba de beatificaciones de la memoria colectiva e individual, la historia es crítica por naturaleza, cambiante y sujeta a permanente revisión. El civismo, en cambio, además de inmutable es una prolongación laica de nuestra naturaleza religiosa, tiende a la consagración, a la mitificación y a la edificación de monumentos morales donde la historia suele quedar en segundo plano, para ceder su lugar a la teatralidad de un pasado habitado por dioses y demonios, útil acaso para transmitir valores políticos y culturales a los niños en edad escolar y a los ciudadanos, pero inservible a la hora de reconstruir nuestro entarimado histórico con todos sus contrastes, altibajos, sinsabores, ambigüedades y contradicciones. El civismo, congelado en el tiempo, es fácil y dulce las más de las veces, la historia en cambio es compleja y casi podríamos decir que necesariamente amarga. No en el hielo de los almanaques cívicos, sino en el fuego de la revisión documental que le consume las entrañas al pasado en forma por demás irremediable, encontraremos algo cercano a lo que podríamos llamar no ‘verdad’: más bien precisión histórica.
Algo así ha ocurrido con la memoria del movimiento estudiantil de 1968, más cerca de la vitrina de un museo imaginario que de los archivos de la memoria documental. Más cerca, pues, del civismo que de la historia. Mucho se rememora, se festina o se lamenta, pero poco se recuerda en el sentido histórico del verbo, es decir, como una forma de reconstruir. Mientras que en los últimos años historiadores y científicos sociales trabajan arduamente en el rescate documental e historiográfico del 68, los constructores del calendario cívico se apuran a sepultar el acontecimiento en el altar de la patria, privándolo de otro contenido que no sea el de su condición de efeméride.
En el caso del documento que a continuación se transcribe, podemos revisar de manera puntual la posición del general Lázaro Cárdenas en los días posteriores a la matanza de Tlatelolco. Hasta ahora, las menciones al general Cárdenas en el caso del 68 refieren de manera vaga su postura crítica ante las medidas adoptadas por el gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz y, en general, su estado anímico que —a decir de los testimonios de testigos— era de preocupación y desaliento tras los sucesos sangrientos del 2 de octubre, tal y como él mismo lo refiere en sus Memorias publicadas en cuatro volúmenes por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Sin embargo, una carta que el general Cárdenas envió al periódico gubernamental, El Nacional, firmada el 5 de octubre de aquel año y publicada en la primera plana de este diario al día siguiente, invita a la revisión, en vista de que dicha misiva es en extremo ambigua, veladamente justificatoria y, sólo en un sentido muy general, invita a la reconciliación.
La cabeza de aquella nota, colocada en la parte superior izquierda de la primera plana, menciona: “El general Cárdenas opina sobre los últimos sucesos”. También: “Elementos Antinacionales y Extranjeros Aprovechan Conflictos Internos que Sólo a los Mexicanos Compete Solucionar, Afirma”. En el cuerpo del texto se ofrece la carta enviada al director del periódico. Los subrayados son míos:
Profundamente preocupado como todos los que nos hemos enterado de los recientes actos sangrientos acaecidos en la ciudad de México, deseo referirme a los graves peligros que a mi juicio gravitan sobre el país de persistir la violencia.
Sin entrar en consideraciones sobre el problema bien conocido que al Estado y a los estudiantes corresponde dilucidar, es mi convicción que todos los componentes de la colectividad nacional debemos percatarnos, además de los lamentables enfrentamientos entre hermanos, elementos antinacionales y extranjeros que responden a intereses ajenos bien caracterizados por sus métodos de infiltración y de descomposición, en momentos que consideran propicios emplean las armas y el terror con vista a la desintegración nacional aprovechando conflictos internos que sólo a los mexicanos corresponde solucionar.
La acción insidiosa y subrepticia de estos elementos, estimula con sus incalificables provocaciones la apertura de una brecha, que desearían insalvable, entre mexicanos. La única defensa eficaz contra esas acechanzas y los actos sangrientos reside en redoblar el esfuerzo por entenderse bajo una mutua disposición de llegar a un arreglo satisfactorio dentro de un espíritu razonable.
[...] La rápida terminación del conflicto detendría y anularía a las fuerzas espurias que querrían ver a los mexicanos distanciados, dispersos, debilitadas sus instituciones y fáciles presas de ambiciones extranacionales.
Es difícil, después de la sangre que ha corrido por nuestras calles y de las pérdidas sufridas en muchos hogares, invocar a la serenidad: pero se hace imprescindible apelar a la meditación y al sentido de responsabilidad en defensa de la integridad nacional, sobre todo cuando cada día es más claro que fuerzas enemigas de las instituciones y del país intentan desvirtuar y alterar problemas como el que se confronta actualmente, tratando de evitar su solución y hacer así más fácil su intromisión en nuestros asuntos internos y externos.
Los caminos del entendimiento no están cerrados. Por lo tanto, la solución del conflicto es posible y me atrevería a decir que urgente. Sin que los jóvenes prescindan de sus derechos, corresponde a todos los mexicanos, por elemental patriotismo, excluir los métodos violentos, y prestarse todos a disponer su ánimo a la cordura en la justicia y la libertad.
México, D.F. 5 de octubre de 1968.‑Lázaro Cárdenas‑Rúbrica.
