Nadie imaginó que terminaría robando una coladera.
Mucho menos su familia.
Era un joven de clase media. Había ido a la escuela, tenía amigos, había trabajado. Su historia comenzó como muchas otras: una fiesta, luego otra, después el consumo ocasional. Hasta que un día la droga dejó de ser una elección y se convirtió en una necesidad.
Quienes nunca han convivido con una adicción suelen imaginar que el problema consiste en tomar malas decisiones. La realidad suele ser bastante menos elegante. La ansiedad por consumir se vuelve protagonista. Primero desaparecen los ahorros. Luego los objetos propios. Después cualquier cosa que pueda convertirse rápidamente en dinero.
Y llega un momento en que el consumo resulta difícilmente compatible con mantener un empleo estable. No porque la persona necesariamente haya perdido toda capacidad, sino porque cada vez más tiempo, energía y atención están dedicados a conseguir y consumir la sustancia. Entonces hay que echar mano de lo que haya alrededor.
Cuando una dosis de cristal puede conseguirse por cantidades que rondan entre los 100 y los 300 pesos, prácticamente cualquier cosa adquiere valor. Un medidor de agua. Un tramo de cable. Una batería usada. Una reja. Una tapa de coladera.
Visto así, algunas de las escenas urbanas más extrañas comienzan a tener sentido. Esa tapa de alcantarilla que desapareció durante la madrugada. El cable arrancado que dejó sin servicio a una colonia. El medidor que alguien desmontó en cuestión de minutos.
Porque la pregunta nunca ha sido cuánto vale una coladera.
La pregunta es cuánto vale para quien necesita la siguiente dosis.
Por eso muchos de los llamados microdelitos tienen una relación directa con el consumo de drogas. Son delitos pequeños en monto, pero enormes en molestias. Lo suficiente para arruinarle el día a una colonia completa, a una escuela, a una empresa o al desafortunado que descubra demasiado tarde que el registro ya no tiene tapa.
Lo paradójico es que el negocio tampoco parece especialmente brillante. Una tapa de alcantarilla puede venderse por unos cuantos cientos de pesos. Un tramo de cobre por algo más. El daño que provocan suele costar varias veces esa cantidad. Pero las matemáticas de una adicción rara vez coinciden con las matemáticas de una ciudad.
Y luego está el comprador. Ese personaje que pocas veces aparece en la conversación. Porque las coladeras no desaparecen por generación espontánea ni el cobre robado se transforma mágicamente en dinero. Alguien lo compra. Alguien paga por él. Alguien decide no hacer demasiadas preguntas sobre su origen.
El Reino Unido descubrió hace años que el robo de metales no era un problema menor. Las pérdidas alcanzaban cientos de millones de libras y afectaban trenes, telecomunicaciones e infraestructura pública. Entre otras medidas, endurecieron los controles sobre la compraventa de metales y la trazabilidad de los materiales. Resultó que pedir explicaciones sobre el origen de ciertas cosas no era una idea tan extravagante.
Mientras tanto, en nuestras ciudades seguimos encontrándonos con el resultado visible de esta economía peculiar: infraestructura pública convertida en efectivo y efectivo convertido en unas cuantas horas más de consumo.
Detrás de muchas coladeras robadas, de mucho cobre arrancado y de muchos medidores desaparecidos no siempre hay grandes organizaciones criminales ni sofisticados planes delictivos. A veces hay algo mucho más triste y mucho más común: una persona que terminó cambiando el patrimonio de toda una comunidad por una dosis que probablemente ya ni siquiera recuerda haber consumido.
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