La mezquindad contra-reformista. Nunca se había escuchado un discurso tan mendaz y de tal mezquindad para anunciar una decisión trascendente del gobierno. Disminuir el órgano electoral y precarizar sus funciones -con miras finalmente a capturarlo- en nombre de la “austeridad republicana”, es una falacia por donde se le quiera ver. Pero sobre todo a la vista de la verdadera dimensión del costo de las elecciones en nuestro país, más bajo, por elector, que en buena parte de los países latinoamericanos. Y, a su vez, en un septenio que gasta 10 veces más en los costos financieros de destruir por capricho un magno aeropuerto en construcción, y además sangra otro tanto para absorber los costos para el erario del huachicol fiscal realizado desde el mismo grupo en el poder. En estas condiciones, la centralidad que se le ha dado en este trance al embuste del ahorro en el gasto electoral es una muestra acabada de la mezquindad y de la pobreza conceptual y narrativa del régimen.
Elecciones piratas, pero baratas. Descalificados como prescindibles en los términos de la iniciativa enviada finalmente al Congreso, sin organizadores profesionales de los próximos procesos electivos, probados por su idoneidad y su firmeza en la condición de independencia del árbitro electoral, podríamos tener elecciones piratas -no genuinas- pero baratas. O más bien abaratadas deliberadamente por el régimen: devaluadas, depreciadas.
Caminos a la perdición. Si a los procesos electivos resultantes de la contrarreforma, sin los controles de calidad democrática del pasado reciente, se agrega la mutilación permanente de la representatividad nacional en el Congreso, por el golpe a la representación proporcional incluido en la iniciativa, el destino sería una encrucijada con dos caminos a la perdición. La reafirmación del proyecto prodictatorial, vía la asfixia democrática, o la ingobernabilidad por el desbordamiento de los canales azolvados del autoritarismo.