Como se puede ver, no hay en el texto condena alguna a la matanza, tampoco se percibe ninguna frase que responsabilice al gobierno por los hechos, o que critique o cuestione de manera abierta el uso de las fuerzas policiacas y militares. Hay en cambio, tres menciones a la versión oficial de lo ocurrido, es decir, aquella que refiere a un complot orquestado por oscuras fuerzas extranjeras interesadas en dañar las instituciones mexicanas y responsables principales del estallido violento. De manera por demás ambigua llama a la “reconciliación”, pero no podemos considerar que se trata de una carta en defensa de los estudiantes o de las libertades individuales de los ciudadanos, como lo establece la Constitución. Siempre con un gran apego al sentido de la institucionalidad que caracterizó al general Cárdenas, la crítica termina por desdibujarse y por convertir la carta en un documento tristemente justificatorio.
He querido detenerme en este documento porque me parece que describe un conflicto crucial no sólo del general Cárdenas y su interpretación de la realidad nacional, sino también del cardenismo como movimiento político y de Cuauhtémoc Cárdenas como su heredero e impulsor principal. Este conflicto opone, por un lado, el temperamento institucional que fundamenta las bases mismas del programa y la actuación política del cardenismo; y, por el otro, los nutrientes socialistas y populares de su discurso que de manera natural derivan en posturas antisistémicas, opositoras y potencialmente rupturistas.
Por temperamento institucional me refiero al devoto apego del general Cárdenas a la idea del Estado Nacional como fin supremo de la acción pública, que concibe la tarea política como un instrumento de redención vinculada a los fenómenos de masas. El político, como un ejecutor y operador del ideal de un Estado paternalista y centralizado, está obligado por lo tanto a acatar las condiciones sobre las que se desempeña con una disciplina rayana en lo militar. Cárdenas, el general que a fin de cuentas justificó la acción del gobierno que aniquiló un movimiento con el que simpatizaba al menos en sus aspectos fundamentales, encarna en su propia figura esta contradicción que más tarde transmitirá como herencia tanto a su hijo como a la corriente política que inspiró su apellido: disciplina y disidencia, la crítica del poder y el ejercicio del deber. La manera de administrar y sobrellevar estas nociones extremas resume con precisión la cartografía política de Cuauhtémoc Cárdenas, como un plano cartesiano en el que cada una de sus acciones públicas marca un punto en el eje de las abscisas y las ordenadas de esta singular visión del compromiso político que a fin de cuentas resultó exitoso en el horizonte de la política mexicana de la segunda mitad del siglo XX.
El poder y el deber
Precisamente de aquel tiempo en el que el temperamento político del joven Cuauhtémoc se forja al calor de lo que su padre representa hay otro dato significativo. En estos años de aprendizaje la tarea que mejor ensaya Cuauhtémoc es la de la observación. No milita, no pregona, no confabula ni tampoco escribe. Ese ejercicio cotidiano de la reflexión escrita estaba reservado para el padre y sus Apuntes que se publicarán hasta después de muerto. El general acostumbraba romper muchos de sus manuscritos. Cuando Amalia, su mujer, le preguntó por qué lo hacía, le respondió: “es que no le quiero dejar estas preocupaciones a Cuauhtémoc”. Presentía entonces Lázaro Cárdenas que su hijo habría de continuar la empresa que consideraba redentora, pero al mismo tiempo deseaba para él un camino más terso, liberado de las presiones, disyuntivas y dilemas internos que le inquietaron por muchos años: la ruptura con un sistema que en su entender había traicionado los principios de la Revolución Mexicana, o la tarea de reformarlo desde adentro, de recuperar la legitimidad extraviada del Estado. No tuvo tiempo para decidirse, la muerte lo sorprendió relativamente temprano. A su hijo, en cambio, le llegó el tiempo de tomar una decisión al respecto.
En los años del milagro mexicano Cuauhtémoc Cárdenas se forma como ingeniero civil al amparo de la Universidad Nacional que vivía también años de bonanza. En 1954, para el cuarto año de su licenciatura, tiene la oportunidad de mudarse a la Ciudad Universitaria recién inaugurada, pero declina junto con algunos de sus compañeros a esta posibilidad. Cuauhtémoc se recuerda en ese tiempo como un alumno “estudioso pero no matado”. No fuma, no se aprovecha de su estatus, ni practica a pierna suelta el donjuanismo de los juniors más cotizados de la época. Es, para decirlo de algún modo, un joven discreto, educado en la mística del poder, pero también en la ética del deber. Recibe cátedra de dos símbolos universitarios: el futuro rector Javier Barros Sierra y un severo profesor e inventor mexicano que habrá de aparecer en distintas ocasiones de su vida jugando un papel de gran importancia: Heberto Castillo.
Sólo entonces la trama de su vida empieza por primera vez a tomar una dirección propia. 1954 es también el año del golpe de Estado en Guatemala que derrocó al presidente nacionalista Jacobo Árbenz. Este hecho marcará la primera participación política del joven Cárdenas. Lo hará, además, en una forma sintomática al peso natural de su apellido: con tan sólo 20 años, un grupo notable de estudiantes, entre ellos Vicente Leñero, Sergio Pitol, Leonel Durán y Rodolfo Stavenhagen, lo nombran presidente del Comité Universitario de Solidaridad con Guatemala. No será la primera vez que reciba esta clase de nombramientos honoríficos. Cuauhtémoc Cárdenas ha sido a lo largo de su vida presidente de diversos organismos, fideicomisos, patronatos y asociaciones, menos del país.
