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La elección que se ganó hace años

Después de la elección del domingo en Coahuila, muchos análisis se concentraron en las campañas, en los candidatos, en los errores de Morena o en la capacidad de movilización del PRI. Todo eso cuenta. Pero hay una variable mucho más profunda que probablemente explica buena parte de lo ocurrido. La seguridad.

No es casualidad que una entidad que durante años dejó de ser noticia por la violencia haya decidido votar por la continuidad. Los más jóvenes quizá no lo recuerden, pero hubo un tiempo en que Coahuila aparecía constantemente en los encabezados nacionales por razones muy distintas a las de hoy. "Los Zetas" controlaban amplias zonas del estado, las carreteras eran espacios de alto riesgo y la violencia formaba parte de la conversación cotidiana.

Recuperar ese territorio no fue sencillo ni ocurrió de un día para otro. Con errores, aciertos, costos políticos y decisiones difíciles, los gobiernos estatales comenzaron un proceso de recuperación institucional que tuvo uno de sus momentos más importantes durante la administración de Rubén Moreira. Lo relevante no es discutir hoy si todo se hizo perfecto. Ninguna estrategia de seguridad lo es. Lo importante es que se construyó una ruta y esa ruta continuó.

Ahí está una de las diferencias con buena parte del país. En México tenemos la mala costumbre de reinventar el gobierno cada seis años. Llega una nueva administración y pareciera que todo lo anterior debe desaparecer. Cambian los mandos, cambian los programas, cambian las prioridades y muchas veces también cambian los pretextos. La seguridad pública termina convertida en un experimento permanente.

Coahuila hizo algo distinto. La llegada de Miguel Riquelme no representó una ruptura con lo construido. Posteriormente, la llegada de Manolo Jiménez tampoco significó borrar la estrategia anterior para comenzar desde cero. Hubo ajustes, modernización y nuevos enfoques, pero permaneció lo fundamental. El mensaje para los ciudadanos fue sencillo. Aquí hay un gobierno que mantiene el control.

Eso importa más de lo que muchos políticos creen. La mayoría de las personas no revisa estadísticas criminales todos los días. Lo que percibe es algo mucho más simple. Si puede salir a trabajar, si puede abrir su negocio, si puede viajar por carretera o si sus hijos pueden regresar a casa sin que la inseguridad domine cada conversación familiar. La percepción de estabilidad termina convirtiéndose en confianza.

Por eso Coahuila se parece más a Yucatán que a muchas otras entidades del país. Son estados donde la seguridad dejó de ser rehén de los cambios políticos. Gobernadores distintos han entendido que destruir lo que funciona solamente para ponerle otro logotipo suele ser una pésima idea. Mientras en otros estados cada elección viene acompañada de la promesa de una nueva estrategia de seguridad, en Coahuila la apuesta ha sido otra. Mantener lo que da resultados y corregir lo que no funciona.

Los ciudadanos suelen ser mucho más prácticos que los partidos políticos. Mientras los dirigentes discuten narrativas, ideologías y campañas, la gente hace cuentas más sencillas. ¿Vivo mejor que antes? ¿Mi familia está más segura? ¿Mi ciudad funciona razonablemente bien? El domingo parece haber una respuesta clara.

Por supuesto que la seguridad no explica por sí sola el resultado electoral. También influyeron las estructuras territoriales del PRI, la operación política, los errores de sus adversarios y la debilidad de una oposición fragmentada. Pero sería ingenuo ignorar el peso que tiene un estado que lleva años sin protagonizar las escenas de violencia que vemos repetirse en otras regiones del país.

Como dicen los estadounidenses, no news is good news. Cuando una entidad deja de aparecer en los encabezados por masacres, bloqueos, ejecuciones o crisis de gobernabilidad, normalmente significa que alguien está haciendo bien su trabajo. Quizá por eso la elección del domingo no se decidió únicamente en las urnas. En buena medida se decidió durante años de continuidad institucional, control territorial y gobernabilidad.

Al final, muchos coahuilenses no votaron por una promesa. Votaron por conservar una realidad que, vista desde buena parte de México, se ha vuelto cada vez más escasa.

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