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El fraude como doctrina de gobierno

Trump habló durante 25 minutos la noche del 16 de julio, desde el Salón Este de la Casa Blanca, en horario estelar. Anunció la desclasificación de documentos que, según él, revelaban lo que la inteligencia había ocultado: 220 millones de registros de votantes que China habría obtenido, 278 mil supuestos no ciudadanos inscritos en los padrones, máquinas vulnerables. Pidió investigar el supuesto encubrimiento y presentar cargos si correspondía. Volvió sobre Michigan, sobre 2020, sobre el robo. Y no presentó evidencia de que un solo voto hubiera sido alterado.

A la mañana siguiente, Markwayne Mullin le dio forma administrativa a la denuncia. El secretario de Seguridad Nacional advirtió que los estados que no cooperaran podrían perder fondos o enfrentar investigaciones. Los instó a entregar sus padrones al programa SAVE y dijo que la resistencia podría acarrear multas, sanciones y hasta prisión. La amenaza llegó menos de cuatro meses antes de una elección que definirá el control del Congreso.

La acusación es vieja; cambió su función. En 2020, Trump y sus aliados promovieron más de 60 impugnaciones. Ninguna produjo evidencia capaz de alterar el resultado, y jueces nombrados por presidentes de ambos partidos —incluidos algunos por él— rechazaron sus argumentos. Hoy la operación es otra. El fraude se instala al principio del razonamiento, como el dato del que todo se deduce. Cada desmentido puede presentarse entonces como prueba adicional del encubrimiento.

Las órdenes ejecutivas de 2025 y 2026 muestran cómo funciona esa premisa desde el poder. Requisitos federales de ciudadanía, restricciones al voto por correo, una lista federal de electores. Los tribunales bloquearon disposiciones centrales porque la Constitución distribuye la regulación electoral entre los estados y el Congreso, no la entrega al presidente. Pero una orden puede ser derrotada en tribunales y triunfar políticamente: desplaza la agenda, obliga a litigar y convierte un límite jurídico en prueba de lealtad.

Es un patrón reconocible de la erosión democrática contemporánea: la elección no desaparece; cambia quién se arroga el derecho de declararla legítima.

Nada de esto vuelve impecable al sistema estadounidense. Los padrones contienen registros desactualizados, los funcionarios locales operan con recursos desiguales y bajo amenazas, y la infraestructura digital enfrenta riesgos reales. Los documentos indican que China obtuvo grandes volúmenes de datos de votantes, muchos disponibles públicamente; no demuestran que los usara para alterar una elección. De la vulnerabilidad no se sigue el daño: una mala cerradura no prueba un robo.

Esa distancia entre lo posible y lo ocurrido es el territorio que Trump habita y procura ensanchar. Las fallas técnicas pueden mitigarse con inversión, pruebas, respaldo en papel y auditorías. Las horas entre el cierre de las urnas y la certificación son inevitables y políticamente explotables. Pero la presión sobre quienes certifican no se corrige con una auditoría: exige que funcionarios y juntas electorales traten una sospecha partidista como prueba pública.

Los números desmienten la caricatura. En 2024, más de 98% de las jurisdicciones utilizó equipos que dejan una boleta de papel o un registro auditable. Eso no vuelve infalible el conteo, pero permite verificarlo en casi todo el país. La vulnerabilidad decisiva está en otra parte: en convencer a suficientes electores de que sólo es legítimo el resultado favorable.

Queda la escena del jueves: un presidente describiendo su propio país como territorio invadido, rodeado de mapas y documentos de inteligencia. Ese lenguaje no explica 2020 sino justifica una expansión de poder. Quien declara la invasión se reserva el derecho de nombrar al invasor. El recurso está disponible para noviembre, cualquiera que sea el resultado. Una democracia no consiste sólo en que el vencedor pueda gobernar, sino en que quien gobierna todavía admita que puede perder.

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