En este atribulado México es axiomático (o casi) que hay tres momentos en que se produce la más abundante cantidad de artículos, columnas, papers, declaraciones, convocatorias, foros, mesas redondas y entrevistas sobre el estado de la educación: al inicio del ciclo escolar -que ya arrancó-; cuando rentabiliza para las elecciones -lo que ya está casi a pleno pulmón-, y cuando salen los resultados de la prueba PISA -que será en los próximos días-, y de lo cual, por cierto, Google arroja hoy 3 millones 860 mil entradas para el caso de México.
Será, como de costumbre, una temporada fogosa, llena de justificaciones, fobias y culpas; de harakiris y vestiduras rasgadas; de llamados a la acción y la movilización. Pasados unos días, sin embargo, todo volverá a la normalidad, es decir, al fracaso educativo.
Unos pondrán a PISA en el patíbulo por ser un diabólico instrumento del neoliberalismo, leerán su acta de defunción y prometerán guillotinarla en la siguiente edición. Otros, atemorizados para que no parezca que coinciden con el viejo régimen, tratarán de edulcorar los (malos) resultados que vienen con el barniz de que son producto del antiguo sistema corporativo e ignorarán delicadamente la reforma educativa 2012-18, por cierto “una de las más interesantes y serias jamás emprendida”, según la calificó Gilberto Guevara Niebla. Unos más eludirán la responsabilidad que les toca desde la academia donde se han movido y, usando un léxico versallesco, propondrán un gran debate, cualquier cosa que eso signifique, para ver cómo salimos del desastre.
El problema es que este desastre ya no es una variable independiente de todas los demás que padece el país, y, por ende, arreglar la crisis educativa pasa por otros engranes sistémicos cuya cura es una sola: echar a los actuales responsables y reemplazarlos por gente mucho mejor, por más inteligencia colectiva, por mejor capacidad de ejecución, por mejores políticas y por una mejor ciudadanía. Vaya: por un gobierno decente.
Seamos realistas. ¿Se pueden elevar los puntajes de PISA en un país que desde 2019 trae un crecimiento del 0.9% anual y cuyo PIB per cápita es el más bajo desde hace 7 años? ¿Con un déficit presupuestal de 4.3% del PIB, el más alto desde 1988, que impide mejor inversión educativa? ¿Con una raquítica generación de 243 mil nuevos empleos formales en 2026, una informalidad laboral de 55% y nula productividad? ¿Con la comisión de 33.5 millones de delitos de todo tipo al año? ¿Con un México que está en los peores lugares de los índices globales de percepción de corrupción, Estado de derecho, crimen organizado o progreso social?
En suma ¿podrán los escolares mexicanos de hoy, la mayoría de los cuales son de familias modestas o pobres, superar las condiciones de ese entorno y tener una vida digna donde puedan aprender bien y a tiempo? Sinceramente, no.
Admitir que hoy existen 24.2 millones de mexicanos en rezago educativo, 44.5 millones sin acceso a servicios de salud o 62.7 millones sin seguridad social y, pese a tal drama, festinar que como subió el salario mínimo México tiene ya “solo” 38.5 millones de pobres es un fracaso político y moral en toda regla, una clara exhibición de los antivalores que guían a los del narcopartido y a sus apologistas, y una demostración cruda del desprecio que sienten por los pobres.
Vendrán más y más evaluaciones, pero mientras no se comprenda la naturaleza de la catástrofe de la educación, dónde están sus células cancerosas y cómo eliminarlas, México seguirá atrapado en la simulación, el oportunismo y el autoengaño.
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