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Líderes autoritarios aprovechan crisis global

Potencias medias autoritarias han podido han extraer concesiones de la ruptura del orden internacional mejor que las democracias, advierte Jpurnal of Democracy

Las potencias medias atraviesan un momento de oportunidad en un orden internacional cada vez más fragmentado, pero los principales beneficiarios de esta ruptura no han sido necesariamente las democracias. En su análisis “¿Por qué el desorden global actual beneficia a los autoritarios?”, publicado en Journal of Democracy, Imran Bayoumi sostiene que las potencias medias autoritarias están aprovechando mejor que sus contrapartes democráticas la naturaleza transaccional de la política internacional actual.

Bayoumi, quien es subdirector y residente de la GeoStrategy Initiative del Scowcroft Center del Atlantic Council y anteriormente se desempeñó como asesor de política en el Departamento de Defensa de Estados Unidos, parte de una serie de acontecimientos recientes. En un mismo mes, Emiratos Árabes Unidos consiguió acceso a chips avanzados de inteligencia artificial fabricados en Estados Unidos; Kazajstán se convirtió en el primer país en incorporarse tanto a las iniciativas de inteligencia artificial de Beijing como a las de Washington, y Turquía logró que la administración del presidente Donald Trump retirara sanciones impuestas contra el país.

El análisis recuerda que, nueve meses después del discurso pronunciado por el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos, en enero de 2026, en el que llamó a las potencias medias democráticas a construir un mundo más cooperativo, quienes han logrado extraer concesiones de la ruptura del orden internacional han sido principalmente las potencias medias autoritarias.

Las potencias medias, explica Bayoumi, tienen influencia dentro del sistema internacional, pero carecen de las capacidades militares o económicas de una gran potencia. Algunas utilizan sus capacidades diplomáticas para incrementar su influencia, mientras que otras tienen un peso mayor al que correspondería a su tamaño debido a sus recursos naturales o a su ubicación geográfica estratégica. Aunque la clasificación no es sencilla, el autor identifica una división cada vez más importante entre estas naciones según su forma de gobierno: democracias y regímenes autoritarios.

Las democracias de este grupo enfrentan mayores dificultades para definir una política exterior independiente de Estados Unidos. Países como Australia, Canadá, Corea del Sur y Reino Unido construyeron durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial relaciones económicas y de seguridad estrechamente vinculadas con Washington. Según Bayoumi, esa estrategia produjo décadas de estabilidad, paz y prosperidad sin precedentes, pero también generó dependencias.

Por ello, desprenderse de Estados Unidos resulta complicado. El caso de Canadá es ilustrativo: aunque Carney ha buscado diversificar la economía, esta sigue construida alrededor de un solo cliente, Estados Unidos, y modificar esa relación requiere tiempo. Además, intentar renegociar implica enfrentar acciones coercitivas y la amenaza de aranceles capaces de provocar daños económicos importantes. El autor sostiene que la situación canadiense no es excepcional y que muchas otras potencias medias democráticas continúan dependiendo profundamente de Washington para sus relaciones comerciales, por lo que deshacer esos vínculos no puede hacerse rápidamente.

La dependencia es todavía más difícil de resolver en materia de defensa. Bayoumi señala que las potencias medias han reconocido que el mundo se vuelve más peligroso y han comenzado a responder. Funcionarios polacos han planteado la posibilidad de que Polonia desarrolle capacidades nucleares nacionales, mientras Francia ha lanzado una iniciativa para ampliar el disuasivo nuclear europeo.

Sin embargo, para muchas democracias que han vinculado su seguridad a Estados Unidos, no existe una alternativa clara a la red mundial de alianzas democráticas respaldada por Washington. Aunque el presidente Trump ha introducido turbulencia e imprevisibilidad en el sistema internacional, sostiene el autor, el poder y el respaldo de Estados Unidos siguen siendo indispensables para la seguridad de muchas potencias medias democráticas.

