Juan Pablo García Moreno
El último día de 1961 Flora Litvinova escribió en su diario:
Ayer fuimos a escuchar la Cuarta Sinfonía, nos invitó Dmitri Dmítrievich. Fue la primera vez que la escuchamos y nos causó una impresión arrolladora. ¿Por qué las obras posteriores de Dmitri Dmítrievich carecen de esa impetuosidad, de ese empuje dinámico, de esos contrastes de ritmo y de color, de esa ternura y esos picos? Es inevitable pensar en qué tan diferente habría sido su camino, qué tan distinta habría sido su vida, de no haber sido por el decreto “histórico” que deformó su espíritu vital.
Dmitri Dmítrievich es, desde luego, Shostakóvich. Y el “decreto” que menciona Litvinova —cuyo testimonio recupero de la estupenda historia oral de Elizabeth Wilson Shostakovich: A Life Remembered (Princeton University Press, 2006)— es, nada más y nada menos, una acusación de Stalin. La historia es bien conocida. Antes de cumplir los 30 años, Shostakóvich ya era una celebridad soviética y un compositor reconocido por el público y sus pares. De ahí que la expectativa frente a su primera ópera fuera tan grande. Iósif Vissariónovich acudió a la función inaugural de Lady Macbeth del Distrito de Mtsensk pero no se quedó hasta el final. Al día siguiente un editorial de Pravda, que se le atribuye al padrecito de los pueblos, acusaba a Shostakóvich de “formalista”, llamaba a su ópera “ruido en vez de música” y advertía que esos experimentos “podían terminar muy mal”.
Las consecuencias también son sabidas. A partir de ese momento —estamos hablando de 1935— Shostakóvich se volvió un manojo de nervios. Tenía hecha la maleta para cuando, inevitablemente, tocaran a su puerta y lo arrestaran. Pasaron los años. Llegó la guerra. Dmitri Dmítrievich se rehabilitó ante los ojos del partido. El arresto nunca llegó. Sin embargo, una consecuencia que se suele pasar por alto es que, después del fiasco de Lady Macbeth, el joven Shostakóvich decidió cancelar el estreno de su Cuarta Sinfonía —de la que no se volvería a saber durante décadas.
Brinquemos ahora a 1960, un año capital en la vida de Shostakóvich. Stalin ha muerto. Jruschov denuncia los excesos de su antecesor y busca resarcir algunos daños. También hace política. Se le sugiere a Shostakóvich que se una al Partido, algo a lo que siempre se ha resistido, aun sabiendo que podría haber hecho su vida más fácil. En esta ocasión la sugerencia no es opcional. Devastado por lo que considera una traición íntima, Dmitri Dmítrievich solicita la membresía.
De ese acto surgirían dos composiciones. La primera es su Octavo cuarteto para cuerdas, una obra maestra, autobiográfica y sentida, que expresa la frustración y el dolor del compositor en ese momento. La segunda es la Sinfonía número 12, “El año 1917”, dedicada a la memoria de Lenin, y considerada, tanto por los críticos de la época como por el compositor mismo, como su obra menos lograda.
Es difícil comprobarlo, dado que sólo existe un testimonio al respecto. De acuerdo al musicólogo Lev Lebedinsky, amigo personal de Shostakóvich, la intención original del compositor era esconder una sátira de Lenin en la sinfonía. Según Lebedinsky, Dmitri Dmítrievich le explicó: “Escribí la sinfonía. Después me di cuenta de que me crufificarían. Es evidente que se trataba de una caricatura de Lenin. Así que me senté y compuse otra en tres o cuatro días. ¡Es terrible [...] Nadie debe saber lo que te he contado sobre esta sinfonía”.
En cualquier caso, la Decimosegunda sinfonía se estrenó el 1 de octubre de 1961, de manera que coincidiera con el XXII Congreso del Partido Comunista.
¿Cuál fue la reacción del público? Por fortuna, aquel testigo y protagonista del siglo XX que es don Carlos Prieto estaba en la Unión Soviética y registró sus impresiones en Dmitri Shostakóvich. Genio y drama (FCE, 2013):
La Sinfonía núm. 12, El año 1917, del mayor compositor de la Unión Soviética, recibió, por supuesto, cálidos aplausos de los delegados pero causó una desilusión general entre los músicos y los amigos del compositor. La escuché por primera vez en Moscú en 1962 y quedé asombrado por la grandilocuencia y la banalidad de la obra y entristecido al adivinar que éste no podía ser el lenguaje auténtico de un compositor de tanto talento. La reacción del público no pudo ser más tibia. No tengo duda de que esta sinfonía es la más débil de las quince que compuso.
Que el último movimiento de la obra, añade Prieto, se llame Aurora de la humanidad, “parece incluso una burla”.
Sin embargo, la vergüenza del compositor sería pasajera. El penúltimo día de 1961 se estrenó su Cuarta sinfonía, 25 años después de haber sido compuesta. Con ello se cerró el largo paréntesis que el estalinismo abrió en su vida y podemos vislumbrar, como Flora Litvinova, el camino no tomado de Dmitri Shostakóvich.
Coda
Que la Duodécima sea la sinfonía menos lograda de Shostakóvich no quiere decir que sea una obra que valga la pena ignorar. Para acercarse por primera vez, recomiendo la versión incluída en el ciclo integral de Rudolf Barshái al frente de la Sinfónica de la Radio de Colonia (Brilliant Classics, 2013). También recomiendo asistir a la interpretación que ofrecerá este fin de semana la Filarmónica de la Ciudad de México bajo la dirección de José Luis López Antón.
*Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91.
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