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El México enojado empieza a hablar

El país de las maravillas de la presidenta se topó con la realidad en Colima, cuando un sector de los asistentes a su II Informe protestó a gritos contra la ampliación del puerto de Manzanillo.

Ya saben de qué van las grandes obras de Morena en el gobierno: engaños, daños y corrupción.

Claudia Sheinbaum quiso borrar la realidad con la magia de sus palabras: “Hagan de cuenta que no están” los inconformes, dijo a sus partidarios y acarreados al evento.

El que no está de acuerdo con ella y se lo hace saber es un maleducado: “Son muy irrespetuosos. Así es el PRIAN”, dijo.

Qué delicada.

Seguro tiene una muy mala impresión de los que asaltan la Cámara de Diputados a caballo, los que agreden a pedradas el autobús presidencial, los que para protestar toman pozos petroleros, los que le gritan "usurpador”, “pelele” o “chachalaca” a quien lleva la banda tricolor terciada al pecho.

En Colima hubo gritos de protesta, pero no agresión ni insultos.

Ampliar la terminal portuaria de Manzanillo implica dañar manglares y contaminar la laguna de Cuyutlán, sostienen pescadores y ambientalistas, contra la opinión del gobierno que dice que no es así.

Cómo no van a descreer de la palabra de Morena que miente una y otra vez, con daños irreversibles a la naturaleza, a los ecosistemas, a la economía de la población y del país. Y además, roban como los 40 de Alí Babá.

El gobierno que dice que no dañará Cuyutlán tal vez esté en lo cierto, pero es el que dijo que se iba a construir la vía del Tren Maya “sin tirar un solo árbol”. No fue uno, fueron millones.

López Obrador simuló una consulta popular y, en un acto circense, realizó una pantomima en la que pidió permiso a la madre Tierra para hacer su trenecito.

Dañaron ecosistemas, cuevas, cavernas, cenotes y ríos subterráneos formados en la piedra caliza de la Península de Yucatán.

Fue un festín de corrupción para familiares del entonces presidente, de los amigotes de los familiares y de algunos encargados civiles y militares de las obras, que están ocultas por 15 años por razones de “seguridad nacional”.

El trenecito no aporta nada a los habitantes de la selva, más allá de la posibilidad de que alguno pueda vender palanquetas de amaranto en las estaciones.

Iba a costarle al país 150 mil millones de pesos y perdimos la cuenta cuando iba en 500 mil millones, por la ineptitud y la corrupción.

Los ingresos del tren alcanzan los 542 millones de pesos al año (2025), y los costos de operación ascienden a cuatro mil 800 millones de pesos: siete veces más.

¿Pero qué tal los nuevos ricos de la 4T?

¿Ya vieron la vida de reyes que se dan gobernadores, secretarios de Estado, senadores y diputados de Morena?

“Hagan de cuenta que no están… seguro son infiltrados (sic) del PRIAN”. ¿Infiltrados en un evento público? ¿Acaso no eran mexicanos cuya presidenta es la señora que estaba hablando?

Simplemente no le creen y protestan.

Ya saben lo que pasó en Dos Bocas, donde no habría daño ambiental y la refinería costaría seis mil millones de dólares.

La construyeron sobre un pantano y sus manglares, ha costado unos 23 mil millones de dólares, refina cerca de la tercera parte de lo ofrecido…

¿Pero qué tal el robadero?

¿Los contratos millonarios asignados a los cuates y a compadres?

 ¿Los sobrecostos, para robar?

¿Y la reserva de información por 10 o 15 años, para que nadie sepa lo que debería saberse?

Hay malestar, desconfianza, y el México enojado con tanta tranza se empieza a expresar.

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