A principios de 1957, a los 23 años, Cárdenas se titula como ingeniero y se convierte en pieza clave en el nacimiento de una pequeña empresa de construcción conformada por jóvenes recién egresados. Como es de suponerse, él es quien mejor puede abrir brecha para la obtención de contratos. Sin embargo, al poco tiempo renuncia al grupo y a finales del año viaja al extranjero. La ruta tradicional en el entrenamiento de un futuro estadista indicaría estudiar un posgrado en alguna universidad europea, pero contrario a ello Cuauhtémoc prefiere una gira de capacitación técnica en la cual visita diversas obras de los Ministerios de Reconstrucción en Francia y en Italia, así como las plantas siderúrgicas de Alemania. Son dos años y medio de formación intensa, pero no en las aulas, ni en las bibliotecas, sino entre puentes, presas, restiradores y megaproyectos de inversión pública en la Europa pujante de la posguerra.
Nuevamente es la figura del Estado, ese gran constructor, lo que llama más la atención del joven ingeniero que al mismo tiempo recibe un apoyo económico de la Presidencia de la República, otorgado por instrucciones de Adolfo Ruiz Cortines. Se confirma entonces su proyecto vocacional: la ingeniería al servicio del Estado, la técnica como herramienta para el desarrollo y en todo caso la política como antesala ineludible para la consecución de lo primero.
Hacia el final de su estancia en Europa convence al general Cárdenas de que lo alcance para emprender juntos una gira internacional menos turística que diplomática. Si bien no tuvo el trato de discípulo con los grandes profesores universitarios del momento, pudo conocer en cambio a las figuras estelares de la órbita comunista. Los países elegidos para aquella visita no dejan lugar a dudas: Polonia, Checoslovaquia, la Unión Soviética y China, en todos ellos Lázaro Cárdenas es recibido en calidad de héroe del proletariado internacional. Inauguran escuelas que llevan su nombre, recibe condecoraciones, le preparan veladas en su honor y se entrevista con los principales mandarines de las burocracias en el poder. De todos aquellos encuentros, Cuauhtémoc Cárdenas recordará especialmente el día que acompañó a su padre para conversar con Mao Tse-Tung. Lo encontró, como recordaría años más tarde, apacible, austero y circunspecto, ¿acaso se sintió identificado con aquel estilo?
En sus Apuntes del 16 de enero de 1959 el general Cárdenas recuerda el episodio del viaje a China:
A las 9:30 horas nos encontramos en el puerto aéreo para salir hacia Moscú, en el viaje que hacemos con destino a Pekín, China. Venimos con Cuauhtémoc, el licenciado Alejandro Carrillo (Marcor) y el ingeniero César Buenrostro. Amalia estuvo serena ante la despedida del hijo que constituye gran parte de su vida. Ella prefirió que hiciera conmigo el viaje por Asia y no que la acompañara a ella en su regreso por el Atlántico. Cuauhtémoc tenía también interés en este viaje, que despertaba nuestro interés por lo que se hablaba de China. Habíamos venido a Europa para encontrarlo para regresar juntos a México y el hecho de volver por diferentes rutas y el tiempo tan inseguro para hacer los vuelos normalmente. Sin embargo, superó en ella la idea de que debíamos cumplir con el compromiso moral de visitar China, y se quedó inmutable al separarnos.
En 1959, el joven ingeniero recién capacitado estaba de vuelta en el país y se puso a disposición del gobierno en el arranque del sexenio de Adolfo López Mateos. Tanto él como su padre se incorporan a uno de los proyectos de desarrollo regional más ambiciosos que se habían planteado hasta entonces: la Comisión del Río Balsas, elevada poco después a rango de dependencia federal. Su padre aceptó la vocalía ejecutiva del proyecto y Cuauhtémoc se puso al frente de un grupo interdisciplinario de estudios para el desarrollo de la región que abarcaba un perímetro enorme: parte de Jalisco, Michoacán, Tlaxcala, Guerrero, Oaxaca, Puebla y el Estado de México.
En este grupo aparecen nombres a los que seguirá ligado por mucho tiempo más: César Buenrostro, Roberto Robles Garnica, Alfonso Vaca, Leonel Durán. Con ellos recorre metro a metro esta zona del país, proyectan la construcción de escuelas, clínicas, carreteras, caminos y puentes para aprovechar el cauce del río. No es casual que, 30 años después de aquella inmersión en el México profundo, Cuauhtémoc haya cosechado una gran cantidad de votos justamente en esa región.
La obra de Cuauhtémoc Cárdenas como ingeniero al servicio de proyectos de desarrollo regional abarca un periodo fructífero de 16 años. Es una etapa técnica, en la que sólo por breves periodos incursiona en actividades políticas no partidistas, salvo por una participación fugaz en la Central Campesina del PRI. Entre 1959 y hasta 1975, se dedica principalmente a su profesión. Continúa en la Comisión del Balsas hasta 1961, y se reincorpora un año después. En ese tiempo preside la Sociedad Mexicana de Planificación, un grupo de profesionistas interesados en el desarrollo ordenado del país en donde participan, entre otros, el arquitecto Pedro Ramírez Vásquez, Guillermo Rosell y el futuro presidente José López Portillo.
