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La crisis del liberalismo en el siglo XXI

El liberalismo, como sostiene Judith Shklar, busca asegurar las condiciones políticas que hacen posible la libertad individual: que cada persona trace su rumbo y gobierne su destino. Vivir como se elija, con el único límite de la libertad ajena. La vida libre es un derecho común.

De ahí su principio fundacional: nacemos libres e iguales. De él surge el pluralismo. Cada uno tiene valores e intereses propios y recorre un camino distinto. Mientras no anule la libertad de otros, toda elección es legítima. La autonomía individual se prolonga en el autogobierno colectivo; por eso la democracia es parte esencial del liberalismo.

Aunque como doctrina surge a fines del siglo XVIII, la búsqueda de la vida libre es tan antigua como la humanidad. Estudios como los de Christopher Boehm muestran que los cazadores-recolectores crearon mecanismos para impedir la dominación.

Las repúblicas clásicas institucionalizaron ese impulso: Estado de derecho, equilibrio de poderes, educación cívica. Su fin era claro: evitar que alguien quedara a merced de la voluntad arbitraria de otro. Por eso, como afirma Stephen Holmes, liberalismo y republicanismo no se oponen: el segundo hace posible al primero. Esa tradición atraviesa el Renacimiento —en especial a Nicolás Maquiavelo— y se consolida en la Ilustración con derechos protegidos por constituciones y división de poderes.

Las independencias americanas y la Revolución francesa, con sus contradicciones, expandieron ese ideal. Limitar la arbitrariedad, derribar privilegios y ampliar la representación marcaron el rumbo. El capitalismo fue aliado: exigía seguridad jurídica y mercados abiertos. Libre empresa y libre mercado reforzaron la promesa de una vida determinada por talento y esfuerzo.

La Revolución Industrial trajo progreso y productividad inéditos, pero también desigualdad y explotación. Como advirtió Benjamin Disraeli, la sociedad se partió en dos naciones: quienes vivían en libertad y quienes apenas sobrevivían. La crítica más honda vino de Karl Marx y Friedrich Engels: nadie es libre si no lo somos todos. Soñaron con abolir la escasez y superar la división del trabajo para pasar del reino de la necesidad al de la libertad: “cazar por la mañana, pescar por la tarde, criar ganado al anochecer y criticar arte después de la cena”.  El “socialismo real” nunca rozó ese horizonte: la dictadura del proletariado devino dictadura burocrática y canceló la vida libre. El otro desafío fue el fascismo, reacción identitaria contra el universalismo liberal, que desembocó en destrucción y crueldad sin precedentes.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el liberalismo resurgió: Estado fuerte, educación y salud masivas, regulación laboral y de mercados. Hubo movilidad social y expansión democrática; 1989 simbolizó el triunfo con la caída del Muro de Berlín. Pero mientras se proclamaba “el fin de la historia”, crecían la desigualdad y se paralizaba la movilidad social. Regresaron las dos naciones de Disraeli. El populismo aprovechó la fractura: promete justicia, pero termina en dominación. Solo un liberalismo renovado puede recuperar la vida libre. Comprender las contradicciones que lo llevaron a erosionar sus propios principios es el primer paso. Eso analizaremos en los siguientes capítulos de Movimiento de Independencia.