Esta semana se puede contar como padecimiento.
En estos días en que la realidad se volvió un rompecabezas incómodo, de esos que uno quisiera no armar, pero ahí están, pieza sobre pieza, sin permiso y sin pudor. Porque mientras unos salían por la puerta grande con el expediente convenientemente doblado, otros ni siquiera alcanzaron a tener justicia, ni ruido, ni eco.
Lo del no ejercicio de la acción penal contra La Luz del Mundo, no fue solo indignante. Fue una cachetada con expediente. Porque cuando la ley se estira para unos y se encoge para otros, lo que se rompe es la idea misma de justicia nacional. Y eso no se repara con comunicados, ni torciendo la ley para quedar bien.
Luego está Edith. O debería decir, el silencio alrededor de Edith. Una mujer asesinada y una fiscalía que decidió que mirar para otro lado también cuenta como trabajo. O cobrar para ver por dónde. No hubo prisa. No hubo urgencia. No hubo nada. Y en ese vacío, que hace más ruido que cualquier protesta, se instala la certeza de que la vida de la gente no les importa lo suficiente.
Y al mismo tiempo, como si el guion necesitara de más cinismo, agentes de la CIA muertos en territorio mexicano. Una noticia que en otro país detonaría preguntas, investigaciones y crisis diplomáticas. Aquí solo les alcanza para señalar al villano de siempre, lavarse las manos y cambiar el tema. El asombro también fue recortado del presupuesto.
De recortes también sabe Teotihuacán. Esta semana se volvió la enfermedad y el síntoma de la “austeridad republicana”. Total, las pirámides se cuidan solas desde hace millones de años. Menos recursos, menos vigilancia y más abandono. Patrimonio de todos convertido en tierra de pistoleros. Porque cuando un país deja de cuidar lo que lo define, mientras lo toman a balazos, se desdibuja por completo. Con estruendo, hasta que un día ya no nos reconocemos.
Y en medio de todo este drama semanal, la Suplente. Riendo. Siempre riendo. Como si la risa fuera estrategia o escudo o ambas. Una risa que no desactiva la realidad, pero sí la exhibe entera. Porque hay formas de gobernar, y luego es esta especie de ligereza que confunde la banalidad con cercanía. Y no, no es lo mismo.
La semana fue una suma de hechos que por separado duelen, pero juntos, ya nos cansan. Cansan de verdad. Es de ese desgaste que no se ve en encuestas pagadas pero sí en las sobremesas, en los chats y en la forma en la que uno ya no pregunta “qué pasó” sino “ahora qué más pasó”.
Y sin embargo.
Porque no todo fue herida esta semana. La noche del jueves levantamos una copa. Entre amigos, entre risas que sí son de verdad, entre esa complicidad que se cobijó con la mucha inteligencia ahí reunida. Por nuestra Aurora de México. Por las palabras que aún valen la pena. Por la necedad de seguir diciendo lo que incomoda. Puro gran cartel, de ese que no se arrodilla ni se vende barato. Del que se sabe libre para hablar con la verdad.
Porque si algo queda claro después de una semana así, es que el país no se sostiene solo desde allá arriba.
Se sostiene aquí abajo. Entre los que no nos reímos de todo. Entre los que todavía sabemos indignarnos. Entre los que incluso agotados, no estamos dispuestos a acostumbrarnos.
Y eso, aunque no alcance para arreglarlo todo, sí alcanza para no soltarlo. Para sostener, con dignidad y terquedad, la esperanza con la que iniciaremos la siguiente semana…
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