En 1964 lo nombran ingeniero residente para la construcción de la presa La Villita en Michoacán. Una vez concluido el proyecto en 1969, se debía poner en marcha una siderúrgica que aprovechara la energía eléctrica generada por la presa. Ese proyecto se concreta en Las Truchas, una empresa estatal en la que su padre figura como presidente del Consejo de Administración. Cuauhtémoc trabaja para la empresa como subdirector y posteriormente como presidente de un fideicomiso para el desarrollo urbano de lo que será ciudad Lázaro Cárdenas. Ese proyecto se prolonga hasta 1974 y, con él, termina su incursión en la ingeniería.
Antes, en 1966, tuvo un primer acercamiento orgánico al PRI cuando participa como presidente del Consejo Técnico de la Confederación Nacional Campesina (CNC). En julio de 1968 renuncia, molesto, al cargo por medio de un comunicado en la prensa en lo que constituye el primer antecedente público de una relación ríspida y compleja con su partido. Otro acercamiento decisivo con el poder y la política ocurre en 1970, cuando realiza un estudio sobre el desarrollo de los ríos en el sureste del país para la campaña presidencial de Luis Echeverría. Cuauhtémoc Cárdenas tenía entonces 37 años.
1970 es un año axial y trágico en su vida. Por una parte, significa la llegada al poder de un grupo que promete rescatar de sus ruinas y su marginación a la vieja izquierda nacionalista del PRI. El discurso tercermundista y estatólatra de Echeverría parecía ajustarse con precisión a los postulados de los grupos progresistas pertenecientes o cercanos al partido en el poder. No serán los cardenistas los únicos en prestar oídos al canto de la sirena de guayabera. Echeverría seduce por igual a muchos intelectuales que encuentran en el nuevo presidente una salida oportuna al autoritarismo atroz de Díaz Ordaz. Sin el clima político de apertura que se construyó en aquellos años, difícilmente Cárdenas hubiera pasado por alto aquel incidente de 1968 con los caciques de la CNC, ni se hubieran creado las condiciones para incursionar más adelante en el PRI sin riesgo de ser devorado por los grupos más conservadores del régimen.
Pero 1970 es también el momento fatal de la muerte de su padre. A principios de año el general supo que tenía cáncer y que le quedaba poco tiempo de vida. Ocultó un tiempo la noticia, pero una pulmonía que lo sorprendió en mayo durante una gira por la sierra agreste de Oaxaca precipitó el anuncio de su enfermedad. Él mismo pensó que había llegado su hora, tumbado en un jacal del pueblo mixteco de Juxtlahuaca. Hasta ahí llegaron en avionetas su esposa, varios médicos y su hija Alicia, según lo menciona él mismo en sus Apuntes. Finalmente se repuso y vivió por espacio de cinco meses más. Hasta que el 19 de octubre, a los 75 años de edad, el país amaneció con la noticia de su muerte.
El Movimiento de Liberación Nacional
En la historia de las izquierdas en México —el plural comprende la enorme heterogeneidad de sus corrientes— hay un acontecimiento cardinal que aún no se ha valorado con toda su importancia: la creación en agosto de 1961 del Movimiento de Liberación Nacional (MLN). Es un momento clave en la construcción de la izquierda mexicana del siglo XX, y también lo es en la formación iniciática de quien a la postre habría de ser uno de sus dirigentes más destacados: Cuauhtémoc Cárdenas.
El grupo de intelectuales, académicos, periodistas, dirigentes populares, sindicalistas y funcionarios del ala liberal del Estado a los que logró convocar la figura tutelar del expresidente Cárdenas significaba el encuentro más amplio hasta entonces logrado de las diversas expresiones de la izquierda mexicana, con excepción acaso de los comunistas y los lombardistas, que se mantuvieron atentos aunque sin renunciar a su ancestral sectarismo.
El antecedente inmediato del MLN fue la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, celebrada en la Ciudad de México en marzo de aquel año. La división del mundo en dos grandes bloques enfrentados en los años más intensos de la Guerra Fría, el peligro de una guerra nuclear, la emergencia de los movimientos de autodeterminación en la periferia del mundo capitalista y, sobre todo, el triunfo de la Revolución Cubana, que vino a renovar la propia vocación antiimperialista de la izquierda latinoamericana, componían un cuadro particularmente favorable al reagrupamiento de las llamadas fuerzas progresistas que buscaban por primera vez comprender su entorno más allá del canon marxista ortodoxo de la vieja izquierda molecular.
Lázaro Cárdenas era quien mejor resumía este nuevo ímpetu, y se le consideraba por lo tanto un verdadero emblema internacional de lo que podríamos llamar la izquierda autodeterminacionista, no soviética, de la posguerra. Tuvo capacidad de convocatoria a nivel latinoamericano y la tuvo también a nivel nacional. A esta iniciativa se fueron acercando grupos y corrientes que representaban la renovación de la izquierda en México, el punto de encuentro más cercano entre la izquierda leninista, el antiimperialismo universitario, la disidencia ilustrada y el nacionalismo revolucionario. Entre otros: Heberto Castillo, Rafael Galván, Víctor Flores Olea, Carlos Fuentes, Enrique González Pedrero, Manuel Marcúe Pardiñas, Narciso Bassols, Ignacio García Téllez, Natalio Vázquez Pallares, Filomeno Mata, Francisco López Cámara, Pablo González Casanova, Jorge Tamayo y Vicente Fuentes Díaz, así como un grupo de economistas de severa educación marxista que habría de dominar en la primera etapa del movimiento: Fernando Carmona, Jorge Carrión y Alonso Aguilar Monteverde.
