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HISTORIA: Guerras de ayer y hoy

Pablo Mario Echegoyen

“Historia est magistra vitae”, afirma Cicerón en el libro II de De Oratore. La máxima, tantas veces repetida, mantiene hoy la vigencia de todo lugar común, a la luz de la escalada en la última semana de la guerra mantenida entre Estados Unidos e Irán. Pienso ahora en “The Great Debate: Roosevelt, the Media and the Coming of the War, 1940-1941”, de Richard W. Steele, publicado en The Journal of American History, que se ocupa de cómo la Casa Blanca formó a la opinión pública en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. 

No digo nada nuevo: un gobierno democrático ha de construir un consenso necesario para hacer la guerra y administrar sus consecuencias económicas y políticas. La administración de F. D. Roosevelt tenía el antecedente de las acciones emprendidas por el presidente Wilson en la conflagración previa; sin embargo, el enfrentamiento de 1940 era uno muy distinto y se definiría, en muy buena medida, gracias al uso de nuevas tecnologías y un altísimo despliegue de boots on the ground. Para esto último, Roosevelt debió emprender una campaña interna muy distinta a aquella que enfrentó su predecesor.

En su artículo, Steele repasa la relación que el presidente Roosevelt tuvo que cultivar con los medios de comunicación para preparar a la opinión pública norteamericana para que favoreciera la declaración de guerra. Explica el historiador de la Universidad de San Diego: más que sembrar la idea de que Estados Unidos habría de sumarse a la causa aliada, la Oficina Oval cultivó únicamente dos ideas mediáticamente: por una parte, una agresiva campaña negra contra Hitler; por otra, un reforzamiento de la moral nacional y los valores norteamericanos. 

Un fenómeno semejante se puede observar en la actualidad. La administración de Donald J. Trump ha presentado su campaña contra Irán como una respuesta necesaria a una amenaza nuclear inminente; sin embargo, el fracaso del alto al fuego, la reanudación de los ataques y la persistencia de las acciones iraníes en torno al estrecho de Ormuz han obligado al gobierno a ajustar constantemente su relato público. La promesa presidencial de no reanudar los bombardeos antes de las elecciones de medio término de noviembre de 2026 muestra que la guerra depende también con base en el calendario electoral y el ánimo —siempre volátil— de la opinión doméstica.

Roosevelt encontró una solución a su problema. Comenzó a ejercer una fuerte presión política para incitar a la industria del cine, la radio y los periódicos para que, de manera velada y a veces no tanto, apoyara las políticas que la administración intentaba iniciar. Las negociaciones con unos y otros variaron (el medio periodístico nunca se doblegó con la facilidad con que lo hicieron los otros); pero, en todo caso, bien vale afirmar que Roosevelt no temió utilizar al Estado como instrumento para amedrentar a los empresarios que controlaban dichas industrias. 

En el presente, la relación entre la Casa Blanca y los medios durante la guerra con Irán ha adoptado una forma muy distinta de la que Steele describe. Los medios tradicionales han dado paso a un tipo de comunicación más frontal; por ello, la administración de Trump no ha buscado disciplinar a las grandes industrias culturales mediante negociaciones o presiones, sino que ha arriesgado una disputa pública directa con la prensa a través de dos vías: mediante acusaciones de fake news y exclusiones de sus corresponsales de la Casa Blanca, al tiempo que a través de declaraciones del propio presidente o bien por medio de mensajes en Truth Social. 

Leído hoy, Steele permite comprender en alguna medida el presente (en el peor de los casos: ofrece un paralelismo). La guerra con Irán muestra que, aunque Estados Unidos conserva una obvia superioridad económica y militar, cada paso debe ser justificado ante una sociedad dividida, una economía expuesta a los shocks globales y un ecosistema mediático que ya no admite una relativa disciplina del sector como en la época de Roosevelt. Hegel sostuvo en la introducción a sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal: “La historia no sirve de enseñanza para la conformación actual de las constituciones políticas”. ¡Y al parecer esto es extensivo para la conducción de las guerras!

*Pablo Mario Echegoyen. Jesuita y torero. Vive en el País Vasco. 

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