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La CNTE y Morena: una fábula que en realidad es tragedia

Como en una fábula de Esopo, Morena es devorada por la CNTE tras resucitarla. Pero esto no es una fábula. Es una tragedia griega. Gracias a Morena, la CNTE no sólo devora a su benefactor, también arrasa la educación pública en las regiones más pobres y estrangula la Ciudad de México. Deja a millones de niños sin clases y les arrebata la posibilidad de una vida autónoma. Somete el devenir cotidiano de millones de ciudadanos a su voluntad, mientras las autoridades observan inmóviles, tras renunciar a gobernar.

La CNTE surgió en 1979 como un movimiento democrático que luchaba por mejores salarios, democracia sindical y la liberación de la profesión docente del control del sindicalismo charro. Desde su fundación en 1943, el SNTE concentró a los gremios magisteriales y, mediante lo que Carlos Ornelas llamó una “colonización por invitación”, terminó controlando la profesión docente. A través de las comisiones mixtas decidía contrataciones, ascensos y prestaciones. Ese poder se ejercía de forma clientelar: los maestros debían participar en actividades sindicales y electorales para obtener beneficios. Jongitud Barrios decía que los maestros eran los “plomeros” del sistema electoral. Así se consolidó una estructura autoritaria que subordinó a los docentes, deprimió sus salarios y deterioró la enseñanza. La CNTE se rebeló contra esa tiranía.

Con el tiempo, la CNTE traicionó su origen democrático y reprodujo el modelo que combatía: el esclavo se convirtió en tirano. Tras la descentralización educativa de 1992, la SEP conservó la rectoría nacional, pero la administración de las escuelas pasó a los gobiernos estatales. En Oaxaca y otros estados sureños, la CNTE utilizó la estrategia de movilización-negociación-movilización para someter a las autoridades. Dejaba a los niños sin clases y paralizaba ciudades hasta obtener recursos y control sobre la vida profesional de los docentes. Ese poder también se ejercía de forma clientelar. La diferencia con el SNTE era que no descansaba en un líder, sino en una asamblea: era asambleísmo tiránico.

Entre 2012 y 2018 realizamos la reforma educativa. Creamos el Servicio Profesional Docente, una institución que separó la profesión docente del control sindical. Las plazas, promociones y aumentos salariales dejaron de depender de los líderes y se definieron por concursos. Con ello se restituyó la libertad profesional de los docentes y, como muestran diversos estudios, mejoró la calidad de los maestros y el aprendizaje de sus alumnos.

Los líderes sindicales perdieron poder. El SNTE redujo su capacidad de movilización electoral y la CNTE de protestar. En 2013 aún movilizó a cerca de 80 mil maestros y sostuvo un plantón prolongado en el Zócalo. Para 2018, sin el control de la profesión docente, apenas reunía una fracción de esa fuerza.

Sin embargo, en 2019 Morena canceló la reforma educativa. Restauró el viejo orden corporativo y devolvió al SNTE y a la CNTE el control sobre la vida profesional de los docentes. Regresó la lógica de dominación arbitraria: plazas, ascensos y beneficios volvieron a depender de la movilización sindical. La profesionalización docente se hundió, pero los sindicatos fortalecieron la movilización electoral de Morena. Sin embargo, la CNTE también recuperó su capacidad de presión y ahora la ejerce en contra de su salvador.

La paradoja es evidente: un gobierno que busca dominar sin límites reconstruye poderes que después no puede controlar. En ese contexto, la educación deja de ser un espacio de libertad y se convierte en instrumento de control. Frente a ello, la salida no es técnica sino política: construir una educación que forme personas autónomas y no sujetos de movilización. Un liberalismo para el siglo XXI que coloque la vida libre de dominación en el corazón de una nueva República.

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