Montserrat Pérez-Lima
Además de la música en sí misma (incluyendo las canciones), un lugar distinto desde donde se crea y se construye otro tipo de musicalidad es a través de la literatura. Julieta Venegas es una de esas artistas que parece haber estado siempre allí; a veces silenciosa, a veces haciendo ruido, pero emergiendo siempre, en el momento preciso. Si te encuentras frente a alguno de sus éxitos, seguramente la letra saltará de tu memoria por cuenta propia.
En mi adolescencia no conocía a fondo su trayectoria. La había escuchado cantar Pobre de ti con Tijuana No!, y después en solitario en la radio (Andar conmigo, Eres para mí, Me voy, Limón y sal…). Su inseparable acordeón llamaba mi atención y sembró en mí una semilla de tocarlo yo misma (algo que, por si se lo preguntan, nunca hice). El año pasado, mientras escribía notas para el Festival Internacional Cervantino, me vi frente a la necesidad de saber más sobre esta mujer que se ha deslizado todos estos años entre géneros musicales diversos sin problema aparente. Así que, cuando entré a la librería U-Tópicas y vi su libro expuesto, más que extrañamiento, sentí una profunda curiosidad.
Hace no mucho, Venegas enfrentó el escrutinio por su cover de La niña futbolista, tachado por algunos de oportunista en pleno furor por el mundial. Mientras muchos criticaban la letra por no encajar en los discursos de género más actuales —olvidando que exigir esa pulcritud a menudo nace desde el privilegio de la academia o la información y sigue alejada de muchas personas de a pie—, mi instinto fue el de siempre: escuchar. Quizá había formas más agudas de abordar el tema hoy día, pero esta controversia tuvo respuesta cuando, entre varias de esas frases que te hacen subrayarlas, leí lo siguiente: “No solo se trata de imponer mi visión, sino también de respaldarla con trabajo y constancia. Esto, a veces, también se ha traducido a levantarme de tropiezos de incomprensión por mi manera de expresar la música”.
El libro Norteña. Memorias del comienzo (2026) tiene una musicalidad propia. Sus recuerdos vívidos de espacios, ciudades y personas están acompañados de emociones que pueden, incluso, sacarnos alguna lágrima. Esta lectura resonó profundamente en mí. Aunque no provengo de la frontera norteña como la autora, habité por mucho tiempo a las afueras de la Ciudad de México. Sus páginas revivieron mis propios sueños de juventud y esa inquietud musical que nunca me abandonó, aunque terminó desarrollándose detrás del escenario. Resonó, sobre todo, al leer a una mujer compartiendo su experiencia en un campo muchas veces masculino. Hace poco reflexionaba con un colega musicólogo sobre los murales del rock en el metro de la ciudad: Julieta Venegas aparecía como una de las pocas mujeres retratadas en el imaginario del rock nacional, aunque en la realidad siempre han existido muchas más haciendo ruido, tal como la querida Tere Estrada documentó en su libro Sirenas al ataque (2000).
Hoy se dice que el camino de la música es “más fácil” porque ya no se depende de una disquera, pero los flujos de información siguen dictados por lo económico y vínculos cercanos. Como bien advierte Venegas, para dedicarte al arte hay que entender muy bien esa parte del negocio; básicamente, “que no te chamaqueen”. Y es que aprender a defenderse en la industria es, al final de cuentas, la armadura necesaria para proteger esa vulnerabilidad creativa y seguir construyendo nuestra propia musicalidad, algo que pocas veces se dice así, sin pelos en la lengua, como lo hace ella.
Al igual que sus canciones, que fluyen con una “complejidad transparente”, la lectura nos lleva desde sus primeras lecciones de piano hasta su mudanza a la capital, pasando por alianzas, trabajos de medio tiempo y la duda constante que acompaña a muchas músicas, sin importar el género musical: el famoso síndrome de la impostora. Como confiesa en sus páginas: “No creía demasiado en mí misma, y al mismo tiempo, solo creía en lo que sentía”, algo que seguramente más de alguna de nosotras ha pensado, para luego continuar movida por ese impulso que muchos llaman necedad.
Contar las mieles y lo fangoso de la vida musical desde la sencillez y la calidez es algo que refresca, como sus propias canciones. No hay pretensión, sólo vivencias, ensayo y error, que finalmente son parte del mismo proceso de aprendizaje musical y muchas veces de la vida misma, como bien dice el coro de una de sus canciones: “Aprendo de mis pasos, entiendo en mi caminar”.
¿Recomendado? Ampliamente, sí, claro.
Julieta Venegas - De mis pasos (1997)
*Montserrat Pérez-Lima. Musicóloga por el Conservatorio Nacional de Música, maestra en Comunicación por la UNAM y maestrante en la Facultad de Música. Es autora de artículos sobre música mexicana y ha impartido ponencias en México, Cuba y España. Escribe notas al programa para diferentes orquestas del país.
@MontseLima_
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