El que sigue es un perfil del líder polaco que inició su carrera en 1989 y que ha mantenido un discurso en favor de la democracia y las libertades
El que sigue es un perfil del líder polaco que inició su carrera en 1989 y que ha mantenido un discurso en favor de la democracia y las libertades

La brisa de tiempos pasados empieza a soplar nuevamente desde Europa del este y arrastra con ella ese espíritu lleno de cicatrices orgullosas que son producto de las batallas que ha librado la región en contra de los regímenes totalitarios, y de las que ya ha salido victoriosa.
El último soplido lo dio Hungría el fin de semana pasado con la contundente victoria de Péter Magyar sobre Viktor Orbán, el ultraconservador primer ministro del país que estuvo en el cargo durante los últimos 16 años y que recibió el apoyo tanto del mandatario ruso, Vladimir Putin, como del gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
La decisión de los húngaros le dio un necesitado descanso a una marea de personas ávidas de optimismo y, si bien este se vio desbordado en más de un espacio, es difícil refutar el hecho de que el resultado le recuerda a los europeos que ya han sabido demostrar y, sobre todo, defender esos valores que alguna vez hicieron grande a ese continente.
Pero antes de la tan bien recibida llegada de Magyar, quien demostró una vez más que las rupturas pueden ser desastrosas para quienes quieren mantenerse en el poder concentrándolo todo, ya figuraba un perfil de un político pro-europeo, que le arrebató el gobierno a un régimen totalitario y que hora recibe a un necesitado aliado en la lucha por la democracia en Europa y el mundo.
Al ver la trayectoria de Donald Tusk, primer ministro de Polonia, es evidente que a sus 68 años, está lejos de ser un joven como sí lo es el húngaro de 45 años. El polaco tampoco formó parte del gobierno de mano dura que impuso el Partido Ley y Justicia (PiS), fundado y controlado por los hermanos Lech y Jarosław Kaczyński, (aunque también hay que decir que por un breve momento plantearon una alianza en 2005, misma que no trascendió por la desconfianza mutua que se tenían ambos bandos). También es obvio que si algo ha mantenido durante su carrera política que inició en 1989 es su discurso en favor de la democracia y las libertades.
En octubre del 2023, la victoria de su coalición en la que logró una alianza entre el centro‑izquierda y la centroderecha (Coalición Cívica, Plataforma Cívica, Silesia Unida y Más Europa) lo llevó por tercera vez a ocupar el cargo de primer ministro polaco. Con su discurso en favor de la Unión Europea (UE), sus insistencias en la importancia de recuperar el Estado de derecho en el país y la urgencia de recuperar un Poder Judicial independiente y fuerte, Tusk desmanteló el sistema populista del PiS.
Es muy común ver a políticos que abusen de la efusividad en la victoria, pero algo pega diferente al escuchar a Tusk, quien la noche en que se anunció que su coalición logró mayoría para formar gobierno y que él sería el próximo primer ministro de su país, exclamó “soy el hombre más feliz del mundo: la democracia ha ganado”. El domingo pasado, cuando llamó a Magyar para felicitarlo por el resultado, esa alegría volvió a aparecer en sus palabras cuando le dijo al húngaro “estoy muy feliz, quizá incluso más feliz que tú”. La dicha de recibir a un aliado que se sume a la pelea constante que demanda sostener nuestras libertades.
Y esas expresiones se sienten diferentes porque no llegan vacías, como suele suceder con tantos otros discursos que se quedan en simples intenciones, algo que se hace evidente al ver que desde su llegada al gobierno de Polonia, el primer ministro ha liberado fondos para la UE que estuvieron bloqueados durante los ocho años en los que los Kaczyński estuvieron al frente del país. Tusk también se ha enfocado en restaurar las relaciones con Bruselas, Alemania y Francia, y ha sido un fiel defensor de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), esa alianza militar tan vapuleada en los últimos años, pero que se planta firme gracias a posturas como la del líder europeo.
A esto se suma su defensa por el liberalismo y su talante para hacerle frente a los gobiernos de Rusia y de Estados Unidos. En su conjunto, esto lo ha llevado a ser considerado uno de los políticos europeos más emblemáticos de la última década en la que ha empezado a destacar en el escenario mundial. Pero su compromiso con la lucha en contra del autoritarismo viene de tiempo atrás. Quizá es producto de su origen, después de todo, Tusk nació el 22 de abril de 1957 en Gdańsk, escenario fundamental para entender la derrota de la Unión Soviética, del comunismo y de la defensa de una Europa democrática.