Para Cuauhtémoc Cárdenas, el MLN significó un periodo corto pero intenso que medió entre el regreso de Europa en 1959 y su incorporación definitiva al trabajo profesional como ingeniero en 1963, año que también coincide con el de su boda con Celeste Battel, a cuyos detalles, por otra parte, no es posible acceder. No sólo por el interés expreso en las remembranzas de Cárdenas por separar de manera tajante su actuación pública de la esfera privada, sino también porque probablemente no significó una convulsión especial en su vida. Sus pasiones estaban en otra parte y en ese sentido el matrimonio era un punto más de la agenda de la vida, no una estación trepidante y febril que mereciera una evocación más significativa en los años posteriores, en donde siempre ha procurado mantener con celo esta separación elemental.
Antes del surgimiento del MLN, Cárdenas ya estaba familiarizado con esta nueva élite opositora que representaba el anverso de la moneda del mundo institucional con el que tuvo contacto desde la infancia. Acompañó a su padre a la primera conmemoración oficial del asalto al Cuartel Moncada en julio del 59 —hay una foto memorable en la que podemos ver a Fidel Castro en pleno discurso ante miles de cubanos escoltado por los dos Cárdenas—; asimismo colaboró de cerca en la organización de la Conferencia Latinoamericana del 61; y finalmente logró un puesto directivo en el MLN al que habrá de servir a todo lo largo de 1962. Junto con Alonso Aguilar viajó a Nueva Delhi, a la reunión que sería el antecedente del Movimiento de Países No Alineados, pero sobre todo recorrieron México para encontrarse con la otra izquierda, la de los movimientos populares y los liderazgos regionales, como el de los campesinos de La Laguna o el de Ramón Danzos Palomino en Sonora. Este otro sector de la izquierda social muchos años después será determinante en sus campañas presidenciales.
En la proclama fundacional del MLN se pugna por la vigencia de la Constitución de 1917, la libertad de los presos políticos, la reforma agraria integral, la democracia sindical, el dominio público de los recursos nacionales, el reparto de la riqueza, la solidaridad con Cuba, la paz y contra el imperialismo norteamericano. Pero dejan pasar de largo lo que después será la bandera central de todo movimiento opositor al régimen: la democracia política, el fin del cesarismo presidencialista y el monismo priista en la república sexenal. Tal era la frontera opositora del MLN porque era también la de su guía moral: el general Cárdenas. Era, en ese sentido, un movimiento lisiado en su programa de lucha y condenado a desaparecer, no tanto por esta insuficiencia programática, sino porque finalmente se contaminó del mal que ha enfermado por décadas a nuestra izquierda: una combinación letal de protagonismos desbordados y divisionismo febril.
Heberto Castillo, su viejo maestro de la universidad, que expresamente le pidió conocer a su padre en aquellos años, llegó a tener una relación muy estrecha con el general y con el tiempo aprovechó esta cercanía para intentar desplazar al grupo de Alonso Aguilar en la dirección del Movimiento. Al final lo consiguió, pero no le sirvió de mucho, al mismo tiempo los sectores más entusiastas del MLN pugnaban por abrirse a la competencia electoral en oposición al PRI. Los cardenistas no cedieron a la presión ‘electorera’ y ése fue el principio de la debacle y la desaparición del que sería el primer esfuerzo significativo de unidad de la izquierda mexicana, antecedente directo y visible de la unificación partidista de la izquierda en 1981 y 1987, así como de la formación del Frente Democrático Nacional de 1988. Por lo tanto representa un periodo crucial en la formación de Cuauhtémoc Cárdenas y de la corriente política que representa.
Las novatadas de la política
En sus evocaciones autobiográficas Cárdenas refiere con cierto orgullo que no se salvó de las novatadas cuando ingresó al bachillerato en el Colegio michoacano de San Nicolás, y cuando se inscribió en la Escuela de Ingeniería de la UNAM. Su descripción incluye rapado obligatorio, toques eléctricos, baños de chapopote y la expedición de un certificado de ‘perro’ que le garantizaba inmunidad. Al referirse con insistencia a estos hechos, Cárdenas se muestra seducido por la idea de haber sido tratado, al menos por una vez en la vida, como todos los demás, sin diferencias ni privilegios. En aquellos rituales de la barbarie estudiantil le dieron trato de iguales y ese hecho lo marcó de tal forma que sigue formando parte de su memoria afectiva tal y como lo refiere en su conversación con Paco Ignacio Taibo II, así como en la que sostuvo con el periodista James Fortson, ambas publicadas como libros. No serían éstas, sin embargo, las únicas veces que debió sufrir los rigores de la novatez. En 1973, tres años después de la muerte de su padre y cuando decide por fin lanzarse a la brega política, recibe un desplante de Echeverría y siente acaso por primera vez el peso temible de la orfandad.