Los incentivos son distintos para las potencias medias autoritarias. Sus dirigentes están concentrados en la supervivencia de sus regímenes y no en la rendición de cuentas electoral, lo que les permite disponer de un margen de maniobra mayor. Además, estos países tuvieron una participación menor en el orden internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial y no ingresaron de la misma manera que las democracias al sistema internacional basado en valores.

Bayoumi plantea que lo que alguna vez fue una desventaja puede haberse convertido en una ventaja. Como ejemplo histórico, recuerda que Sudáfrica durante el apartheid fue sometida a un embargo de armas de Naciones Unidas y que Estados Unidos aprobó la Comprehensive Anti-Apartheid Act, lo que provocó una fuerte presión económica sobre el país.

En el escenario actual, esa posición relativamente alejada del antiguo orden permite a los gobiernos autoritarios actuar con mayor flexibilidad. El autor identifica dos mecanismos principales: la cobertura mediante relaciones con distintas potencias y el uso de vínculos personales para obtener influencia.

La primera estrategia consiste en mantener asociaciones flexibles con diferentes grandes potencias para obtener concesiones. Angola, por ejemplo, buscó un préstamo de 4 mil 800 millones de dólares de Beijing para una refinería y, al mismo tiempo, recibió más de 500 millones de dólares de Washington para la renovación de una vía ferroviaria.

Yibuti, por su parte, alberga bases militares de China, Estados Unidos y otros países, y recibe pagos por ello. Vietnam también ha buscado equilibrar sus relaciones con Washington y Beijing; su dirigente ha expresado explícitamente que el país no toma partido. Egipto, añade Bayoumi, ha conseguido mantener relaciones tanto con Emiratos Árabes Unidos como con Arabia Saudita y obtener de ambos asociaciones financieras consideradas vitales.

La segunda estrategia consiste en aprovechar relaciones personales con líderes de las grandes potencias. El caso de Kazajistán es uno de los ejemplos utilizados por Bayoumi: el país aceptó que una pequeña empresa estadounidense tuviera acceso a sus reservas de tungsteno, en un acuerdo cuyos beneficios finales alcanzaban directamente a los hijos del presidente Trump y del secretario de Comercio, Howard Lutnick.

Qatar protagonizó otra de las maniobras descritas por el autor al donar un Boeing 747 al Departamento de Defensa de Estados Unidos para que fuera utilizado como Air Force One al comienzo del segundo mandato de Trump. Para Doha, señala Bayoumi, la apuesta consiste en que apelar directamente al presidente constituye una vía efectiva para impulsar sus propios intereses nacionales.

El análisis advierte, sin embargo, que los vínculos personales pueden producir beneficios inmediatos, pero rara vez generan relaciones estratégicas duraderas como las que pueden construir las instituciones. Además, los gobiernos autoritarios también tienen que enfrentarse a un Washington cada vez más impredecible y a una Beijing dispuesta a utilizar medidas coercitivas para alcanzar sus objetivos.

Los propios cambios de liderazgo también limitan el valor de las relaciones personales. Bayoumi utiliza como ejemplo el reciente conflicto con Irán: pese a los años que los países del Golfo habían dedicado a cultivar vínculos personales con la administración Trump, fueron sorprendidos por el conflicto y quedaron expuestos a represalias iraníes.

El autor concluye que la afirmación de Carney —según la cual la única respuesta duradera ante un mundo cada vez más fragmentado es fortalecer las instituciones y profundizar la cooperación— podría terminar siendo correcta. El problema, plantea Bayoumi, es que construir un nuevo orden internacional es un proceso lento y doloroso.

Mientras ese proceso ocurre, el sistema internacional actual favorece a los gobiernos que emplean estrategias diplomáticas transaccionales y más personalizadas. La naturaleza transaccional de Washington, sostiene el análisis de Journal of Democracy, no distingue entre autocracias y democracias. Pero mientras Estados Unidos continúe privilegiando las relaciones personales por encima de las instituciones, las potencias medias autoritarias conservarán una ventaja particular.

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