En los astilleros de esta ciudad portuaria nació Solidarność (Solidaridad), movimiento encabezado por el sindicalista Lech Walesa y en el que participó Tusk en los años 80, etapa que después describiría como clave para su rechazo del totalitarismo y la censura impuestos por el régimen comunista en el que le tocó nacer y al que ayudó a ponerle fin.
Esa marca que quedó tanto en él como en la historia de Europa se hizo todavía más evidente en la celebración del Día de Roma en 2017 cuando, como presidente del Consejo Europeo, declaró "Gdańsk fue destruida en pocos días por la alianza entre Hitler y Stalin, y reconstruida por generaciones diversas (…) Europa nació como un proyecto de reconciliación y paz frente a la barbarie totalitaria”.
Años después, en la campaña de 2023, organizó un mitin en la Plaza del Ayuntamiento de Gdańsk en el que recordó precisamente la historia de Solidaridad, respaldó el derecho a la verdad y criticó fuertemente la propagación de mentiras y odios en la televisión estatal, a la que comparó con el tipo de manipulación que se vivió bajo el comunismo. En este escenario hizo eco del espíritu que años antes habrían marcado la trayectoria del dramaturgo de la entonces República Checa que también llegaría a ser presidente de su país, y que, sobre todo, marcó la historia de la resistencia civil para siempre, Václav Havel.
Tras estudiar historia en la Universidad de Gdańsk, Tusk militó en la oposición anticomunista y fue corresponsal de la única revista independiente de la ciudad, al mismo tiempo que colaboró con Solidaridad en su esfuerzo por acabar con la influencia comunista en su país. La semilla estaba sembrada, y siguió creciente hasta 1991 cuando entró en el parlamento como representante por el Congreso Liberal‑Democrático. A finales de la década, el ahora primer ministro se convirtió en figura nacional, primero como vicepresidente del Senado y luego del Sejm (la Cámara de los Diputados de Polonia).
En 2001, ya consolidado como una figura de peso en la política de su país, fundó Plataforma Cívica (Plataforma Obywatelska), que se convirtió en la principal fuerza de centroderecha liberal de Polonia, frente al populismo de derecha de PiS. Fue desde esta plataforma que Tusk fue electo primer ministro por primera vez en 2007, cargo en el que logró reelegirse en 2011. En su primer mandato logró gobernar hasta 2014, tiempo en el que consolidó su imagen como estadista europeísta, impulsó reformas económicas de mercado, apoyó la apertura a la globalización y mantuvo bajos impuestos y disciplina fiscal, lo que, se dice, ayudó a que Polonia fuera uno de los países europeos menos afectados por la crisis financiera de 2008‑2009.
Como a quien le quedan chicos los zapatos, Tusk renunció a su cargo como primer ministro en 2014 para presidir el Consejo Europeo, integrado por los 27 jefes de Estado y de gobierno de la UE con la intensión de guiar al continente con los mismos valores que ya había demostrado durante su mandato, algo que se hizo evidente en su insistencia en subrayar que el proyecto europeo nació para evitar la guerra y el totalitarismo, no para frenar el progreso. También hay que decir que con esa decisión le abrió la puerta al extremista PiS, por lo que tuvo que regresar en 2023 a retomar su lugar.
Otro punto que le ha ganado admiradores en diferentes partes del planeta es que durante su mandato como presidente del Consejo Europeo, entre 2014 y 2019, y después como primer ministro de Polonia, Tusk ha sido claro en compartir su postura en contra del régimen ruso, mismo que considera como una amenaza para la democracia europea.
Nuevamente, esto no se quedó en palabras vacías, sino que se hizo evidente en el firme reclamo que ha hecho Polonia en contra de la invasión a Ucrania, país al que le ha brindado apoyo con envío de armas, ha recibido a sus migrantes que huyen de la guerra y le ha recordado a todos de forma clara que el país también es Europa.
En este mismo espíritu, el primer ministro polaco ha sido enfático en su defensa frente a las críticas de Donald Trump a la UE y a la OTAN. Ante los constantes ataques del estadounidense, Tusk ha insistido en que “la UE no se creó para fastidiar a nadie, sino para fomentar la paz y el respeto”, discurso que fue interpretado como un desafío directo al trumpismo.
Así es que aún queda pendiente saber si Magyar seguirá sus pasos en la siempre compleja y desgastante defensa de la libertad, pero lo que se ve con mayor claridad es que, si el filósofo y periodista francés, Jean-François Revel, tenía razón y las democracias mueren cuando los demócratas las dejan morir, Tusk se planta firme en la defensa de un débil sistema que en apariencia ha quedado abandonado, pero al que le empiezan a llegar los refuerzos.
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