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La FIFA, el supraestado que decide en Guadalajara

Guadalajara, Jal.- Desde hace meses, una parte importante de las decisiones sobre Guadalajara dejó de tomarse en los espacios donde, en teoría, reside la autoridad democrática. Los ayuntamientos, dependencias estatales y organismos públicos se resignaron a un papel secundario y ahora quien dicta las reglas es la señora FIFA.

Los que vivimos en esta ciudad, “la más mexicana”, según dicen, sabemos que esto no es una exageración retórica. Acá la Federación Internacional de Futbol Asociación ha determinado qué espacios públicos pueden utilizarse, cuáles vialidades deben cerrarse, cómo se reorganiza la movilidad urbana y bajo qué condiciones miles de personas podrán desplazarse por la ciudad durante los días en los que hay partido.

Ah, no dejemos fuera que doña FIFA es también la que impone zonas de exclusión alrededor del estadio, restringe actividades comerciales y establece protocolos que las autoridades locales aceptan y ejecutan con disciplina militar. Todos se cuadran ante el poderoso Gianni Infantino.

Curioso, ¿no? Una organización privada, marcada durante años por escándalos de corrupción, tráfico de influencias y opacidad, es quien hoy tiene una capacidad de decisión superior a la de muchas instituciones electas. Y es más paradójico aún, que el entreguismo ocurra sin debate. Nadie que se diga autoridad tiene conflicto por ello.

La llamada "última milla" es el ejemplo más visible de esto que sostengo porque no se disimula. Durante los partidos, amplias zonas alrededor del Estadio Guadalajara quedarán reservadas para quienes tengan boleto o acreditación. No importa si un ciudadano vive, trabaja o simplemente necesita transitar por el lugar. La prioridad no son la ciudad o sus habitantes; es cumplir los mandatos de doña FIFA… sin hacer gestos.

Y lo mismo ocurre con los espacios destinados a la afición. Mientras en algunas sedes mundialistas las autoridades locales han negociado condiciones para garantizar derechos básicos de los asistentes a los Fan Fest (como entrar con botellas de agua), en Guadalajara no hay margen de maniobra. Allá las reglas las impone la alcaldía; acá, si la FIFA no te deja tomar algo que no venga de los patrocinadores oficiales, ni te acerques al festival.

Y para garantizar que esas reglas se cumplan, el estado pondrá toda su capacidad operativa al servicio del espectáculo, porque más de 17 mil elementos participarán en los operativos relacionados con el Mundial. Soldados, marinos, Guardia Nacional, policías estatales, municipales, agentes viales, bomberos y personal de Protección Civil estarán concentrados en la vigilancia de cuatro partidos de futbol.

Por supuesto que la seguridad de los asistentes es importante; sería irresponsable plantear lo contrario. Pero si se requieren más de 17 mil elementos para blindar unas cuantas zonas de la ciudad, la pregunta inevitable es ¿qué ocurrirá en el resto del estado durante esos días?

Jalisco, y esa es una realidad dolorosa, no dejará de tener desapariciones, homicidios, robos, extorsiones o emergencias porque ruede un balón. Los municipios lejanos a la fiesta mundialista seguirán enfrentando los mismos problemas de seguridad que padecen todos los días. La diferencia es que buena parte de la capacidad institucional estará concentrada donde se encuentran las cámaras internacionales y, cómo no, los grandes patrocinadores.

Lo más triste del caso es que el verdadero legado del Mundial, incluso antes de comenzar, es la demostración explícita de una autoridad que prefirió doblarse a un tercero, antes que gobernar para los primeros. Sus primeros.

Y así, sin pena y sin facultades legales, la ciudad de Guadalajara se entregó en bandeja de plata a la FIFA, inaugurando obras de último minuto, trenes ligeros que resultaron ser camiones eléctricos y, como colofón, renunció voluntariamente a ejercer un poder jurisdiccional que, cómodamente, la opaca federación tomó con toda la confianza del mundo mundial.

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