Desde muy joven Cárdenas comprendió que no podría profesionalizarse en la política a la sombra de un padre como el suyo que todo lo abarcaba con su figura. Pero lo cierto es que más tarde fue víctima de una terrible paradoja: la ausencia de su padre lo desprotegía y lo dejaba al amparo de esa otra encarnación omnisciente de la paternidad nacional que era el presidente de la República. De esta manera, pasó de cargar el peso mitológico de su padre, a sufrir el peso ontológico del presidencialismo mexicano.
De acuerdo con esta historia, Cuauhtémoc Cárdenas colaboró con Echeverría en proyectos de consultoría técnica durante la campaña presidencial de 1970. Ya antes lo había encontrado en diversas ceremonias oficiales y convites de la familia revolucionaria a la que ambos pertenecían. Una vez terminada la campaña, la relación entre ambos se limitó a las giras de trabajo del ahora presidente por la entidad, en las cuales se solía incluir una visita a la Siderúrgica Las Truchas y al proyecto urbano de ciudad Lázaro Cárdenas en el que trabajaba Cuauhtémoc.
A lo largo de 1973 Cárdenas viajó con frecuencia a la Ciudad de México para solicitar una entrevista con el presidente, pero no la consiguió. Le dieron largas y evasivas, y al final comprendió que no habría respuesta positiva a su intención de competir por la candidatura del PRI al gobierno de Michoacán. Sus sospechas se confirmaron en 1974 tras el destape del secretario de Industria y Comercio, Carlos Torres Manzo, compadre del presidente y beneficiario directo de sus atribuciones. Cárdenas recuerda haber hecho público un manifiesto en el que se quejó por la forma de seleccionar al candidato, que constituía una crítica velada a Echeverría. El antecedente de su renuncia al Consejo Consultivo de la CNC, y esta nueva protesta, aunque tímida, anticipan la que será una relación compleja y delicada con el partido en el que sólo hasta entonces se reconoce como su militante en activo.
Con Echeverría, le recuerda Cárdenas a James Fortson, “tuve oportunidades que yo agradezco y reconozco como técnico. [Pero] [c]uando busqué una participación política no encontré las puertas abiertas”. Asumía Cárdenas sin ningún miramiento que su ingreso a la política debía contar con el aval presidencial. Si no Echeverría, José López Portillo habría de ofrecerle la plataforma necesaria para su lanzamiento a la política nacional bajo el canon tradicional de la participación priista.
La abyección y la proyección
Una vez concluida su etapa técnica como ingeniero al servicio de proyectos regionales, Cárdenas estaba decidido a participar en política para hacer efectiva la herencia simbólica de su padre. Fracasó con Echeverría, y debió entonces realizar el recorrido completo de la lisonja adulatoria, el besamanos y la espera paciente en la antesala del poder presidencial con López Portillo. Se conocieron a principios de los sesenta, cuando ambos coincidieron en la Sociedad Mexicana de Planificación. La relación, sin embargo, se diluyó porque uno se dedicó a la ingeniería y el otro a la política desde una trinchera de creciente protagonismo: las finanzas públicas. Se volvieron a encontrar en 1972, con motivo de la renuncia de Cárdenas a la Siderúrgica Las Truchas que debió presentar al entonces secretario de Hacienda López Portillo. Y no fue sino hasta 1976, tras el destape, que Cárdenas se enfila en la ruta de la abyección de quien aspira el reconocimiento del nuevo jefe.
Como el resto de la clase política, acude al domicilio del nuevo ungido para felicitarlo por su postulación presidencial y de paso recordarle su intención de colaborar en su futuro gobierno. López Portillo le ofrece un lugar como senador, pero Cárdenas se resiste. Lo suyo es la administración y la ejecución de proyectos, antes que la discusión parlamentaria en un recinto semimuerto que por entonces albergaba figuras políticas de museo, exiliados del sistema y veteranos en proceso de retirada. Pero por ahora López Portillo no tiene otra cosa para él y le insiste que acepte la postulación al Senado. Cárdenas, que sabe la importancia de la sumisión para buscar nuevo acomodo en el régimen, finalmente acepta. “Yo le digo que, si él cree que así le puedo servir, que sí: que participo como candidato a senador”, le comenta a James Fortson.
Sabía desde entonces que el Senado sería apenas la primera estación en la ruta de su regreso a la arena política nacional, por eso, de manera un tanto inusual realiza, más que la campaña sedentaria y simbólica de un candidato a senador, una verdadera empresa de proselitismo a lo largo y ancho de los 113 municipios de la entidad, como si ello fuera un anticipo de lo que más tarde hará como candidato a gobernador.
El primero de septiembre de 1976, en su calidad de senador de la República por el estado de Michoacán, le toca escuchar el último informe presidencial de Luis Echeverría en el que se anunció la devaluación del peso, cuyas consecuencias para la economía del país serán después decisivas en la propia trayectoria del Senador michoacano. A los 42 años de edad, Cárdenas había superado los seis años de orfandad y se encontraba ahora en la ruta de su propio ascenso político, como heredero universal de una corriente histórica con 40 años de antigüedad.
