¿Bienvenida? El ‘decálogo por la democracia’ presentado este miércoles por la presidenta Sheinbaum pretendió coronar el despliegue propagandístico de las últimas semanas para tratar de ‘vender’ ¿y darle finalmente la bienvenida? a su esperada iniciativa de contrarreforma político-electoral. Pero el esfuerzo zozobra en una muestra más de obvia tergiversación del lenguaje, evidente de distorsión de las normas y ofensiva desfiguración de las instituciones.
Ni Orwell. Quizás ni siquiera Orwell -porque ‘el gran hermano’ carecía de ‘PowerPoint’- habría registrado los alcances de este régimen en adulteración de los conceptos y, sobre todo, en simplificación y empobrecimiento de la lengua, hacia la ‘neolengua’. En su aislamiento, cada frase del llamado decálogo es un intento de vaciar las palabras de sentido y bloquear toda posibilidad de elaboración crítica y pensamiento libre. Como en las distorsiones del lenguaje en la distopía 1984, el ‘decálogo por la democracia’ de hoy muestra un empeño de adulteración del lenguaje como vehículo de opresión y de enmascaramiento de esa opresión.
Los mandamientos. Los ‘mandamientos’ de este decálogo aparecen desnudos de sujeto, verbo y predicado. Por ejemplo, sin considerar la triple cacofonía, el enunciado del primero de ellos, “Elección de la representación proporcional del Congreso de la Unión” es una frase deshabitada que la contrarreforma se propone ocupar con un par de fórmulas alambicadas para menoscabar los avances de la democracia mexicana en la materia. El detalle está en asegurar mayorías del régimen en el Congreso sin proporción con los votos que logre obtener. Igual que el segundo ‘mandamiento’, “Reducción del gasto”: una “promesa” que oculta que sólo lo robado en el huachicol fiscal sufragaría a cabalidad 10 elecciones federales, por 30 años, y que los ‘ahorros’ planteados acabarán con el servicio profesional del INE y debilitarán al árbitro electoral hasta incapacitarlo para realizar elecciones creíbles.
