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El fiasco iraní de Donald Trump

A fines de febrero de este año, cuando Estados Unidos lanzó, en coordinación con Israel, una campaña militar masiva contra Irán, que incluyó ataques contra sus instalaciones nucleares, infraestructura militar y contra la dirigencia de la teocracia, señaladamente el líder supremo, el ayatola Alí Jamenei, el presidente Trump llamó al pueblo iraní a levantarse y derrocar al régimen clerical:

“Al gran y orgulloso pueblo de Irán: La hora de vuestra libertad está cerca.
Cuando hayamos terminado, haceos con el control de vuestro gobierno. Será vuestro”.

Otras promesas grandilocuentes fueron proferidas por el mandatario estadounidense: el régimen de los ayatolas sería derrocado, sus compinches, los hutíes, en Yemen, y Hezbolá, en el Líbano destruidos y la paz en Medio Oriente finalmente alcanzada. Ninguno de esos objetivos fue alcanzado.

Ahora Trump ha anunciado, con bombo y platillo, que ha alcanzado un acuerdo de paz con Teherán, por el que la teocracia se compromete a no desarrollar un arsenal atómico y a cambio Washington habría acordado pagar 300 mil millones de dólares a Irán para su reconstrucción, como parte de un eventual acuerdo bilateral. Poco más sabemos sobre el arreglo.

Incitar a un pueblo a la sublevación, para luego abandonarlo a su suerte y pactar con sus verdugos debe de ser una de las mayores trastadas en los anales de política internacional contemporánea.

Aparentemente fueron el magnate inmobiliario Steve Witkoff, Jared Kusher, el influyente yerno del mandatario estadounidense y su vicepresidente, JD Vance quienes impulsaron el acuerdo con Teherán y habrían presionado a firmar el memorando de entendimiento con Irán.

De modo inverso, se dice que el director de la CIA, John Ratcliffe y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, se habrían opuesto tenazmente a dicho acuerdo, por lo que fueron relegados de la negociación, e incluso, según algunos observadores, amenazados con su destitución del gabinete presidencial. Por su parte, el secretario de Estado, Marco Rubio, un partidario histórico de la consecución de un cambio de régimen que pusiese fin a la teocracia iraní guarda un silencio inquietante.

 A principios de año muchos quisieron ver en Trump -de manera por demás ingenua- una suerte de reformador global. Después de todo, fue él quien había extraído quirúrgicamente a Nicolás Maduro de Caracas para llevarlo a una penitenciaria en Brooklyn, eliminado a Jamenei y amenazado con derrocar a Díaz-Canel y a Raúl Castro. Todo aquel que ahora espere que Trump va a apoyarlo a deshacerse de sus opresores puede esperar sentado. No lo hará, no es un actor racional.

Se dice que todas las guerras son absurdas, pero pocas o acaso ninguna tan bufa y trágica como esta en la que 7 mil 500 personas perdieron la vida -la inmensa mayoría civiles- y en la que todas las partes parecen haber perdido.  

La teocracia iraní estuvo al borde del colapso, pero fue salvada de último minuto por quienes pretendían derrocarla. Washington enfrentó una severa crisis petrolera sólo para terminar de nuevo en la casilla de salida.  Netanyahu se ufanó, prematuramente, de haber ganado la guerra, pero perdió la alianza con Washington y ahora enfrenta una muy posible derrota en las urnas y su ulterior procesamiento por cargos de corrupción largamente aplazados. Pero, sobre todo, la nación persa, seguirá padeciendo una tiranía oprobiosa, que obtuvo una nueva oportunidad de vida, de parte precisamente de aquel que había prometido terminar con ella.

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