Con todo, las tareas legislativas no eran lo suyo y, a la primera oportunidad, se lo recuerda al presidente electo. Entonces López Portillo, que lo tiene en una buena estima, le ofrece dos opciones según recuerda el propio Cárdenas: “¿Quiere usted venir —le dijo— a alguna posibilidad en el Ejecutivo, o en la administración, o prefiere quedarse flotando y esperar (la gubernatura de) Michoacán?”. Cárdenas no le ofrece una respuesta inmediata, pero deja transcurrir los primeros tres meses de su senaduría sin subir una sola vez a la tribuna. Lo suyo estaba en otra parte. El 30 de noviembre, en la víspera de la toma de posesión del nuevo presidente, el secretario particular de López Portillo le informa que ha sido considerado para ocupar la subsecretaría de Desarrollo Forestal, bajo las órdenes del secretario de Agricultura, Francisco Merino Rábago.
Hay que reconocer que López Portillo había entendido con precisión la personalidad y el perfil que representaba el hijo del general: un puesto técnico en la antesala del gabinete, alejado de los asuntos políticos para no despertar la suspicacia entre los grupos conservadores del partido, y ligado a cuestiones operativas y regionales en las que el nuevo subsecretario tenía más de dos décadas de experiencia.
Cárdenas pasa los próximos cuatro años en esta apetecible ambigüedad: trabajando en lo suyo como técnico del Estado, pero al mismo tiempo abonando el terreno para cuando llegue la oportunidad de Michoacán. Ésta llegó en 1980, al término del gobierno de Torres Manzo y por invitación abierta, decisiva y vertical de López Portillo.
Cada uno de sus pasos previos al destape los da con la autorización expresa del señor presidente. “Le consulté (a López Portillo) si no había inconveniente en que yo pudiera ir a Michoacán. '¿Puedo ir a Michoacán?'. 'Vaya si quiere'. Entonces fui a Michoacán e hice una campaña muy discreta”, rememora Cárdenas en su conversación biográfica con Taibo II. A él mismo le confiesa que obtuvo el beneficio del ‘dedazo’ y sólo adjunta a su favor dos atemperantes: por un lado, tales eran las reglas del sistema y había que ajustarse a ellas; y por el otro, había una corriente masiva de apoyo a su candidatura en Michoacán, lo cual le parece una fuente directa de legitimación.
Cuando James Fortson le pregunta sin ambages: “¿podríamos decir que usted propició el 'dedazo'?”. Cárdenas responde con el mismo talante: “Bueno, yo lo busqué. Yo sí lo busqué. Yo busqué participar, entendiendo desde luego que tendría yo que atenerme a las reglas del juego. Si me hubieran dicho que no, era no”. Esta aparente aceptación tácita y dócil de las reglas del juego no se repetirá siete años después cuando busca la candidatura del PRI a la presidencia de la República.
Por otra parte, el tipo de legitimidad a la que alude para defender su postulación resulta a fin de cuentas la misma que buscó Carlos Salinas de Gortari tras su arribo accidentado a la presidencia en 1988. A falta de la legitimidad de origen —el ‘dedazo’ en el caso de Cárdenas y el ‘fraude’ en el de Salinas—: la legitimidad de la acción, es decir, la que se consigue con popularidad o con buen desempeño que se reproduce en la simpatía de los electores, y que le sirve lo mismo al político destapado —Cárdenas— que al presidente cuestionado —Salinas— para contrarrestar la debilidad de las prácticas democráticas de origen.
Sin oponentes a su alrededor, su gira por Michoacán es más parecida a un desfile triunfal que a una campaña electoral. Obtiene la victoria en las urnas con más del 75% de la votación. 52 años después de que lo hiciera su padre, Cárdenas toma protesta como gobernador de Michoacán en el inicio de la aciaga década de los ochenta.
La paternidad en el edén
Gobernó el periodo completo de seis años sin brillo, aunque sin descalabros. Con austeridad y con cierta independencia con respecto a la Federación. No hubo a lo largo del sexenio alguna obra mayor de inversión pública, en buena parte por la limitación presupuestaria que produjo la crisis del 82 y la constante devaluación del peso. De su periodo sólo se recordará la creación del Museo de Historia de Michoacán y otras obras aun menores. Como sea, Cárdenas estableció un estilo personal de gobernar que no tenía el arrastre de su padre, pero que de cualquier forma le granjeó el liderazgo en la entidad, como se confirmará en 1988 cuando el 76% de los michoacanos le dé su voto como candidato opositor a la presidencia.
Viajó con frecuencia a los pueblos y rancherías de la entidad, en donde por lo regular era recibido con el júbilo correspondiente a la dimensión de su apellido. El recorrido extenuante era un asunto de principios y de continuidad, su padre y él mismo se formaron políticamente en las incursiones incesantes al México profundo en donde encontraban, además, la fuente principal de su respaldo político. Lázaro Cárdenas fue el primer candidato de la posrevolución que recorrió el país entero en busca de votos. Este ejercicio se estableció como una práctica habitual a lo largo de su vida y pasó directo a su hijo que hizo lo propio en Michoacán, primero, y después en sus giras como candidato presidencial.
Tal vez el único momento que llamó la atención a nivel nacional ocurrió casi a finales de su periodo, cuando en 1985 defendió públicamente la soberanía del Estado al que se pretendía involucrar en el escándalo del agente asesinado de la DEA, Enrique Camarena Salazar. Dentro de los cánones del viejo sistema, no era usual que un gobernador tomara esta distancia con respecto del gobierno central.
