Juan Pablo García Moreno
Al igual que muchos de nosotros, durante la pandemia el compositor Steve Reich decidió sortear el tedio del confinamiento platicando con sus amigos por Zoom. Lo sabemos porque esos diálogos están reunidos en el libro Conversations (Hanover Square Press, 2022). En él, Reich platica desde luego con músicos, pero también con artistas de otras disciplinas. Uno de ellos fue el escultor Richard Serra. Ambos coinciden en que, a través de su obra, buscaban dislocar la percepción: uno mediante el uso del tiempo; el otro, mediante el volumen.
Lo traigo a colación porque esta semana un concierto invitó a un diálogo entre música y arquitectura. Me refiero al homenaje que el ensamble Cepromusic rindió a Teodoro González de León en el Lunario del Auditorio Nacional.
El ejercicio me pareció notable y despertó mi curiosidad por varias razones. En primer lugar, porque hay muchas maneras de iniciar un intercambio entre las disciplinas. ¿Cuál sería la forma que elegiría José Luis Castillo, director del ensamble?
El primer camino habría sido un diálogo formal. Uno puede, por ejemplo, hablar de angularidad en la música. No es lo mismo entrar al río wagneriano, que escuchar las sinfonías tardías de Stravinsky. En el primer caso es el movimiento el que nos lleva de un extremo a otro; en el segundo, es posible escuchar líneas claras y sus intersecciones: ángulos. También, por poner otro caso, es posible escuchar cómo Molton Feldman evoca volúmenes con sus notas suspendidas.
Otra opción, dado que se trataba de un homenaje, era que el programa estuviera compuesto en mayor medida por el gusto de González de León, quien era un melómano voraz (si no recuerdo mal, hay testimonios de ello en el primer Cuaderno de Música de Mario Lavista y a lo largo de los Diarios de Alejandro Rossi).
La solución fue la más ambiciosa: conciliar ambos acercamientos. Y lo hizo de manera muy inteligente. El programa propuso una lectura contrastante del espacio y el silencio: por un lado, la austeridad de Toru Takemitsu; por el otro, la densidad volumétrica de Feldman. Además, encontró en Iannis Xenakis el cruce —otro ángulo— entre lo formal y lo biográfico: Xenakis no sólo fue compañero de González de Léon en el taller de Le Corbusier —¡nada más!—, sino que buscó que su música reflejara una de sus grandes obsesiones en la arquitectura: la proporción.
Fue sin embargo tria ex uno, de Georg Friedrich Haas, la obra que mejor condensó el diálogo entre disciplinas. Escuchar la música espectral de Haas al interior de una obra tan monumental y densa como el Auditorio Nacional logró, recuperando la plática de Reich y Sierra, dislocar la percepción.
Coda
Termina el verano y con él la temporada de la Sinfónica de Minería. Este fin de semana interpretará, bajo la dirección de Carlos Miguel Prieto, la Missa Solemnis de Beethoven. Por su escala y dificultad, esta obra maestra casi no se programa. Me parece que tal ambición merece ser celebrada.
*Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91
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