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‘Fracking’: pragmatismo a medias

El anuncio de la presidenta Sheinbaum sobre la posibilidad de retomar el fracking para explotar las importantes reservas de gas natural del país representa un giro bienvenido en la política energética. Frente a niveles crecientes de importación, el gobierno reconoce —tras años de rechazo— que México necesita fortalecer su producción interna mediante técnicas no convencionales. El caso de Estados Unidos, cuyo auge energético se explica en buena medida por el fracking, ilustra lo que puede lograrse cuando existe claridad de rumbo y ejecución.

El cambio no es menor. Durante años, tanto el gobierno anterior como la propia Sheinbaum y su partido, Morena, mantuvieron una postura abiertamente hostil hacia esta técnica. Hoy, la realidad energética parece imponerse sobre la ideología. En ese sentido, el viraje puede leerse como una señal de pragmatismo.

Sin embargo, el anuncio también refleja patrones que se han vuelto recurrentes en la actual administración. A casi 19 meses de iniciado el gobierno, persisten la indecisión, la lentitud en la toma de decisiones y la falta de determinación para romper de fondo con los lastres heredados en materia energética —y en otros ámbitos de la política pública. El fracking no parece ser la excepción.

La creación de un grupo de expertos que “evaluará” la viabilidad ambiental y social de esta técnica introduce, más que certidumbre, un riesgo de dilación. Este es un tema que exige definiciones claras —regulatorias, ambientales, contractuales y de inversión— que dependen, en última instancia, del Ejecutivo. Sin ellas, el país corre el riesgo de quedar atrapado en un impasse que no resolverá su creciente dependencia energética.

Este patrón no es aislado. Se observa en otros frentes: avances parciales respecto a decisiones del sexenio anterior, pero sin la ambición necesaria para impulsar cambios estructurales. Salud, seguridad, educación, energía o infraestructura reflejan una misma lógica: un paso hacia adelante seguido de otro, más corto, hacia atrás. Pragmatismo, seguido de cautela excesiva e inercias ideológicas.

En el caso del fracking no hay espacio para medias tintas. El desarrollo de reservas de gas requiere inversión a gran escala, certeza regulatoria y apertura a la participación privada. Sin estos elementos, cualquier intento será marginal. La magnitud del reto exige atraer capital y tecnología de empresas con experiencia probada.

Así, aunque el giro es positivo, difícilmente prosperará sin decisiones firmes. El desafío no es solo técnico, sino político: abandonar los lastres ideológicos y asumir los costos internos de una transformación real.

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