Por otra parte, no renunció a la tentación paternalista que caracterizó al general: impuso la ley seca en el estado entre el sábado y el lunes de cada fin de semana, prohibió las peleas de gallos, mantuvo controles severos sobre la prostitución y persiguió el lenocinio. De la prohibición de los casinos durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, a la imposición de la ley seca en el Michoacán de los ochenta, hay una línea de continuidad paternalista que atraviesa en el centro de la idea del Estado cardenista como el gran proveedor y el gran mentor de la sociedad. El pater familias que controla los hábitos de sus hijos en nombre de su bienestar. Sobre la ley seca le comentó a Paco Ignacio Taibo II: “la intención era buscar cierta defensa del ingreso familiar y evitar delitos y violencia derivada del consumo en exceso del alcohol”. Se equivocaba, en el largo plazo los índices de alcoholismo en la entidad no disminuyeron a pesar de la prohibición.
Durante su sexenio tres diputados locales fueron desaforados por corrupción y enviados a prisión. La democracia apareció tímidamente en tres municipios ganados por el PAN —Zacapu, Uruapan y Zamora—; se organizaron campañas de alfabetización con el apoyo de organismos no gubernamentales; y se dispusieron generosos recursos para el apoyo de movimientos sociales del país, como los grupos de solidaridad con los movimientos revolucionarios internacionales, o las organizaciones en favor de la paz y los derechos humanos. Era un secreto a voces entre la izquierda moderada de aquellos años que en el gobierno de Michoacán se contaba con un aliado potencial.
La administración de Cuauhtémoc Cárdenas y su equipo fue lo suficientemente limpia como para resistir la fiscalización severa a la que se verá sometida tras la ruptura con el régimen en 1987. Se buscaron irregularidades a toda costa, incluso se castigó a algún funcionario menor, pero lo cierto es que no sería en el expediente negro de la corrupción en donde podrían sorprenderlo en falta.
El PRI, la contraloría estatal y federal, la prensa anticardenista, los funcionarios sucesores, el aparato entero del régimen resentido con el desertor hubieran deseado encontrar una falta mayor en el gobierno de Cárdenas. No lo lograron. Todavía en 1997, en el golpeteo de la campaña por el gobierno de la Ciudad de México, se le quiso sorprender en un comportamiento ilícito por la compra de terrenos a precios por debajo del mercado en la costa michoacana, en Playa Eréndira, donde la familia adquirió un gran predio a nombre de doña Amalia Solórzano. No es, por mucho que se intentó sobredimensionar el asunto, una falta mayor, como tampoco lo eran las inconsistencias en su declaración patrimonial del 97 que, pese a todo, no era la de una familia enriquecida con pasión faraónica a instancias del erario. La suya era una fortuna relativamente modesta, construida en medio siglo de servicios profesionales, y de seguro menor que la de otros magnates que se enriquecieron sin pudor en los 15 minutos de poder político a los que tuvieron acceso.
A pesar de que se pueda atribuir el hecho a la crisis del país y la caída general de los niveles de vida durante la década perdida de los ochenta, el gobierno populista y popular de Cuauhtémoc Cárdenas en Michoacán no logró revertir, sino por el contrario, agudizar dos de los aspectos más lacerantes en el estado: la pobreza y, en consecuencia, la emigración masiva a los Estados Unidos. Este otro rostro de uno de los estados más pobres del país no se alteró a instancias de un gobernador con carisma como lo fue Cárdenas. La entidad mantuvo su carácter eminentemente rural, en donde el éxodo masivo era la única salida viable a la falta de oportunidades. Cárdenas no inventó la pobreza en la entidad, pero tampoco la disminuyó, y ni siquiera palió de manera significativa el proceso creciente de deterioro al que se vio sometida una de las regiones más castigadas por la crisis del ejido en la era de la reconversión agraria.
Disidencia y fundación
Cuando Cárdenas concluye su mandato constitucional en Michoacán el país ya daba muestras de agotamiento en todos los sentidos: la economía frágil y sometida a un vertiginoso proceso de transformación; el sistema político erosionado e inmóvil; y el viejo discurso de la Revolución Mexicana en definitiva sepultado por una nueva generación de gobernantes que representaban la ruptura con el pasado estatista, frente a personajes como Cárdenas que eran herederos naturales de la vieja legitimidad del Estado revolucionario. En ese sentido aquellos eran los modernizadores, frente a las corrientes nacionalistas como la de Cárdenas que representaban la continuidad conservadora, aunque un capricho de la historia los presentara ante la nación en papeles contrarios. En verdad ambos proyectos vestían el traje bifronte de Jano: los tecnócratas en el poder blandían la espada de la modernización de la economía pero se escudaban en un inmovilismo político crecientemente autoritario; por su parte, las corrientes ‘progresistas’ exigían democracia política, pero se horrorizaban con palabras como la apertura comercial, la privatización y el libre mercado, dándole la espalda a una nueva agenda temática que el país reclamaba en su proceso de reinserción en el mundo del final de la Guerra Fría y los fenómenos de globalización. En este doble diálogo de sorderas y prejuicios se acumulaba la tensión que habría de producir al final una fractura en la vieja familia revolucionaria y que propulsaría a Cuauhtémoc Cárdenas a la cima de su carrera política y a su consagración como una figura nacional, en 1987.
*Edgardo Bermejo Mora. Historiador, escritor y periodista. Fue agregado cultural en las embajadas de México en China y Dinamarca, así como director artístico del British Council en Mexico.
@edgardobermejo